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RELACION CON LA NATURALEZA:  PROGRESO Y RESPETO

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  Es evidente que todo espíritu en evolución y progreso necesita de los mundos físicos para adquirir experiencias. Son las escuelas de formación; donde se viven las batallas del espíritu contra sus tendencias inferiores y donde se prueba así mismo ante retos y proyectos de constante superación.
 
 
  Los mundos físicos no son entes abstractos o inertes, cumplen múltiples funciones dentro del plan divino; una de ellas es la ya mencionada de servir de casa para las humanidades que los habitan física y espiritualmente; otras, las de generar la vida y la evolución de las especies que permiten posteriores reinos de la naturaleza que interactúan con el hombre., 
 
  Pero también se integran en un conjunto planetario del que forman parte, siendo piezas importantes en el desarrollo de los sistemas solares e influyendo en las galaxias en las que están integrados. 
 
  Por todo ello, nuestro planeta es nuestra casa y debemos cuidarla, respetarla y procurar que sea cómoda y agradable para todos los que la habitan; a fin de que nos sea más fácil nuestra vida en ella y poder asimilar todo lo que la vida nos vaya a presentar. 
 
  El hombre, guiado por conceptos egoístas actúa sin miramientos y destruye con enorme frivolidad e irresponsabilidad el planeta para conseguir sus fines. No piensa qué herencia dejaremos a los que nos sucedan en el tiempo; y que el planeta posee los recursos necesarios para permitir una sociedad sin hambre ni carencias para la totalidad de la población mundial. Tampoco reflexiona si somos responsables o no del daño que infringimos a la naturaleza. 
 
  La ética más estricta sobre este tema debería ser modo de conducta y pauta de actuación de los que gobiernan; lamentablemente las élites políticas se rigen en su gran mayoría por intereses que nada tienen que ver con el sostenimiento del medio ambiente y con el respeto a la vida que fluye en todas partes del globo. 
 
  Muy pocas veces se habla de la población espiritual de los planetas; baste saber, que en el caso de la tierra, cuadruplica el número de la población encarnada y por ello una vida, una nueva rencarnación, es un bien preciado al que no todos los que lo piden tienen acceso inmediato, e incluso a veces han de pasar décadas o siglos para volver a tomar cuerpo físico. 
 
  Esta población espiritual del planeta, es el termómetro del nivel de progreso y evolución de la humanidad que lo integra. A mayor evolución, los planetas ven reflejados en sus atmósferas niveles de menor contaminación primitiva, los pensamientos y las fuerzas magnéticas y psíquicas del globo, son más o menos depurados en función de la naturaleza de los espíritus que lo habitan. 
 
  Al mismo tiempo, los planetas también progresan y cumplen ciclos evolutivos que afectan a sus habitantes. Cuando un ciclo evolutivo llega a término, no quiere decir que el planeta se acabe o se destruya, únicamente indica el comienzo de una nueva era, en la que su humanidad ha de dar un salto cualitativo mediante una selección sometida a criterios y condiciones de la nueva etapa que comienza. 
 
  Es entonces cuando llega el examen para las humanidades que los pueblan; es entonces cuando se producen las catarsis que sufren los espíritus reacios a conseguir el nivel evolutivo necesario que les habilite a formar parte de la nueva etapa evolutiva. Y es también entonces cuando se produce la selección espiritual, que deriva en la migración y traslado de los espíritus no preparados del aura del planeta a otro de menor evolución, donde aquellos que no superan los exámenes se ven obligados a emigrar. 
 
  Es esta la separación de la que hablaba Jesús, la gran selección, el final de los tiempos, etc. No es el fin del mundo, ni el fin de la humanidad ni la última de las oportunidades que brinda Dios al espíritu en su camino de progreso. El curso termina y los alumnos se examinan con total y absoluta justicia espiritual, donde los que están preparados podrán seguir en el mismo planeta progresando en una sociedad diferente, más humana, más justa, más solidaria, regida por los valores del espíritu y no de la materia. 
 
  Este es el momento en que se encuentra nuestro planeta tierra. Y debemos prepararnos para esta catarsis que se produce no sólo a nivel espiritual sino también a nivel físico. 
 
  En artículos anteriores hablábamos del desarrollo interno de la conciencia del ser humano y de cómo iba sensibilizándose y alcanzando nuevos grados de conciencia superior; pues bien, esto no es casualidad, va acorde a los tiempos que vivimos y los espíritus que reencarnan en este tiempo, y que lo vienen haciendo desde hace algunas décadas, ya son en su mayoría conscientes del momento tan transcendental que vive este planeta. 
 
  Vienen de nuevo sabiendo que no es una encarnación más sino una oportunidad única de progreso que es preciso no desaprovechar para dar un salto cualitativo importante en su evolución. 
 
  La madre naturaleza provee físicamente de los elementos necesarios para la supervivencia y el desarrollo físico de la vida; pero la naturaleza espiritual del planeta Tierra provee a sus habitantes de las capacidades y recursos necesarios para seguir avanzando y adquiriendo las experiencias necesarias que le ayuden a forjarse un destino más feliz y venturoso a través de su propio esfuerzo y ansias de progreso. 
 
  Respetemos absolutamente nuestro entorno, porque a través de la naturaleza, comprobamos la perfección de la obra divina, la justicia de sus leyes y el infinito amor que Dios impregna en toda su creación al ponerla al servicio del progreso y la felicidad del ser humano.
 
A.LL.F.
 
© Grupo Villena 2012
 
 
Perfección, Justicia y Amor por igual en todos los mundos habitados.

Ante el nuevo año

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  Un nuevo año comienza y siempre nos solemos hacer buenos planteamientos que nos permitan conseguir aquello que ansiamos. Algunas veces lo planificamos a largo plazo con la esperanza de que el tiempo nos permita alcanzar aquellos objetivos que tenemos en nuestro punto de mira; otras a corto plazo con la ilusión de que se puedan conseguir rápidamente.
 
 
  Ahora, cuando una vez más el calen­dario de forma inexorable nos adelanta un paso en nuestra existencia, quizás valdría la pena afrontar con realismo la programación que nos vayamos a hacer para ver si llegamos a conseguir todos los objetivos que verdaderamente nos importan. 
 
  En estas fechas pasadas impregnadas de Paz y buena voluntad, en las que supues­tamente hemos debido repasar nuestra anda­dura, ¿hemos sido capaces de conseguir parte o todo de lo que habíamos dispuesto al comenzar el año? 
 
