Trabajo Interior

EL DEBER INHERENTE AL PROGRESO

El Deber. Los compromisos que traemos, abarcan todos los aspectos humanos, y somos responsables de cada uno de nuestros actos, de cada hecho en nuestras vidas. Necesitamos esmero, atención y un trabajo bien hecho para que quede la satisfacción del deber cumplido.

El deber es la obligación moral que todos, sin excepción tenemos y que tiene tres vertientes:

  1. – Hacia Dios: Cumpliendo con nuestros deberes y obligaciones, tanto a nivel material, como espiritual.
  2. – Respecto a nosotros mismos: respetándonos y actuando con prudencia, y esforzándonos en ser cada día mejores, dando siempre lo mejor.
  3. Respecto a los demás: Tratar a los demás tal como queremos ser tratados nosotros, con justicia, sinceridad y amor.

“El hombre que cumple su deber, ama a Dios más que las criaturas y ama las criaturas más que a sí mismo” “El Evangelio según el Espiritismo”. Capítulo 17º – Ítem 7.

Está en nuestra vigilancia y en nuestra atención, la determinación de no ceder ante las seducciones de la materia, de la promiscuidad o la inferioridad de sentimientos o cualquier otro tipo de distracción que nos brinda hoy la sociedad, volcada como está en los placeres de  los sentidos.

Si nos acostumbramos a dejar de lado los deberes más sencillos que tenemos, acabaremos, finalmente,  abandonando los deberes de mayor responsabilidad. Porque no los consideraremos de nuestra competencia, dando rienda suelta a nuestro egoísmo. Nuestra falta de previsión y trabajo ante las responsabilidades comprometidas incrementará  nuestra ceguera ante los deberes a realizar, faltando así al compromiso adquirido.

Muchas veces el cumplimiento de deber radica en los dictados del corazón y de los intereses instintivos y es nuestro libre albedrío el que nos convierte en los únicos responsables de nuestras decisiones y actos. No obstante, la conciencia nos protege y advierte de los compromisos asumidos.

Por lo tanto, cuando faltamos a nuestros compromisos, la conciencia reacciona,  y nos provoca remordimientos que alteran nuestras sensaciones, surgiendo un sufrimiento interno difícil de apagar; ocasionado bien por el mal causado o por el bien dejado de realizar. Es siempre la conciencia de cada persona la brújula que marca su deber íntimo para con Dios.

La práctica constante del deber nos ha de llevar al cumplimiento de nuestros objetivos espirituales pero, para poder alcanzarlos,  primero debemos estudiarnos interiormente,  con minuciosa imparcialidad para así, conocer donde fallamos y ser capaces de valorar nuestros actos diarios. Y es que no podemos atajar el mal si lo desconocemos.

El trabajo interior, recordemos: Es una lucha personal contra nuestras imperfecciones y sus manifestaciones; pero es necesario conocerlas, para poder, si no eliminarlas, cuanto menos controlarlas. Propongámonos una disciplina rigurosa, que ayude a cambiar esas tendencias negativas que tanto nos entorpecen en el vivir diario. Al principio resultará difícil, pero,  poco a poco, cuando se convierta en un hábito, resultará todo más fácil.

Para realizar este trabajo es muy importante sacar a relucir la voluntad,  porque será ella la que nos ayude a exteriorizar lo mejor de nosotros mismos. Si creemos no estar dotados de la voluntad necesaria para realizar este trabajo, no es que carezcamos de ella,  sino que la hemos ejercitado poco, pues, la comodidad se habrá hecho presente en nuestra vida y, conocernos a nosotros mismos es un deber imprescindible para poder cumplir con el resto de deberes que nos ayudarán a elevarnos espiritualmente.

Si no se consigue a la primera, pues será a la siguiente, tantas veces como resulte necesario. Hay que enfrentarse a los demonios internos y luchar tantas veces sea necesario, caerse una y otra vez, sin desfallecer ni desmoralizarse, porque el mérito está en levantarse una vez más y seguir en la senda de la superación. Recordemos que el cielo siempre ayuda a quien desea mejorar.

El deber comienza en el momento que se influye en el bienestar y la  tranquilidad y alegría del prójimo, y nunca concluye. Debemos proporcionar al prójimo los mismos derechos y favores que a nosotros nos gustaría recibir de los demás.

Por tanto, sacrifiquemos el egoísmo que tanto daño nos causa y que va envenenando el alma sin que lo percibamos. Seamos generosos con lo demás, viendo sus necesidades y proporcionándoles tanta ayuda como seamos capaces de dar. Eliminemos el odio que en ocasiones nos hace violentos y que nos impide las relaciones con las personas próximas a nosotros. Si transmutamos ese sentimiento negativo y, poco a poco, lo convertimos en amor, este sentimiento será la palanca que nos empujará hacia delante, y nuestras relaciones crecerán  fluidas, proporcionándonos felicidad.

Porque la vida fácil nos invita a no tomar riesgos, a trabajar solo para uno mismo y dejarse vencer por cualquier dificultad que se presente, por pequeña que sea. Pero en la lucha personal para mejorar, se demuestra la valentía y fuerza para el cambio propuesto y los actos desinteresados de amor, bondad, compasión y generosidad… que son el resultado de la contienda interior que nos lleva al cumplimiento de nuestros deberes y a la progresión del alma.

No olvidemos tampoco, la lucha contra la apatía, la pereza y el desánimo, que debemos combatir constantemente. Tampoco dejemos de aprovechar los sufrimientos que surjan, que no son más que otros elementos a superar. Dejémonos acompañar, siempre, por la  valentía y el ánimo. Herramientas estas que  a la hora de asumir el sufrimiento que nos pueda surgir como un elemento más de la vida; Nos servirán para no actuar con cobardía o miedo ante los problemas que puedan ir surgiendo; sino todo lo contrario será el discernimiento el que nos hará ver cuál es la mejor actitud para poder aceptarlos.

Así mismo, debemos tener presente que los deberes tienen también una doble dimensión y no podemos olvidar ninguno de ellos.

  1. – Son los deberes que como individuos tenemos, al formar parte de una sociedad a la que le debemos colaboración y respeto; respeto a sus propias leyes y también a nuestra profesión, al trabajo realizado con honestidad o, en su caso atendiendo las necesidades familiares…
  2. Son los deberes espirituales, que como seres inmortales debemos cumplir; con la predisposición de aprender y servir; desarrollando la caridad, que es virtud esencial para el engrandecimiento y sin olvidar, la dedicación al prójimo, el perdón,  la indulgencia, la tolerancia, la prudencia, la calma, etc. La satisfacción interior ante el deber cumplido y la tranquilidad de conciencia  es  la mejor alegría que el alma puede sentir. La vida recta es difícil de seguir, y no se consigue  sin esfuerzo y sin sacrificios.

No veamos nuestros deberes como fardos para transportar, como cruces provocadoras de sufrimiento, sino como oportunidades para desarrollar nuestras capacidades. Cumplámoslos sin amarguras, sin sufrimientos, sin frustración.  Cumplirlos nos ayudará a pasar las pruebas sin rebeldía y sin dudas y así, nuestro adelanto espiritual se verá reforzado.

Qué podamos decirnos al final de cada día: “He hecho una obra útil, he logrado un éxito sobre mí mismo, he socorrido, he consolado a los desgraciados, he esclarecido a mis hermanos, he trabajado por hacerlos mejores, he cumplido con mi deber.”  Extraído del libro “El Camino Recto (León Denis)

 

El deber inherente al progreso por:      Gloria Quel

© 2017, Amor, Paz y Caridad

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