Editorial

LIBERALIZACIÓN IDEOLÓGICA

   En análisis realizados sobre ideas y reflexiones sociales que proponen cambios de rumbo en la concepción de entender la vida y realizarse como personas, se observa, como pauta fundamental que, todas aquellas ideologías o fundamentos sustentados en planteamientos dogmáticos, jerárquicos o que no aceptan la crítica
o el análisis de la razón son ideas condenadas al fracaso y a la desafectación de la humanidad en este siglo XXI, donde la libertad de expresión y el ansia de libertad ideológica y  religiosa es algo imparable que no acepta negociación alguna, sobre todo en los jóvenes.
 
La necesidad de liberar los corsés de las ideologías políticas, religiosas, científicas y sociales es la clave del progreso de la humanidad presente y futura. El desarrollo social, la educación y la capacidad de discernir y discurrir por uno mismo hace que  métodos y formas empleadas en el pasado como dogmas científicos, religiosos o políticos, estén fuera de lugar, pertenecen a sociedades del pasado, y los individuos que se encuentran acomodados aceptando esas situaciones, las asimilan como propias por conveniencia, intereses egoístas y sin afán de progreso y cambio alguno.
 
Quienes así actúan dentro del ámbito científico, político o religioso son personas habituadas a mentalidades inmovilistas, sin capacidad de colocarse en la senda del progreso. En esto también influyen las élites, que con una actitud conservadora y tradicionalista impiden que el mundo avance y progrese más rápidamente porque se sienten, equivocadamente, por encima de otros seres humanos por su clase social, económica, política, y no les interesa que nada cambie.
No obstante el progreso es imparable, y el avance de las sociedades también, por mucho esfuerzo que los políticos empeñen en su “pensamiento único”, que los religiosos acudan al “dogma inmutable”,  que los científicos se enroquen en “la verdad científica absoluta”, o que los iconos sociales que determinan tendencias e influyen en las colectividades, se empeñen en “dirigir el rumbo de la sociedad hacia lo que les interesa”.
Cuando se comprende la evolución de la humanidad desde una perspectiva no solo atemporal, sino incluso científica y espiritual, nos percatamos de lo pequeños que somos, de la insignificancia que este mundo y su humanidad representa dentro del vasto universo en el que nos desenvolvemos.
Cuando tomamos consciencia de nuestra posición y nuestro peso en esta infinitud universal, es cuando empezamos a comprender que ni la ciencia, ni la religión ni la política ni los referentes sociales están en la verdad absoluta. Comprendemos entonces que somos niños en el apartado evolutivo, científico y tecnológico y no digamos en desarrollo ético-moral donde apenas hemos llegado a la primaria. A partir de esta reflexión alcanzamos a discernir que, en función de nuestro escaso nivel evolutivo, estamos comprendiendo el universo en ese mismo grado. Nuestra concepción de el universo y la vida es limitada, imprecisa y en algunos aspectos poco desarrollada. 
 
También somos capaces de entender entonces que existe un enorme desfase entre el desarrollo tecnológico (que no científico) y el desarrollo ético-moral de nuestra humanidad hoy día. Este desequilibrio; es fuente de enormes y complejos problemas como el de la injusta distribución de la riqueza en el planeta, la injusticia social, la nula capacidad de entendimiento entre los hombres. Es pues el fruto del egoísmo humano el que desencadena las guerras, el hambre, la injusticia y la falta de fraternidad y solidaridad en el planeta.
 
Muchos argumentan que la pérdida de los valores tradicionales es la fuente de estos desequilibrios; pero lo hacen, no con la intención de reiniciar un proceso de mejora en la sociedad, sino de retornar a comportamientos sociales e ideologías dogmáticas que pretenden seguir controlando el desarrollo humano, restringiendo la libertad personal y asegurando, según ellos, el orden y la paz social.
 
Este planteamiento, aunque puede tener algunas dosis de veracidad (porque muchos valores anteriores muy positivos han quedado relegados a un segundo plano por una sociedad hedonista); es sin embargo erróneo, ya que no busca el progreso de la libertad del individuo y su emancipación y realización integral.
 
Así pues, las opciones de conseguir una sociedad más justa y solidaria pasan casi exclusivamente por aceptar que estamos en nuevos tiempos, que exigen nuevas formas de comportamiento social más acordes al esfuerzo personal y el respeto por el semejante.
Si perdemos el respeto por los seres humanos que poblamos el planeta estamos condenados al fracaso de la raza humana y, lamentablemente, las élites que dirigen el mundo y la sociedad no quieren ser conscientes de esta realidad porque su propio egoísmo les impide ver la gravedad de un cambio social que, desde hace algunas décadas, está ya operando en los comportamientos y formas de pensar de los individuos.
 
No son pues las instituciones, los estados, los organismos internacionales, etc. los que van a implementar estos cambios que se acercan a marchas agigantadas, porque no tienen la capacidad ni la voluntad de ejecutarlos. Son las personas, simple y llanamente con sus actitudes sociales y reivindicativas en todo el planeta, y  de forma apenas imperceptible, las que van a ir consolidando unas formas de pensar y actuar que derivarán en un nuevo tiempo, que exigirá nuevas normas de articular una sociedad más justa y coherente, más solidaria y más humana.
 
La resistencia de las élites, de algunos gobiernos, estados e instituciones será numantina pero no podrán conseguir parar lo que se avecina, antes al contrario, su inmovilismo y su incapacidad acelerarán los problemas y los acontecimientos, potenciando enfrentamientos y graves disturbios sociales que ya se están dejando notar por todo el planeta y en algunos países más que en otros.
 
La clave es la solidaridad y su enemigo el egoísmo
 
A.LL.F.

© Grupo Villena 2012
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