  Ahora, con calma, fijémonos en aquellos detalles que no nos hayan permitido alcanzar nuestros objetivos para que teniéndolos muy bien estudiados, emprendamos la nueva planificación con mayores perspectivas al conocer los puntos débiles en los que hemos fallado en el año anterior. 
 
  Este mes es muy bonito en significado, pues si la Navidad nos invita a comprender nuestros objetivos en la tierra al recordar a aquél que nos enseñó a amar, la festividad de la Estefanía de los Reyes nos invita a reflexionar sobre los regalos espirituales, (nuestras buenas obras) que podemos ofrecer si somos capaces de desarrollar la fuerza de voluntad y mantenemos un índice de elevación en nuestros propósitos de reforma íntima. 
 
  Sepamos planificar de forma adecuada los objetivos a alcanzar en este año que comienza, para ser capaces de ofrecer en el próximo el oro de nuestra mayor fe que como Dios merece; el incienso de nuestros buenos pensamientos que como Rey le ofrecemos; la mirra de nuestras buenas acciones que como hombre le debemos. 
 
  Es un compromiso espiritual que tenemos contraído cada año y del que se espera nuestro mayor ofrecimiento, como preparación adecuada para trabajar por y para aquél que todo lo dio y que desea sepamos culminar con éxito su nueva misión. 
 
REDACCIÓN

VÍNCULOS Y COMPROMISOS:  EN EL PLANO FÍSICO Y ESPIRITUAL  

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  Continuando nuestro análisis sobre la evolución humana, es preciso detenernos en un apartado, por escasamente desarrollado, no menos importante: las relaciones, vínculos y compromisos personales con otros seres humanos que, al igual que nosotros, se hallan inmersos en el mismo camino evolutivo y nos afectan directa o indirectamente.
 
  El ser humano se halla concebido para progresar en sociedad, aprendiendo unos de otros y fomentando relaciones y ejemplos que se implementan mediante vínculos afectivos y personales que sobrepasan el tiempo de las vidas físicas, prolongándose incluso en el mundo espiritual al que volvemos después de cada reencarnación.
 
  Nuestros padres, hijos, familiares, amigos e incluso enemigos se vinculan a nosotros a través de las experiencias comunes que tenemos y que a veces son positivas y otras no tanto. De las unas y de las otras hemos de aprender para enfocarlas y orientarlas debidamente hacia nuestro progreso y evolución.
 
  Cuando cometemos errores y perjudicamos a alguien, la ley de causa y efecto nos pone ante la tesitura de la rectificación; y el pago de la deuda contraída ha de realizarse por amor o por dolor. Nuestro libre albedrío decide cómo hacerlo, ya que la condición humana necesita vivir todo tipo de experiencias para grabar en su conciencia los senderos rectos del progreso que nos hagan crecer espiritualmente vida tras vida.
  Cuando por el contrario somos ofendidos, perjudicados, humillados o masacrados, la ley nos ofrece la oportunidad de progresar mediante el ejercicio del perdón; dádiva divina que nos eleva por encima de las miserias y venganzas del hombre primitivo y que nos permite alcanzar grados de luz y de conciencia superior.
 
Por ello, sean como fueren las experiencias que vivimos, lo importante es saber que las compartimos con seres que al igual que nosotros viven en la imperfección y que también al igual que nosotros pueden equivocarse, unas veces conscientemente y otras de forma involuntaria.
 
  El reconocimiento de nuestra inferioridad espiritual, nos acerca a la humildad al comprender que nada hay por encima del creador y de sus leyes y que, aunque no lo comprendamos por nuestra limitada naturaleza, siempre existe un beneficio de progreso personal y colectivo si somos capaces e entender la prueba, la expiación o la experiencia que nos acontece afrontándola con humildad y fe.
 
  Para ello contamos con recursos propios y ajenos. Los propios son nuestras capacidades, la evolución adquirida a través de siglos de experiencias, el acervo de las circunstancias individuales que forman nuestra personalidad, son elementos que condicionan nuestro progreso y la forma en que nos enfrentamos a las experiencias que vivimos. 
 
  Los recursos ajenos son aquellos que vienen en forma de apoyo y ayuda a nuestro propio discurrir en la tierra. Estos pueden provenir de otros compañeros de viaje, encarnados o desencarnados; familiares, amigos, etc. Cuantas veces ante pruebas difíciles o circunstancias dolorosas y traumáticas nos vemos incapaces de rehacer nuestras vidas; y sin embargo recibimos la ayuda inesperada de otros seres queridos que nos ayudan a levantarnos y nos ofrecen el ánimo y la fuerza suficiente para seguir progresando y superando adversidades.
 
  La fraternidad en su acepción más simple es el hermanamiento de los seres humanos, el apoyo mutuo ante las dificultades, la solidaridad y la caridad bien entendida. Aunque pueda parecer una utopía, siempre que encarnamos venimos con ayuda espiritual que, junto a nosotros, procura incentivar nuestro progreso orientando nuestras vidas por el camino trazado antes de encarnar, a fin de superar las dificultades programadas, a fin de conseguir superar los retos planteados y para que podamos conseguir el crecimiento espiritual que nos permita superar etapas y avanzar en el camino de la evolución.
 
  El desconocimiento del mundo espiritual invisible que nos rodea no nos exime de su influencia, y allí, más que aquí, contamos con amigos fraternos, hermanos, padres y madres de otras vidas que procuran nuestro bien a poco que nos centremos en el objetivo del progreso que nos ha traído a la vida. 
 
  Cuando nos desviamos de ese objetivo pre-encarnatorio, y nuestra vida se dirige únicamente por los deseos de orden material sin una orientación o fin de progreso superior, la asistencia espiritual también existe pero es más limitada en eficacia e influencia, ya que las leyes espirituales de afinidad y simpatía nos mantienen conectados mediante nuestros sentimientos, pensamientos y deseos. Dependiendo de la naturaleza de los mismos conectamos con mayor facilidad con uno u otro tipo de influencias espirituales. 
 
  A mayores acciones, pensamientos y sentimientos de bien las ayudas que se reciben de los planos superiores son mucho mayores y los vínculos con espíritus superiores se hacen habituales. 
 
