Editorial

Decidir un rumbo

Hay determinados momentos en la vida de una persona, de todos nosotros, en que se nos plantean diversos caminos a tomar, diferentes formas de actuar, cada una con sus características, ante un mismo hecho. En realidad, esas disyuntivas se nos presentan a diario, en los actos cotidianos, pero no siempre tienen
la misma transcendencia, pues hay ocasiones en que una decisión bien tomada puede suponer un bene­ficio muy grande para nuestras vidas.
Desde un punto de vista intranscendente, a menudo todas estas circunstancias se nos pueden pasar desapercibidas, sin darle por nuestra parte importan­cia alguna. Desde este punto de vista, todo se ve bajo una perspectiva muy limitada, y frecuentemente en un contexto puramente material. Pero, conocedores de la realidad espiritual que rige nuestra existencia, no tenemos más remedio que valorar justamente estas situaciones y comprender la transcendencia que pueden tener para una más rápida evolución de nuestro espíritu.
Indudablemente, si la visión del transcurrir de nuestra vida se fundamenta en el simple azar, nada habría que objetar al respecto, pues nuestras decisio­nes perderían hasta cierto punto su valor, ya que todo estaría en última instancia regido por una casualidad arbitraria. Ahora bien, si sabemos con plena certeza que nuestra vida tiene una razón de ser, un motivo por el cual existe, y que incluso está debidamente planificada por nosotros mismos antes de nacer de acuerdo a nuestras necesidades de progreso y con el fin de lograr una mayor y más rápida evolución espiritual; entonces todo se transforma, todo adquiere una nueva dimensión, pues nada, absolutamente nada, escapa a una causalidad: todo tiene un porqué y un para qué, incluso un cómo.
Porque nosotros nos planificamos las circuns­tancias a atravesar, aquellas que más beneficio nos pueden reportar a nivel espiritual; pero las respues­tas, las acciones que de ellas se deriven, constituyen patrimonio de nuestro libre albedrío, es decir, dependen de nosotros, según creamos más oportuno. De esta forma, cualquier decisión trascendente que se nos pueda presentar en nuestra vida debemos enfocarla siempre desde un punto de vista espiritual, intentando profundizar en las ventajas que para nuestro progreso espiritual pueda reportarnos.
Hemos de intentar estar siempre por encima de las puras conveniencias materiales, no quedarnos simplemente en lo transitorio, sino mirar más allá, esforzarnos en aquello que realmente nos va a proporcionar un beneficio más duradero. ¿Dónde? En nuestra realidad eterna, la espiritual.
En ocasiones ello es difícil, y no siempre estamos dispuestos a hacerlo, pues requiere renuncia y esfuerzo constantes, y una lucha denodada contra defectos como el egoísmo o la comodidad, los cuales suponen grandes trabas en nuestro desarrollo espiri­tual. Pero, en el esfuerzo y el sacrificio se forjan las grandes satisfacciones futuras, la tranquilidad y felicidad que el espíritu siente y transmite a la materia por saberse en el camino correcto. De ahí que las grandes decisiones, a menudo tienen un significado más profundo del que sospechamos, pues acercan más o menos al espíritu del camino de su progreso, con las consecuencias futuras que de ello se derivan.
REDACCIÓN
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