Editorial

Un alto en el camino

 
 
  En ciertos momentos de la existencia conviene detenemos a reflexionar, a recapacitar acerca de un determinado comportamiento, hecho o situación. De ese modo se consigue, en cierta medida, conectar con nuestro fuero interno e interrogarle,
descubriendo, en muchas ocasiones, nuevos horizontes y perspectivas que ni siquiera antes habíamos imaginado. 
 
 Ese contacto que tenemos con nuestra conciencia espiritual siempre resulta positivo pues nos acerca, en mayor o menor medida, a la solución de ese problema o dificultad que estábamos atravesando, y también, arroja luz sobre esas dudas o vacilaciones que nos sobrevienen, en innumerables ocasiones, en las pruebas cotidianas. 
 
 Un nuevo año se inicia, y resulta beneficioso analizar lo positivo o negativo que ha resultado para cada uno el anterior. Si así no lo hiciéramos quizás estaríamos tropezando continuamente con la misma piedra sin apercibimos de ello; por esa razón fundamental, conviene someter a la consideración de cada uno, lo que ha significado ese periodo de tiempo, lo mucho o lo poco que ha hecho por su mejoramiento y también, por el de sus semejantes. 
 
 Ese análisis retrospectivo nunca ha de servir para lamentamos de nuestros errores, sino más bien para procurar modificar en lo sucesivo nuestro comportamiento. Aprovechándonos de ese sentimiento de automejora, convendría afianzamos en los más elevados propósitos, no sin antes recuperar la ilusión perdida y recobrar esos ideales altruistas que animan nuestra existencia. 
 
 Afiancemos en cada uno de nosotros esa idea, y aunque creamos que no somos nada y que carecemos de cualidades para desarrollar esa labor espiritual, común para muchos, sepamos que con buena voluntad e ilusión podemos conseguir aquello que nos propongamos, siempre que por sus características se trate de algo positivo, tanto para nosotros como para los demás. 
 
 Recordemos que, cuando tratamos de ayudar a nuestros semejantes, estamos poniendo en funcionamiento esas cualidades interiores de las que todos sin excepción somos portadores, y que además, somos ayudados por esas fuerzas superiores, por hermanos espirituales elevados, que esperan encontrar por nuestra parte buena disposición para ofrecernos, de forma casi intuitiva, sus consejos y sentimientos más elevados, los cuales nos incentivan a comportamos con mayor entrega hacia los demás. 
 
 De igual forma sucede, cuando los malos pensamientos y sentimientos anidan en nuestro interior y les damos cabida, las fuerzas negativas exteriores, nos influencian e infunden en nosotros peores actitudes. Una ley universal rige y regula todos estos aspectos, la Ley de Consecuencias o de Causa y Efecto ofrecerá a cada cual aquello que haya cosechado anteriormente, tanto si de bien como si de mal se ha tratado. 
 
 Nuestro porvenir es la cosecha de nuestras actuaciones presentes. El destino del ser humano no está sujeto al simple azar, es él mismo el que se gana un porvenir venturoso o desafortunado, dependiendo de cómo afronte las vicisitudes diarias. 
 
REDACCIÓN
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