  Otro aspecto son los vínculos que se trasladan de vida en vida, las relaciones que mantenemos con aquellos con los que hemos encarnado, nuestra familia, amigos, conocidos. En la mayoría de ocasiones no son circunstancias casuales sino consecuencia de nuestras relaciones del pasado, positivas o negativas. Espíritus vinculados en el pasado por relaciones de amor o de odio y que programan conjuntamente sus vidas para perdonarse, amarse, probarse a sí mismos y ser capaces de superar pruebas que en el pasado no pudieron superar.
 
  Este es el mayor sentido evolutivo del progreso, la posibilidad que nos ofrece la ley de, a través de las vidas sucesivas, rectificar errores, cumplir con los compromisos adquiridos y ampliar nuestra conciencia y nuestras experiencias para crecer espiritualmente.
 
  Cuando se comprende la inmortalidad del espíritu humano la perspectiva del futuro y de nuestra posición en la tierra cambia rotundamente y empezamos a comprobar que sobre nuestras vidas existe la oportunidad de labrar nuestro propio destino; feliz o desdichado en función de nuestra actuación aquí y ahora. 
 
  Comprendemos pues que, los vínculos que nos mantienen unidos a otros espíritus no son casualidad, y que a veces venimos a ayudar y en otras ocasiones necesitamos ser ayudados. Nos hacemos conscientes de que esos vínculos familiares, personales, etc. son también compromisos adquiridos y hemos de saber identificarlos para cumplir adecuadamente con ellos.
 
  La ciencia del espíritu, la comprensión de las leyes que rigen la evolución del ser y de la conciencia humana nos ayudan a entender estos compromisos y vínculos que no son fruto de la casualidad y al mismo tiempo delimitan nuestro campo de trabajo; el lugar donde hemos de esforzarnos con mayor insistencia para cumplir con la mayor parte del objetivo que nos ha traído a la tierra.
 
  No perdamos pues el norte de por dónde y hacia dónde comenzar nuestro trabajo espiritual, comencemos primero dando ejemplo ante aquellos con los que hemos venido, ayudando en todo lo que nos sea posible y cumpliendo de esa forma una parte muy importante de nuestro trabajo en esta existencia.
 
  Los vínculos y compromisos son la base por donde comenzar nuestro camino de redención moral y espiritual, no los desdeñemos porque aquí encontraremos las mayores dificultades, pero el esfuerzo por superarlas elevará nuestra conciencia de forma notable liberándonos de relaciones perniciosas del pasado y preparándonos para nuevas metas de mayor profundidad y esclarecimiento personal.
 
A.LL.F.
 
© Grupo Villena 2012

 

 

Y LA VIDA CONTINUA EN OTROS MUNDOS

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Las investigaciones científicas nos acercan a la conclusión cada vez más aceptada de que no somos los únicos pobladores del Universo. A la luz del Espiritismo el tema «Extraterrestre» no resulta baladí, al contrario. Como queda reflejada en esta exposición, tanto las evidencias históricas, científicas, así cómo las mediumnicas nos acercan a una realidad incontestable, así como el compromiso y objetivos que estas «entidades encarnadas» traen a nuestro planeta. Pocas veces se ha tratado este tema, desde la óptica espirita, con tanta claridad y objetividad como en esta conferencia.

 

“EN VISPERAS DE UN CONGRESO”

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Durante este mes de Diciembre se celebra en Benidorm el “XIX Congreso Espírita Nacional”. Para los que conocemos este movimiento desde hace más de treinta años y colaboramos en el resurgimiento del Espiritismo en España, es de justicia aclarar

que este sería el número XX de los Congresos Espíritas celebrados en nuestro país desde el término de la dictadura.

El primero de ellos, cuyo origen y circunstancias es muchas veces ignorado por los propios espíritas españoles, se celebró en el Hotel Osuna de Madrid en el año 1981 bajo el slogan CONGRESO DE LA UNIFICACION ESPIRITA y allí comparecieron, ante más de 450 personas de toda España y el extranjero, una nutrida representación internacional de federaciones e instituciones de todo el mundo espírita de la época.

No es objeto de esta editorial hablar del citado evento, al que dedicaremos tiempo y espacio en su momento; únicamente mencionamos este hecho porque la gran representación que allí se congregó, era muy consciente de la importancia que el Espiritismo en España había tenido tiempo atrás, y con su presencia quisieron contribuir a apoyar, en la medida de lo posible, el resurgimiento del movimiento espírita en nuestro país después de décadas de persecución y oscurantismo propiciados por la dictadura.

Ese ejemplo de aquellos compañeros, que por solidaridad y fraternidad acudieron a la llamada del Comité organizador, es un hito relevante que deberíamos tener presente ante cada uno de los Congresos que se realizan y que a veces no somos capaces de valorar.

Con frecuencia exigimos a organizadores e instituciones que nos tutelen, que nos indiquen, que nos ofrezcan, que se impliquen, pero y nosotros; ¿somos capaces de aportar, trabajar, responsabilizarnos, colaborar y apoyar el movimiento al cual nos sentimos tan vinculados?

Tristemente, el Congreso es el único punto de encuentro anual que reúne al movimiento espírita español y; obviando las alegrías que el reencuentro nos ofrece cuando saludamos a los compañeros, comprobamos igualmente la necesidad de dinamizar más frecuentemente este movimiento durante el transcurso del año y no en unos pocos días.

Por ello no es correcto exigir a los demás lo que nosotros no somos capaces de realizar; y por este mismo motivo, observamos con preocupación la falta de implicación de muchos compañeros y grupos en la tarea que a todos compete: ayudar a que este movimiento sea fuerte, pujante y permanente en el tiempo.

La asistencia a un evento de este tipo no nos concede licencia para la crítica malsana; antes al contrario, debería ser ante todo una fiesta de la fraternidad, entre compañeros responsables, que den testimonio de su comprensión de la doctrina espírita no sólo con las palabras, conferencias o mesas redondas sino también con el ejemplo. Un ejemplo de acción, de compromiso personal e implicación que nos convoque a nuevas realizaciones, más sencillas, más personales, donde el conocimiento mutuo estreche los lazos de amistad que nos permitan iniciar conjuntamente nuevos proyectos e ideas.

Un ejemplo pues, que ayude a todos los grupos a conocerse mejor, implementando los lazos de la fraternidad universal a los que el espiritismo nos convoca. Y para ello debemos renunciar a nuestros egoísmos personales, priorizando el deseo de aprendizaje y la comunicación sincera entre todos.
 
