Trabajo Interior

LA DIGNIDAD DEL TRABAJO

El trabajo es una actividad necesaria para mantener el equilibrio en la sociedad, sin la cual el desorden se establecería provocando el caos. La comodidad, el tedio, la falta de ambición y motivación se instalarían en una población que resultaría enferma por la carencia de productividad y creatividad, lo que anularía el interés por hacer de la colectividad algo mejor y retrasando el desarrollo de la misma.

El hombre que por propia voluntad se niega a trabajar necesita de aprovecharse de los demás para poder vivir; es un sujeto que no aporta nada a nadie ni a nada, por lo que se convierte en un parásito social, una carga para la sociedad.

 Como decía San Francisco de Asís: “Te pareces al hermano zángano, que no aporta nada al trabajo de las abejas y pretende ser el primero en comer la miel”.

La pasividad nos lleva a la holgazanería, nos conduce a la miseria, ya no sólo material, sino a la espiritual, pues abre la puerta a todos los desórdenes a los que podemos acceder, dejando a los instintos que sean los conductores de nuestra vida.

El trabajo lo tenemos que enfocar desde dos vertientes. La primera la material, que es la que nos proporciona el salario para poder vivir, es decir: vivienda, comida, vestimenta, mantenimiento de una familia, relaciones sociales… Y la segunda, desde el punto de vista espiritual, es la actividad más importante que tenemos para ir progresando; este es un trabajo íntimo, personal, silencioso, donde el objetivo principal es conocernos a nosotros mismos para saber por dónde cojeamos y cuáles son nuestras fortalezas. Con este instrumento podemos ir desarrollando todas las cualidades que poseemos, e iremos conquistando poco a poco metas intelectuales y morales; estas adquisiciones nos harán mejores día a día.

Si rechazamos trabajar, los primeros y más perjudicados somos nosotros mismos, pues dejamos de crecer y desarrollarnos en todas las facetas que poseemos con la posibilidad cierta de quedarnos estancados, sin posibilidad de ir soltando los fardos de imperfección.

Toda tarea requiere más o menos esfuerzos. Conseguir los resultados y el mérito que da el trabajo bien hecho requiere responsabilidad, disciplina, perseverancia… y sobre todas las cosas, voluntad, que es el motor que hace que se pongan en marcha todos los resortes internos para conseguirlo.

“Tres cosas son necesarias para la existencia humana: Voluntad, trabajo y éxito. Para lo último son menester las dos primeras”.

Louis Pasteur (1822-1895)

Al observar a la naturaleza recibimos una sensación de paz, de quietud, de que nada aparentemente se mueve. Sin embargo, está en constante movimiento, en cambios continuos que pueden o no verse, pero sigue su desarrollo innato; los ríos fluyen, los animales así como la vegetación continúan la rueda de la vida, etc., colaborando todos con el objetivo último de la propia naturaleza que es su conservación.

El trabajo no es una imposición, es un don de la vida, es un regalo divino que nos permite crecer y perfeccionarnos. Gracias al trabajo, además de cubrir nuestras necesidades básicas, desarrollamos la inteligencia, porque si no trabajáramos nos quedaríamos anclados en la infancia intelectual; con ello, la civilización no tendría posibilidad de progresar.

Gracias al trabajo interactuamos los uno con los otros, y con esta relación conseguimos que la sociedad se desarrolle y prospere, que la ciencia nos facilite mejoras en nuestro vivir diario y que tomemos conciencia del cuidado que se debe de tener con la naturaleza y el planeta, pues es nuestra casa.

Nos somete a una disciplina que nos ayuda a mantener los instintos controlados, también las emociones, puesto que nos obliga a prestar toda la atención y el esfuerzo en aquello que estamos realizando prolongadamente. Nos permite aumentar la capacidad para satisfacer las necesidades con mayor eficacia, resolver problemas y asegurar nuestra subsistencia.

Un elemento muy importante para poder desarrollar el trabajo con dignidad es la educación, entendiéndola como un proceso que se basa en una serie de valores que nos enseñan a discernir entre el bien y el mal. Pero no me refiero a la educación formativa que en todos los trabajos se requiere, sino una que es más necesaria para que establezca el orden y previsión, para saber respetar a las personas, sus deberes y derechos básicos. Esa es la verdadera educación moral, la de formar el carácter.

Un trabajo de carácter moral, realizado con respeto y sin temor, siendo conscientes de lo que queremos conseguir, buscando mejorar nuestra vida y la de aquellos que nos rodean. Si llevamos todos a nuestra vida la frase tantas veces repetida “con la misma vara que midas, serás medido” (Mt.7, 2), conseguiremos una sociedad regida por la ética y la razón.

Un trabajo moral que nos permite desarrollar una conciencia más clara acerca del bien y del mal, de nuestras acciones. El libre albedrío nos permite elegir qué camino queremos seguir para ir avanzando en nuestra limpieza interior, y eso se consigue eligiendo los objetivos que queremos alcanzar, y de qué forma conseguirlos, sin pisar al de al lado, cumpliendo con las obligaciones y deberes que tenemos de forma justa, haciendo de la sociedad un lugar más seguro. Por lo tanto, hay que buscar una motivación en la labor que realizamos y empeñarnos en ello, en la que nos podamos sentir recompensados material y emocionalmente. En definitiva, que ganarnos el pan diario no lo consideremos un castigo, porque con esta visión solo conseguiremos vivir amargados, sin llegar a ninguna parte.

Claro está que después de una jornada de ocupación es conveniente descansar. El trabajo como el descanso son dos necesidades complementarias, ya que al final del día necesitamos reposar, relajarnos, cargar energías… El descanso supone cambiar unas actividades por otras que nos gustan y nos relajan. Nos ayuda a “desconectar” del estrés o cansancio que podamos tener.

El tiempo de descanso nos puede proporcionar un estado gratificante si lo utilizamos de forma provechosa, ya sea lectura agradable, deporte, compartir tiempo con la familia o amigos… también el dialogo con los demás distendidamente, preocupándonos por ellos, etc. Igualmente dedicándonos tiempo a nosotros, meditando, con lecturas para fortalecer nuestro yo interno, escuchando esa música que nos toca las fibras más íntimas; y también, por qué no, buscar momentos en los que hablar con Dios como Jesús nos enseñó. De esta forma aprenderemos a conocernos mejor.

Recordemos las palabras de Jesús cuando lo perseguían los judíos porque trabajaba los sábados: Jesús les dijo: “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo trabajo también sin cesar”. (San Juan, 5:1 a 17).

La coherencia se demuestra cuando las dos dimensiones del hombre, tanto la material como la espiritual, las sabemos conjugar en el trabajo diario. Las dos actividades nos tienen que dar el sentido a la vida, consiguiendo que el rigor entre lo que pensamos y como actuamos sea firme; esa tarea es personal y corresponde a cada uno de nosotros.

La dignidad del trabajo por:  Gloria Quel

© Amor, Paz y Caridad, 2018

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