¿Evolución o creación?

EL CRECIMIENTO DEL SER: DEL INSTINTO A LA INTUICION (I)

  En el artículo anterior desarrollábamos las etapas por las que el ser humano transita desde que inicia su viaje evolutivo, a través de los mundos que le sirven de escuela y aprendizaje hasta la actualidad, en un mundo de expiación y prueba. Hoy toca abordar cómo es ese desarrollo en la conciencia humana, qué estaciones ha de completar
y cómo se llega a la plenitud y la felicidad, objetivo final de su viaje.
  Sabido es por la antropología que, el desarrollo fisiológico de la especie humana ha sufrido enormes transformaciones desde las épocas del ramaphitecus; donde las formas animalescas del simio que baja de los árboles derivan, con el transcurso de  miles de años, en nuestros antepasados más directos los nehardentales y el hombre del cromañon.
  La forma propia de andar del simio a cuatro patas va dejando paso al hombre que camina con dos piernas; la perdida paulatina del vello, la reducción del cráneo y la modificación de sus características morfológicas a través de los siglos van desembocando en el hombre actual y, hoy día a simple vista, parece imposible la comparación entre los primates iniciales y el hombre actual.
  Pero la ciencia es irrefutable en este punto; y los miles de años de evolución y transformación del cuerpo humano, permiten un desarrollo mucho mayor del cerebro humano (no en volumen y sí en capacidades neurológicas), y con ello de las habilidades que van posibilitando el avance de las sociedades primitivas. 
  Así como la antropología nos aclara el origen y la evolución de la especie humana, la medicina actual está en condiciones de explicarnos cómo ha ido desenvolviéndose el avance del cerebro a través de la evolución humana; y como se han ido conquistando las capacidades raciocinativas, intelectivas y motricidades que interaccionan el cerebro con nuestro cuerpo humano de hoy. 
  Paralelamente, la psicología nos ha venido informando sobre aquellas capacidades psíquicas, mentales y emocionales que también han sufrido enormes transformaciones a lo largo de la evolución humana y que hoy forman parte del todo integral que denominamos como “ser humano”.
  En las últimas décadas, los estudios de las enfermedades mentales llevados a cabo por la neuropsiquiatría han ampliado notablemente el conocimiento del funcionamiento del cerebro y de la psique humana ampliando y reforzando los conocimientos científicos que se tienen sobre el ser integral que llamamos hombre.
  Todas estas ciencias positivas nos descubren la realidad del progreso del ser a través de los milenios; nos aclaran cómo influyen en este progreso no sólo las características sociales que imprimen las distintas civilizaciones, sociedades y tribus; también nos hablan de la influencia que han ejercido en el ser humano las características climatológicas, catástrofes naturales, evolución de los continentes, etc..
  Estos aspectos y muchos otros que no podemos detallar por limitación de espacio, forman parte del acervo que constituye la naturaleza del ser. No obstante, el puzle no está completo sino tenemos en cuenta que la misma evolución morfológica y antropológica del hombre viene fomentada y completada por la evolución psíquica y/o espiritual del ser que lo anima.
  Esta evolución psíquica es la que nos compete desarrollar aquí, y como no podía ser de otra forma, va evolucionando en paralelo al desarrollo del cuerpo físico y de las capacidades que este va desarrollando en su periplo evolutivo.
  Así pues, en las primeras etapas evolutivas, la organización psíquica del ser humano viene condicionada fundamentalmente por el instinto; instinto primordial de supervivencia que, envuelto en un ambiente hostil de mundos primitivos tiene como principal cometido la supervivencia de la especie y a ello dedica el ser humano la mayoría de sus esfuerzos en esas vidas de hombres primitivos.
   Todavía no se alcanza la capacidad del raciocinio suficiente que le permite vivir en sociedad y que constituirá la segunda etapa que dará origen al desarrollo incipiente de la inteligencia; dedicando entonces mayores esfuerzos a la cohesión social y familiar como núcleos de apoyo y supervivencia en sociedades todavía muy violentas, pero que comienzan a entender como trabajar en conjunto unificando fuerzas y delegando responsabilidades para afrontar entre los miembros del colectivo las necesidades básicas de todos.
  En esta segunda etapa todavía el instinto es la base del comportamiento humano, pero poco a poco la capacidad raciocinativa y la inteligencia van conquistando nuevas posiciones en el comportamiento humano. La etapa que transita de la tribu a sociedades más avanzadas como la actual, es el mejor ejemplo de por dónde se desenvuelve este desarrollo social. Las conquistas particulares que poco a poco van consiguiendo colectivos marginados en las sociedades primitivas donde impera la fuerza como valor de referencia (igualdad de género por ejemplo) son prueba de ello. 