Se echa en falta un mayor número de iniciativas para mayor conocimiento de todos los que colaboramos en esta doctrina. Pero estas, no debemos dejarlas a criterio de tal o cual persona o tal o cual organización. Es preciso que cada grupo, cada institución que allí acuda, lo haga con el ánimo sincero de compartir experiencias con otros grupos y personas; aportando lo mejor de cada cual; autoexigiéndonos una mente abierta, exenta de fanatismos y dogmatismos.  Es de la relación entre nosotros donde podremos entresacar las experiencias que nos ayuden a mejorar y hacer progresar esta doctrina en nuestra sociedad.

Así pues, no podemos obviar nuestra responsabilidad y nuestros compromisos espirituales. Cuando hemos abrazado, comprendido y amado esta doctrina no es por casualidad; necesitamos de ella, pero ella necesita de nosotros, porque si ahora la entendemos, seguramente la denostamos en el pasado, y si ahora la admiramos es porque venimos con el compromiso de divulgarla y expandirla para beneficio de nuestros semejantes y de nuestra redención personal.

Comencemos por ayudarnos y conocernos de verdad, fraternalmente, para después potenciar la unión entre todos que permita crear un movimiento fuerte y unido, avanzando en la misma dirección y dando el ejemplo preciso y necesario que nos ayude a llegar a la sociedad con la mente abierta, el sentido común que demanda nuestro país y la claridad de ideas que ayude a iluminar a todos aquellos que quieran acercarse a esta ciencia del espíritu con el ánimo sincero de aprender.

A.LL.F.
© Grupo Villena 2012

 


“Reconoceréis a mis discípulos porque se aman los unos a los otros”

Jesús de Nazaret

EL CRECIMIENTO DEL SER;  DEL INSTINTO A LA INTUICION II

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(viene del anterior)
 
   Desarrollábamos el mes pasado la primera parte de este artículo sobre el crecimiento del ser y sus etapas a lo largo de la evolución humana. Vimos el desarrollo de la psique humana desde el instinto y las sociedades primitivas, desembocando hacia la
etapa intelectiva o raciocinativa que ha venido imperando desde la ilustración y la posterior revolución industrial hasta la época actual. 
 
   Analizamos el momento del cambio en el que ahora se encuentra la sociedad planetaria; cómo se está articulando de abajo hacia arriba la transformación hacia una conciencia social más humana, basada en los principios de igualdad y fraternidad que el sistema actual, caduco y egoísta, se niega a implementar. 
 
  Comprobamos como el cambio es imparable, como lo fue en su día el paso de las conquistas sociales de la ilustración que rompieron los moldes del antiguo régimen absolutista. Y a través de todo ello valoramos que, esa conciencia social que se instala como la pólvora en todas las sociedades humanas reclamando mayor igualdad, libertad y solidaridad, va a ir derivando en la concienciación personal de los habitantes del planeta; auténtico motor del cambio que se avecina. 
 
   Así pues, retomamos en este punto el avance que supone la toma de conciencia personal del momento en que nos encontramos y cómo hemos de prepararnos para aportar lo mejor de nosotros mismos; consiguiendo al mismo tiempo el objetivo de nuestra vida, el progreso espiritual en el cumplimiento de lo que cada uno de nosotros hemos venido a realizar. 
 
  Esto último, no es otra cosa que la imperiosa necesidad de recuperar la capacidad humana para sentirse realizados a través de aquello que hacemos y nos proporciona satisfacción interna; algo que no se encuentra en el placer de las riquezas ni en la acumulación de poder, sino en la paz interior y el equilibrio personal que sobreviene al ser humano cuando su psique (psicosoma, alma, espíritu, etc.) está asumiendo y completando el programa personal e ineludible que cada uno trae a la vida. 
 
  Esta asunción del programa personal que constituye la realización del ser humano en la tierra, dota al ser humano de instantes de felicidad y plenitud que, aunque efímeros, por nuestro poco adelanto evolutivo, nos hacen vislumbrar cómo puede ser el futuro que nos aguarda a poco que hagamos las cosas bien. 
 
   Al mismo tiempo, nos permite pasar de la comprensión de “lo que somos” (conciencia de uno mismo), a la asunción de “lo que tenemos que hacer” (acción y realización del programa pre-encarnatorio). Este paso tan importante nos eleva por encima de las miserias y desgracias de la vida, afrontándolas desde una perspectiva superior que nos permite superarlas, a la vez que nos ayuda a seguir por la senda del progreso espiritual, auténtico objetivo de nuestro paso por la tierra. 
 
   Este es el inicio de la tercera etapa: la toma de conciencia. A ello se llega después de un análisis profundo de nuestra situación en la vida y además se llega por multitud de caminos y de vericuetos. Unos religiosos, otros sociales, personales, espirituales, etc. 
 
  Son muchas las formas de realización en la vida, pero en estos momentos de transformación planetaria, aquel que se haya preparado y trabaje en la dirección correcta, encaminará sus pasos acertadamente a la expansión de su conciencia y de su ser superior. 
 
   Esto es el inicio del hombre nuevo: el “hombre consciente” de sí mismo que ha superado la etapa instintiva e intelectiva y que se encuentra formando su conciencia en la auténtica realidad espiritual que le prepara en un futuro para la última etapa: la etapa intuitiva o inspirativa; propia de los grandes seres que ya pasaron por la tierra y dejaron constancia de su realidad inmortal por encima de las vicisitudes de mundos inferiores que superaron con notoriedad y ejemplo. 
 
   Esta etapa es la de la auténtica conexión con nuestro yo superior, el ser inmortal que nos anima, nos eleva y que somos nosotros mismos a través del tiempo y del espacio. A medida que vamos sensibilizando nuestra alma, pasando del salvaje al genio, adquiriendo conciencia de nuestra realidad superior, avanzando en conocimientos, artes, desarrollando las capacidades del amor, el perdón, la tolerancia, la humildad y la fe, nuestro ser interior crece de forma expansiva. 
 
   Este crecimiento nos permite mayor intuición y comprensión, nos facilita momentos de plenitud apenas insospechados y nos ayuda enormemente a cumplir con nuestro objetivo de progreso espiritual. 
 
   Este avance y desarrollo nos conecta de forma permanente con la espiritualidad superior, nos hace avanzar a través de la inspiración sin miedo a equivocarnos, pues ya no somos nosotros solos, estamos permanentemente asistidos por seres de espiritualidad superior que nos allanan el camino. 
 
