Editorial

PENSAR EN LOS DEMÁS

¿Hemos valorado en alguna ocasión si podemos remediar, o por lo menos aminorar, el sufrimiento ajeno? Esta cuestión queda sin respuesta en la sociedad del hombre del siglo XXI pues ni tan siquiera llegamos a plantearla.
Nuestras aspiraciones únicamente buscan el be­neficio de nosotros mismos y de nuestro entorno, con lo cual relegamos al más completo de los olvidos a to­das aquellas personas que sufren, bien moral, física o psíquicamente, afectadas por algún tipo de situación, cuya solución bien podría residir en nuestras manos.
En nuestra lucha diaria por obtener mayores bienes materiales y mejorar nuestras condiciones per­sonales, nos olvidamos de los que nos rodean y de sus necesidades más elementales. Cuando la fortuna nos sonríe pasamos por alto la idea de un Dios que preside nuestros destinos y erradicamos de nuestra mente toda concepción espiritual que requiera de nuestra renuncia y sacrificio. Pero ¿qué ocurre cuando el sufrimiento hace su aparición? Entonces, clamamos al cielo, le solicitamos expresamente una explicación a nuestro dolor, y a partir de ahí comenzamos a observar lo equivocado de nueátro comportamiento.
Lamentablemente, es así, no nos apercibimos de la intensidad del sufrimiento de otras personas hasta que una situación similar la vivimos en nuestra propia carne. ¿Es útil, pues, el sufrimiento, si por lo menos nos ayuda a sensibilizar nuestros ya distorsionados sentimientos, y comenzamos a preocuparnos por los demás?
No debería ser preciso incurrir en tal situa­ción, máxime cuando disponemos a nuestro alcance de los suficientes conocimientos y experiencias que nos demuestran que las actitudes egoístas conducen al individuo a la soledad y a la infelicidad más abso­lutas.
Si deseamos que los demás nos atiendan cuando lo necesitemos, hemos de comenzar por ayudarles en sus necesidades actuales. Para recibir es preciso primero dar.
Sin lugar a dudas, uno de los deseos de todo ser humano es ser apreciado y querido por los que le rodean, y no ignoramos que para llegar a esta situación es preciso merecerlo, es necesario hacerse querer. Aunque este último punto es más difícil pues requiere un esfuerzo por nuestra parte, el cual no siempre estamos dispuestos a realizar.
La mejora de nuestras condiciones actuales no ha de basarse únicamente en los aspectos materiales que nos rodean, sino en lo más importante, en las relaciones humanas y nuestro trato con las demás personas. No en vano la convivencia, cuando es armónica, ofrece al ser humano bienestar y alegría.
Llegará el día en que nuestras concepciones sobre la vida cambiarán profundamente, y todo el panorama actual se modificará, dando paso a unas rela­ciones humanas basadas en el respeto y la amistad, donde no tengan cabida las diferencias de clases, razas, sexo, religión, etc. Por si fuera poco, también tendremos aprendida la lección de la inutilidad de las guerras y las violencias, nuestras únicas aspiraciones serán la mejora de nuestro entorno y del mundo que nos rodea.
REDACCION
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