  El avance de los derechos humanos y de las democracias desde las dictaduras antiguas, aún a pesar de sus muchas deficiencias, es un buen ejemplo de “conciencia social” que se implanta en las sociedades más avanzadas. Todavía hoy, en pleno siglo XXI comprobamos la existencia de dictaduras que coartan todo tipo de derechos de los individuos como la libertad de expresión, de reunión, marginando a los colectivos más débiles, etc.
  Así pues, en las sociedades avanzadas prima la educación y la necesidad de desarrollar la inteligencia para aceptar la convivencia en sociedad, mediante el respeto a los derechos de los otros. Este es un avance importante, porque aunque no estemos todavía en el desarrollo de las capacidades más profundas del espíritu humano, las actitudes antisociales o delictivas son reprendidas por las leyes y castigadas para evitar la anarquía y el despropósito.
  En esta segunda etapa del desarrollo intelectivo lleva el hombre apenas tres siglos, desde la ilustración al momento actual; donde la consecución de un importante desarrollo en las ciencias y las artes, en la tecnología y en los derechos particulares, han marcado un antes y un después en el desarrollo de la especie humana.
  Del antiguo régimen, donde las monarquías absolutas y el poder emanaban de Dios, se ha pasado a la soberanía popular, con lo que esto supuso de cambio en las relaciones del hombre con los poderes fácticos como la iglesia o los reyes. 
  A pesar de los grandes errores de la religiones, no obstante es preciso reconocerles el mérito de educar al hombre en su aspecto moral: ofreciendo, con todos aquellos defectos que queramos imputarles, la ética comportamental necesaria para que el ser humano fuera controlando y erradicando los instintos de su naturaleza inferior; fundamentalmente mediante el miedo al infierno eterno. A pesar de ello moldearon en muchos espíritus en evolución a través de sus distintas vidas, el respeto y/o temor hacia el creador y sus leyes y la necesidad de convivir en armonía con sus semejantes.
  Lamentablemente, las religiones son concepciones humanas inspiradas en sus inicios por grandes seres venidos a la tierra para transmitir nuevas formas de vida y de relación entre los humanos. Estos fundadores, contaban con la asistencia espiritual necesaria para indicar el camino cierto; pero una vez desaparecidos y con el transcurso de los siglos, las organizaciones religiosas actúan bajo los condicionantes de sociedades humanas, con todos los errores que ello comporta.
  Sin duda, después de la etapa instintiva de los mundos primitivos y la actual, que podríamos denominar raciocinativa o intelectiva, llega una tercera etapa que gran parte de la sociedad en este siglo XXI ya intuye, e incluso muchos millones de personas ya experimentan con sus actitudes y formas de vivir.
  Es la etapa de la concienciación.A partir de aquí el ser humano se encuentra sumergido en un mundo de profundos cambios sociales, políticos y económicos que nos indican la aproximación de un nuevo cambio de rumbo planetario.
  Esta época de transformaciones sociales que vivimos son el preludio de una nueva etapa, una nueva humanidad más solidaria y altruista, dónde el respeto por el ser humano y la conciencia de su realidad inmortal serán las bases que articulen el nuevo orden social.
  Esto que puede parecer una utopía, no es más ni menos utópico que lo que a los ciudadanos del medioevo podría parecerles la sociedad surgida de la ilustración; donde la abolición de la esclavitud y la instauración de los derechos universales de libertad, igualdad y fraternidad podrían parecerles ciencia ficción. Y sin embargo el cambio llegó y la sociedad cambió.
   Por ello la utopía es cada vez más real cuando, sea mediante el tiempo que sea, la deriva social del egoísmo que mantiene todavía este sistema caduco y denostado, está en franco retroceso ante la “conciencia social” de una mayoría de los habitantes de este planeta, que demandan mayor igualdad y fraternidad entre los pueblos de la tierra.
   Demandan también una redistribución de la riqueza acorde a los criterios de solidaridad y equidad. Demandan una mayor dosis de libertad y derechos en aquellas áreas del planeta donde todavía siguen anclados en los vestigios del pasado.
  Se demanda en definitiva mayor conciencia para la fraternidad y la igualdad entre los hombres. Y por extraño que pueda parecer, estos cambios que ya están produciéndose, no vienen desde las instituciones o los poderes políticos, vienen del pueblo llano, de la necesidad imperiosa de sentirse “humanos” en una sociedad “inhumana” subyugada por el egoísmo de las élites financieras y políticas.
  Así pues, después de esta conciencia social que se implanta a velocidad vertiginosa en las sociedades más avanzadas y en las que no lo son tanto, llega una segunda etapa que se desarrolla en paralelo con la anterior: la urgencia de elevar al hombre por encima de los sistemas sociales y políticos.
  Este trasvase de la conciencia social a la conciencia individual del ser humano, ya se está efectuando de forma imparable y vertiginosa; y con él continuaremos en la segunda parte de este artículo.
Antonio Lledó
© Grupo Villena
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