   Nos convertimos en instrumentos del bien, en canales de luz, en perfecta comunión con la esencia espiritual de la que formamos parte; y nuestras vidas en los planetas dejan de ser vidas de dolor para convertirse en vidas de progreso consciente, de renuncia y desarrollo personal, de ayuda constante a nuestros semejantes, ofreciendo el mejor ejemplo y aclarando dudas sobre el camino a elegir. 
 
  A partir de este momento nuestra conciencia se expande por encima de nosotros mismos, llevamos el ejemplo por donde caminamos y perseverando en nuestros principios nos mantenemos firmes para asumir testimonios ingratos, en la seguridad de que seremos ampliamente recompensados con más claridad y plenitud y por ende mayor felicidad. 
 
  Nos convertimos entonces en auténticos trabajadores de la obra divina; allí donde nos encontremos seremos capaces de ofrecer consuelo, esperanza y claridad para despejar dudas e incertidumbres sobre nuestra naturaleza inmortal y el plan divino que Dios tiene trazado para el hombre en sus distintas etapas de evolución. 
 
   Todavía nos queda mucho para llegar a esta última etapa, pues en el mejor de los casos, nos encontramos realizando la transferencia del hombre racional al hombre consciente; pero sabiendo a dónde tenemos que llegar y cómo hemos de hacerlo, conseguiremos la fuerza para prepararnos y seguir avanzando en este camino de realización personal.
 
A.LL.F.
 
© Grupo Villena 2012

Divulgación razonable

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  Para todas las personas que nos hallamos responsabilizadas en la labor de divulgar un conocimiento espiritual serio, razonable y acorde con las necesidades de nuestra sociedad, resulta muy positivo reali­zar una serie de reflexiones que nos muestren hasta qué punto estamos realizando esa impor­tante tarea.
 
 
  El creciente interés por las ideas de índole espiritual, y todavía más en los ambientes juveniles, sector por demás inno­vador e inconformista con lo establecido, ha de suponer para nosotros una gran respon­sabilidad, lo que significa: una concienciación plena, convicción y claridad de ideas e intenciones para llevar ese conocimiento a muchísimas personas que se encuentran en predisposición de recibirlo. 
 
  Lamentablemente, existen muchos enga­ños y conceptos erróneos que intervienen de forma muy negativa en aquellas personas que movidas por la inquietud se lanzan hacia unas ideas que más tarde o más temprano descubren que no eran nada positivas. Sin embargo, y como contrapartida, existen numerosos grupos y personas que desde diferentes ideologías, sí se hallan bien encaminadas y se encuentra comprometidas interiormente a brindar unos conocimientos básicos pero transcendentes, que pueden beneficiar, y mucho, a todas aque­llas personas que los lleven a su vida dia­ria. 
 
  La juventud está llamada a ser uno de los impulsores de estos nuevos conceptos. Sus iniciativas y entusiasmos, así como la inno­vación de las ideas que siempre vienen con cada nueva generación, son cualidades que sabiamente conjuntadas por la experiencia de los más adultos, pueden conformar una agru­pación de personas, voluntades e ilusiones que sin duda alguna impactarán a una sociedad inmersa en sus propias ambiciones, demasiado ocupada con los aspectos materiales y escasa­mente sensibilizada ante el dolor y sufri­mientos ajenos. 
 
  A pesar de ello, y dada la necesidad de un cambio de rumbo y perspectivas que nuestra sociedad tiene, se ha de sembrar, divulgar por toda la Humanidad, todas aquellas ideas que beneficien al ser humano y le ayuden a entender por qué y para qué de la vida y de su estancia en los mundos físicos. 
 
  Hay que poner luz donde hay confusión y oscurantismo. Se deben aclarar las dudas y erradicar la ignorancia que existe sobre la realidad de la vida espiritual y su continua influencia sobre el plano físico. Hemos de saber erradicar falsos misticismos y fanatis­mos, ofreciendo con sencillez y sin compleji­dades un conocimiento al alcance de todos, exento de imposiciones y dogmatismos, que invita a la reflexión y a la mejora del ser humano. 
 
REDACCIÓN

REENCARNACIÓN: CLAVE DE LA EVOLUCIÓN

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Análisis de las claves de la Reencarnación. Evolución humana. Connotaciones históricas, científicas (los últimos estudios) y sus consecuencias filosóficas y espirituales.
 
 

EL CRECIMIENTO DEL SER: DEL INSTINTO A LA INTUICION (I)

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  En el artículo anterior desarrollábamos las etapas por las que el ser humano transita desde que inicia su viaje evolutivo, a través de los mundos que le sirven de escuela y aprendizaje hasta la actualidad, en un mundo de expiación y prueba. Hoy toca abordar cómo es ese desarrollo en la conciencia humana, qué estaciones ha de completar
y cómo se llega a la plenitud y la felicidad, objetivo final de su viaje.
  Sabido es por la antropología que, el desarrollo fisiológico de la especie humana ha sufrido enormes transformaciones desde las épocas del ramaphitecus; donde las formas animalescas del simio que baja de los árboles derivan, con el transcurso de  miles de años, en nuestros antepasados más directos los nehardentales y el hombre del cromañon.
  La forma propia de andar del simio a cuatro patas va dejando paso al hombre que camina con dos piernas; la perdida paulatina del vello, la reducción del cráneo y la modificación de sus características morfológicas a través de los siglos van desembocando en el hombre actual y, hoy día a simple vista, parece imposible la comparación entre los primates iniciales y el hombre actual.
  Pero la ciencia es irrefutable en este punto; y los miles de años de evolución y transformación del cuerpo humano, permiten un desarrollo mucho mayor del cerebro humano (no en volumen y sí en capacidades neurológicas), y con ello de las habilidades que van posibilitando el avance de las sociedades primitivas. 
  Así como la antropología nos aclara el origen y la evolución de la especie humana, la medicina actual está en condiciones de explicarnos cómo ha ido desenvolviéndose el avance del cerebro a través de la evolución humana; y como se han ido conquistando las capacidades raciocinativas, intelectivas y motricidades que interaccionan el cerebro con nuestro cuerpo humano de hoy. 
  Paralelamente, la psicología nos ha venido informando sobre aquellas capacidades psíquicas, mentales y emocionales que también han sufrido enormes transformaciones a lo largo de la evolución humana y que hoy forman parte del todo integral que denominamos como “ser humano”.
  En las últimas décadas, los estudios de las enfermedades mentales llevados a cabo por la neuropsiquiatría han ampliado notablemente el conocimiento del funcionamiento del cerebro y de la psique humana ampliando y reforzando los conocimientos científicos que se tienen sobre el ser integral que llamamos hombre.
  Todas estas ciencias positivas nos descubren la realidad del progreso del ser a través de los milenios; nos aclaran cómo influyen en este progreso no sólo las características sociales que imprimen las distintas civilizaciones, sociedades y tribus; también nos hablan de la influencia que han ejercido en el ser humano las características climatológicas, catástrofes naturales, evolución de los continentes, etc..
  Estos aspectos y muchos otros que no podemos detallar por limitación de espacio, forman parte del acervo que constituye la naturaleza del ser. No obstante, el puzle no está completo sino tenemos en cuenta que la misma evolución morfológica y antropológica del hombre viene fomentada y completada por la evolución psíquica y/o espiritual del ser que lo anima.
  Esta evolución psíquica es la que nos compete desarrollar aquí, y como no podía ser de otra forma, va evolucionando en paralelo al desarrollo del cuerpo físico y de las capacidades que este va desarrollando en su periplo evolutivo.
  Así pues, en las primeras etapas evolutivas, la organización psíquica del ser humano viene condicionada fundamentalmente por el instinto; instinto primordial de supervivencia que, envuelto en un ambiente hostil de mundos primitivos tiene como principal cometido la supervivencia de la especie y a ello dedica el ser humano la mayoría de sus esfuerzos en esas vidas de hombres primitivos.
   Todavía no se alcanza la capacidad del raciocinio suficiente que le permite vivir en sociedad y que constituirá la segunda etapa que dará origen al desarrollo incipiente de la inteligencia; dedicando entonces mayores esfuerzos a la cohesión social y familiar como núcleos de apoyo y supervivencia en sociedades todavía muy violentas, pero que comienzan a entender como trabajar en conjunto unificando fuerzas y delegando responsabilidades para afrontar entre los miembros del colectivo las necesidades básicas de todos.
  En esta segunda etapa todavía el instinto es la base del comportamiento humano, pero poco a poco la capacidad raciocinativa y la inteligencia van conquistando nuevas posiciones en el comportamiento humano. La etapa que transita de la tribu a sociedades más avanzadas como la actual, es el mejor ejemplo de por dónde se desenvuelve este desarrollo social. Las conquistas particulares que poco a poco van consiguiendo colectivos marginados en las sociedades primitivas donde impera la fuerza como valor de referencia (igualdad de género por ejemplo) son prueba de ello. 
  El avance de los derechos humanos y de las democracias desde las dictaduras antiguas, aún a pesar de sus muchas deficiencias, es un buen ejemplo de “conciencia social” que se implanta en las sociedades más avanzadas. Todavía hoy, en pleno siglo XXI comprobamos la existencia de dictaduras que coartan todo tipo de derechos de los individuos como la libertad de expresión, de reunión, marginando a los colectivos más débiles, etc.
  Así pues, en las sociedades avanzadas prima la educación y la necesidad de desarrollar la inteligencia para aceptar la convivencia en sociedad, mediante el respeto a los derechos de los otros. Este es un avance importante, porque aunque no estemos todavía en el desarrollo de las capacidades más profundas del espíritu humano, las actitudes antisociales o delictivas son reprendidas por las leyes y castigadas para evitar la anarquía y el despropósito.
  En esta segunda etapa del desarrollo intelectivo lleva el hombre apenas tres siglos, desde la ilustración al momento actual; donde la consecución de un importante desarrollo en las ciencias y las artes, en la tecnología y en los derechos particulares, han marcado un antes y un después en el desarrollo de la especie humana.
  Del antiguo régimen, donde las monarquías absolutas y el poder emanaban de Dios, se ha pasado a la soberanía popular, con lo que esto supuso de cambio en las relaciones del hombre con los poderes fácticos como la iglesia o los reyes. 
  A pesar de los grandes errores de la religiones, no obstante es preciso reconocerles el mérito de educar al hombre en su aspecto moral: ofreciendo, con todos aquellos defectos que queramos imputarles, la ética comportamental necesaria para que el ser humano fuera controlando y erradicando los instintos de su naturaleza inferior; fundamentalmente mediante el miedo al infierno eterno. A pesar de ello moldearon en muchos espíritus en evolución a través de sus distintas vidas, el respeto y/o temor hacia el creador y sus leyes y la necesidad de convivir en armonía con sus semejantes.
  Lamentablemente, las religiones son concepciones humanas inspiradas en sus inicios por grandes seres venidos a la tierra para transmitir nuevas formas de vida y de relación entre los humanos. Estos fundadores, contaban con la asistencia espiritual necesaria para indicar el camino cierto; pero una vez desaparecidos y con el transcurso de los siglos, las organizaciones religiosas actúan bajo los condicionantes de sociedades humanas, con todos los errores que ello comporta.
  Sin duda, después de la etapa instintiva de los mundos primitivos y la actual, que podríamos denominar raciocinativa o intelectiva, llega una tercera etapa que gran parte de la sociedad en este siglo XXI ya intuye, e incluso muchos millones de personas ya experimentan con sus actitudes y formas de vivir.
  Es la etapa de la concienciación.A partir de aquí el ser humano se encuentra sumergido en un mundo de profundos cambios sociales, políticos y económicos que nos indican la aproximación de un nuevo cambio de rumbo planetario.
  Esta época de transformaciones sociales que vivimos son el preludio de una nueva etapa, una nueva humanidad más solidaria y altruista, dónde el respeto por el ser humano y la conciencia de su realidad inmortal serán las bases que articulen el nuevo orden social.
  Esto que puede parecer una utopía, no es más ni menos utópico que lo que a los ciudadanos del medioevo podría parecerles la sociedad surgida de la ilustración; donde la abolición de la esclavitud y la instauración de los derechos universales de libertad, igualdad y fraternidad podrían parecerles ciencia ficción. Y sin embargo el cambio llegó y la sociedad cambió.
   Por ello la utopía es cada vez más real cuando, sea mediante el tiempo que sea, la deriva social del egoísmo que mantiene todavía este sistema caduco y denostado, está en franco retroceso ante la “conciencia social” de una mayoría de los habitantes de este planeta, que demandan mayor igualdad y fraternidad entre los pueblos de la tierra.
   Demandan también una redistribución de la riqueza acorde a los criterios de solidaridad y equidad. Demandan una mayor dosis de libertad y derechos en aquellas áreas del planeta donde todavía siguen anclados en los vestigios del pasado.
  Se demanda en definitiva mayor conciencia para la fraternidad y la igualdad entre los hombres. Y por extraño que pueda parecer, estos cambios que ya están produciéndose, no vienen desde las instituciones o los poderes políticos, vienen del pueblo llano, de la necesidad imperiosa de sentirse “humanos” en una sociedad “inhumana” subyugada por el egoísmo de las élites financieras y políticas.
  Así pues, después de esta conciencia social que se implanta a velocidad vertiginosa en las sociedades más avanzadas y en las que no lo son tanto, llega una segunda etapa que se desarrolla en paralelo con la anterior: la urgencia de elevar al hombre por encima de los sistemas sociales y políticos.
  Este trasvase de la conciencia social a la conciencia individual del ser humano, ya se está efectuando de forma imparable y vertiginosa; y con él continuaremos en la segunda parte de este artículo.
Antonio Lledó
© Grupo Villena

LA REENCARNACIÓN ¿TEORÍA O REALIDAD?

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  •  ¿Hay vida después de la muerte?
  • ¿Sólo se vive una vez?
  • ¿Qué nos dice la Historia y la Ciencia al respecto?
  • ¿Si la Reencarnación es real, puede cambiar nuestro modo de ver la vida?

 

Ideologías y creencias

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  La gran variedad de ideologías, creencias religiosas, filosofías y un largo etcétera, permite al ser humano la posibilidad de identificarse con cualquiera de ellas y orientar su vida y entorno de acuerdo a los postulados de la misma.
 
  Sin embargo, es preciso realizar algunas consideraciones al respecto, sobre todo si por nosotros mismos deseamos introducirnos en alguna en concreto. La primera premisa es la de rechazar el fanatismo, y evitar a todo aquel que pretenda convencernos de una idea sin solicitarnos que la analicemos y la aceptemos o no sin presiones de ningún tipo.
 
  Seguidamente, es conveniente recordar que ninguna ideología tiene la verdad única, ésta solamente se halla en poder de la Divinidad, y nosotros, pobremente, a través de las diferentes doctrinas accedemos a una minúscula parte de la misma. Por tal razón busquemos aquella idea que más aspectos nos aclare y mejor se adecúe a nuestras aspiraciones, sin caer en el error de adaptarla a nuestros gustos personales.
 
  No es preciso que profesemos ninguna doctrina en particular, solamente rigiéndonos por los principios morales de amor y respeto al prójimo, sería más que suficiente. Si bien, en ocasiones, podríamos necesitar de unas ideas y conceptos que nos ayuden a superar las dificultades de la vida y nos orienten ante los problemas que diariamente se nos plantean, y es ahí donde juega un papel vital disponer de unos ideales que nos ayuden en esos momentos de debilidad.
 
  Lo que hace grande al ser humano son sus obras, y hacia ellas debemos dirigir toda nuestra atención, porque por muy elevados que sean los preceptos morales o las ideas que mantengamos, si llegada la hora de la verdad no los llevamos a la demostración práctica, no nos valen de nada.
 
  Hemos de cuidarnos de rechazar o menospreciar a otras personas que no piensen como nosotros. Ni mucho menos nos hemos de creer «elegidos» o «privilegiados» por pertenecer a esta o aquella doctrina, creyendo que aquellos que no profesen nuestra misma idea serán «condenados» o estarán lejos de «la salvación».
 
  La actual situación de nuestro mundo, donde, todavía hoy, existen el hambre y las guerras, pone de manifiesto que seguimos siendo egoístas y nos olvidamos de los demás. ¡Y qué podríamos decir de aquellas guerras en las que intervienen las doctrinas religiosas! Es lamentable, pero se olvidan principios fundamentales como el «no matarás», y en cambio se prefiere luchar por obtener un trozo de tierra o por demostrar a un pueblo que nuestras ideas son mejores.
 
  Esos errores los llevamos a cuestas desde el comienzo de la civilización y todavía en pleno siglo XX seguimos generándolos. Ya va siendo hora de reflexionar sobre nuestro comportamiento y aprovechar el poco tiempo que nos queda, porque de seguir por este camino, de seguro que nuestro futuro no será muy halagüeño que digamos.
 
  Utilicemos el sentido común y pongamos manos a la obra, porque el día de mañana se nos juzgará por nuestras actuaciones (nunca por nuestras ideas), y cada cual será responsable de las mismas ante las Leyes Universales, sin que le valga alegar ignorancia.
 
REDACCIÓN

LAS ETAPAS

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  En capítulos anteriores hacíamos referencia al origen del hombre y sus distintas interpretaciones en función de cual fuera el punto de vista de partida.
 
 
  Detallábamos que la teoría evolucionista-darwiniana o la creacionista sostenida por las iglesias no estaban tan lejos unas de otras, al tener puntos en común que son unidos y aclarados por la explicación lógica y racional que nos ofrece la comprensión de la ley de evolución(*). 
 
  Lo incuestionable para todos es el hecho de que, sea cual fuere el origen del hombre y su aparición en la tierra, desde que este hecho se produce, la evolución es un hecho constatado científicamente y que este desarrollo viene dado de forma inexorable en todos los pueblos y civilizaciones de los que tenemos constancia a través de la historia y de la protohistoria.
 
  La evolución del planeta y de su naturaleza ha corrido la misma suerte; y aunque pueda parecer en algunas cuestiones que existe una involución o deterioro por la acción del hombre sobre la naturaleza, lo cierto y verdad es que el ciclo de la vida sigue su curso, nadie puede pararlo, y si algunas especies desaparecen, otras surgen como nuevas formas de vida. En este último aspecto numerosos descubrimientos en microbiología, biotecnología, nanotecnología, y física (el origen de la materia: Bosón de Higgs) nos van descubriendo mundos y micro-universos de los que apenas teníamos constancia y que ahora aparecen tan reales y convencionales como los que podemos comprender y experimentar a simple vista.
 
  La evolución es pues, un hecho incuestionable en todas las formas y elementos de la naturaleza, y por ende la especie de mayor preponderancia dentro del universo conocido: el hombre; no puede estar exento de esta inercia, de esta gran ley universal que a todos afecta y a todos nos impele.
 
  La manera y el modo en que la ley evolutiva afecta al ser humano, está íntimamente relacionada y es inversamente proporcional, al grado evolutivo que el ser pensante va adquiriendo a través de las diversas experiencias por las que pasa; y a las que se ve sometido en las distintas vivencias que aprende en la multitud de vidas físicas por las que transita en la tierra a través de la reencarnación.
 
  Como bien explicaba el gran filósofo incomprendido Jesús de Nazaret: En verdad te digo que para alcanzar el reino de los cielos te es preciso nacer de nuevo en agua y en espíritu. Evangelio según S. Juan Cap. III Vers. 7 
 
  El maestro de maestros explicaba la reencarnación a sus discípulos; pero también a los que no lo eran, como en este caso en el que se dirige a un doctor en la Ley de Moisés llamado Nicodemo. El “reino de los cielos” no es otra cosa que el fin del camino que ha de recorrer el espíritu a través de la ley de evolución para llegar a la plenitud. Una plenitud donde la perfección, la felicidad y el amor son las bases del espíritu puro al que todos estamos llamados.
 
  La reencarnación no es más que el instrumento, del que se vale la ley de evolución, para proporcionar al ser humano las experiencias que necesita para alcanzar mayores capacidades, nuevas experiencias y un desarrollo integral como ser consciente; integrado en la obra divina y colaborador de la misma para beneficio de todos los seres que pueblan los universos y para el desarrollo de uno mismo en ese camino llamado “ley de evolución”
 
  Así pues, cuando se comprende el auténtico sentido de la reencarnación, estamos ya en condiciones de entender cuáles son las etapas por las que hemos de pasar; cómo hemos de actuar, y de qué forma debemos prepararnos para avanzar en este camino más rápidamente, evitando los obstáculos, las recaídas y los estancamientos que con tanta frecuencia se producen en el crecimiento evolutivo del hombre.
 
  También empezamos a tomar consciencia de nuestra auténtica realidad espiritual, de aquella parte de nosotros que, a imagen y semejanza de Dios, sobrevive a la muerte del mundo físico y que somos nosotros mismos.Nuestra auténtica realidad, que muy poco tiene que ver con nuestra forma física en una u otra existencia. 
 
  Esta compresión evolutiva de que somos seres eternos en un proceso imparable de evolución y destinados a la felicidad y la perfección, nos ofrece la oportunidad de analizar que en ese camino pasamos por muchas etapas. Distintos mundos físicos y en distintos planetas, siempre acorde a nuestro nivel evolutivo; también abre nuestra mente para entender que no estamos solos en el universo; ya que son multitud, millones, trillones los mundos habitados donde diferentes humanidades evolucionan, progresan y van alcanzando las capacidades y desarrollos necesarios propios del mundo que habitan.
 
  Mundos primitivos, de expiación y prueba, de regeneración, mundos felices, mundos divinos. Son las etapas de obligado cumplimiento para el espíritu humano a las que sólo se accede por méritos propios, cuando se está en condiciones espirituales de alcanzarlas. Nuestro planeta tiene todavía un nivel evolutivo bajo, encontrándose en la etapa de un mundo de expiación y prueba donde los espíritus encarnan para rescatar deudas del pasado, a través del dolor o del amor, y donde se ponen a prueba en las diferentes capacidades que han de desarrollar para poder pasar a un mundo de regeneración; que como bien dice la palabra, regenera las capacidades del espíritu y le pone en la senda del bien para siempre; evitando las desigualdades, aceptando las leyes divinas como algo perteneciente a su propia naturaleza, a la vez que esforzándose por superar aquellas inclinaciones perniciosas de las que todavía quedan restos de etapas anteriores.
 
  Nuestro mundo actual se encuentra en esa etapa de transición que pasan todos los planetas de un mundo de expiación a otro de regeneración. Se trata de una etapa convulsa y de grandes acontecimientos para las humanidades que la sufren; ya que en los mundos de expiación y prueba los espíritus no están seleccionados. Es más, los hay muy desarrollados y otros muy primitivos, este hecho hace que algunos no tengan intención de progresar y persistan en el mal y en la recreación de sus tendencias más negativas de odio, violencia, egoísmo, así como en las inclinaciones de su naturaleza inferior.
 
  Las leyes que rigen la evolución no se ven afectadas por el factor tiempo sino por la justicia y el amor; parámetros absolutos que afectan al ser humano los entienda este o no. Así pues, en una etapa de transición como la que vive el planeta es precisa una selección de aquellos que por su “libre albedrío” han escogido el camino del bien y del progreso de aquellos otros que también en su “libre albedrío” han optado por lo contrario.
 
  Por este motivo, la tierra, que pasa de un estadio evolutivo a otro superior como es un mundo de regeneración, no puede albergar ya espíritus de baja condición para su desarrollo. Este hecho, perfectamente planificado en la evolución de los planetas y que todos efectúan antes o después, supone varias cosas para la humanidad que puebla este planeta. En primer lugar, los espíritus no preparados para formar parte de la nueva humanidad serán desalojados paulatinamente del planeta. 
 
  Este desalojo se está produciendo ya en las esferas espirituales que rodean la tierra y desde donde están siendo trasladados, contra su voluntad, multitud de espíritus de muy baja evolución que son llevados a un planeta inferior, tal y como estaba la tierra hace millones de años. Un mundo primitivo donde tendrán la oportunidad de progresar para corregir aquellas actitudes contrarias a la ley de evolución y a la ley del amor.
 
  Allí serán los primeros de la clase, ayudarán a otros espíritus recién comenzados en la senda del progreso y recordarán con vívida intuición y nostalgia la oportunidad perdida, al haber vivido en mundos más evolucionados del que habitan. Es el “rechinar de dientes” del que habla la biblia.
 
  Pero la inconmensurable misericordia divina les ofrecerá la oportunidad de su redención ayudando a otros más atrasados, aportando sus cualidades intelectuales, los conocimientos y avances de un mundo superior que ya conocieron porque vivieron en él. Serán los avanzados de la época, aquellos que, si se encaminan por el camino recto, pronto regresaran a su auténtica patria espiritual: el planeta del que nunca debieron partir.
 
  Con este pequeño ejemplo, del cambio de etapa de un planeta a otro, podemos hacernos una idea de lo que espera al espíritu humano en su avance evolutivo. Felicidad y perfección son el objeto del plan divino cuando el hombre es creado pero aquí no existen privilegios ni prebendas. 
 
  Sólo el mérito, sólo el esfuerzo por avanzar en el amor y en la corrección de nuestras debilidades e imperfecciones nos eleva y nos acerca al autentico objetivo del hombre en la tierra: el progreso espiritual. 
 
 
 
 
A.LL.F.
 
© Grupo Villena 2012
 
 

(*) Evolución en su acepción espiritual