Trabajo Interior

ORGULLO, VENENO INTERIOR

El orgullo responde a un sentimiento de supervaloración de sí mismo. Tiene un exceso de autoestima y de sus méritos, por lo cual se siente superior a los demás.

El orgullo es uno de los defectos que más hieren internamente al ser humano, pues desdeña a todo semejante que no crea que está a su altura. Se puede presentar de muchas maneras que a veces son difíciles de discernir. La manifestación de esta suficiencia puede ser mostrada de forma notoria o por el contrario de forma disfrazada, sin apariencia alguna, como puede ser  mostrando timidez o vergüenza, forma que se adquiere para protegerse de las críticas que pudiera sufrir o sentirse humillada ante cualquier valoración de su forma de ser.

Podemos pensar que no somos orgullosos, sin embargo, cuando ese defecto lo observamos en los demás nos molesta; habría que reflexionar por qué nos provoca ese rechazo, y si eso puede ser un síntoma de que albergamos ese mismo defecto, aunque no nos demos cuenta.

Para ir eliminando esta carcoma del espíritu e ir transformándola en humildad, necesitamos un trabajo firme y perseverante; esta modificación es uno de los objetivos que traemos la gran mayoría de los que tomamos materia. ¡Qué pocos le dan importancia a esta necesidad espiritual!

Además, el orgullo nos hace indulgentes y condescendientes con todo aquel que nos adula, que valora todo lo que hacemos, que nos siguen sin hacer crítica a aquello que realizamos. Nos gusta vernos rodeado de gente que nos da “palmaditas en la espalda”, siendo halagados en cualquier actividad que participemos.

Las críticas, por el contrario, nos enojan, las tomamos como un ataque personal totalmente injustificadas, sufrimos cuando nos sentimos menospreciados. No entendemos ni podemos soportar que nos contradigan; siendo las ofensas lo que peor llevamos porque no las sabemos gestionar; siempre nuestra reacción es de forma negativa, ya sea sarcástica, agresiva, vejatoria… o incluso vengativa.

El egoísmo es el motor que mueve a un orgulloso; nos da igual que nuestro comportamiento llegue a dañar o perjudicar al prójimo, sobre todo a nuestro círculo más íntimo. No nos damos cuenta del perjuicio que podemos causar, incluso obstaculizando y entorpeciendo los compromisos espirituales de aquellos que pertenecen a nuestro entorno.

Existe el orgullo de clase social o de lugar de procedencia, dándole excesiva importancia a la “dignidad” mal entendida, la “posición” social o económica, “honorabilidad” de la familia, empresa, creencia… es decir, “el ego” y “lo mío”.

La deformación de la realidad o la exageración entran dentro de las variantes de manifestación del orgullo, pues engaña con respecto a su estatus social, sus capacidades, su posición económica; le importa más la imagen que da a los demás que realmente lo que es, ya que la vanidad está ligada al orgullo en muchos casos; la necesidad de aparentar, y esa forma de proceder para sentirse importante y valorado, le puede ocasionar un estado de ansiedad que impide la serenidad interior; una falta de paz producto del desequilibrio moral.

El orgullo, por regla general, genera personas ingratas que fácilmente reniegan u olvidan las ayudas que reciben de los demás; creen que los méritos son sólo personales. Si la ayuda la recibe de la familia, suele minimizarla, quitándole valor, dando a entender que, aunque no les hubieran ayudado, lo habrían conseguido igualmente. Si es de otras personas no tan allegadas, marcan una distancia, porque la sensación de deberle algo a alguien no les gusta, pero si esto no lo consiguen, se pueden llegar a sentir muy incómodos.

Esa distancia también puede venir provocada por la actitud de creerse con una verdad superior a la de los demás, lo que dificulta la atención o el interés por escuchar al semejante, puesto que considera que aquello que puedan exponer o decir es de poco valor. Sufre también cuando no es el centro de atención, y tiene una tendencia a imponer su criterio allá por donde pasa.

Esta tara moral provoca falta de empatía hacia las necesidades de los demás, sean de la familia o del prójimo en general, ya que el orgullo puede destruir matrimonios, familias, amistades… ya que pedir perdón no entra dentro de su vocabulario; es maestro en justificar los propios errores, echándole la culpa, por ejemplo, a la complejidad del momento vivido, o a las circunstancias e incluso a los posibles errores de los demás.

Los comportamientos que tiene esta imperfección, como hemos ido describiendo con anterioridad, generan con facilidad ambientes de malestar allá donde él se encuentre; incluso provocando discusiones sin causa real. Si en esos incidentes recibe una ofensa, por banal que sea, como el rencor también asoma en esta lacra, procurará devolver la humillación recibida en cuanto tenga ocasión.

El orgullo es el padre de muchos más defectos, por lo que es importante que nos analicemos, que estudiemos nuestras reacciones ante cualquier prueba, vicisitud, acción… para poder localizarlo, pues como he comentado con anterioridad, el orgullo se puede manifestar de  muchas formas, y a veces incluso en alguna de sus vertientes la podemos considerar una virtud.

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Mateo 5:3.

El peor pensamiento que puede tener un orgulloso es que no tiene necesidad de Dios. La oración la tiene olvidada porque piensa que nada le debe ni tiene que pedirle al Padre. Se revela ante la idea de lo contrario, cree que puede prescindir de Él, sin darse cuenta que Él es el creador de todo, de lo que nos rodea, y de nosotros mismos; por esa razón existimos. Y que todo lo que vivimos, tenemos, disfrutamos… es gracias a su amor infinito; además, nos deja la libertad de actuación, tomando el camino de nuestra preferencia, eligiendo de qué manera o cuándo queremos llegar a la perfección, que sean nuestros méritos los que nos acerquen a Él.

La transformación pasa por desarrollar el amor hacia los demás, colocarse en su lugar, valorando a las personas; siendo comprensivo, tolerante; desarrollando la capacidad de empatía; rompiendo la dureza de corazón que no permite pensar en las necesidades de nuestro prójimo. Acercarse a ellos para ver en qué podemos ayudarles, y con ese proceder experimentar una alegría interior que nos indicara que sí, que hay algo más de lo que vemos a través de nuestros ojos, que la vida no gira exclusivamente a nuestro compás.

La humildad es reconocer las limitaciones y que necesitamos de los demás; nadie es autosuficiente.

Darnos cuenta de que somos hijos de Dios, de un Dios lleno de amor por nosotros, generoso, que pone a nuestra disposición unos instrumentos de ayuda para conseguir llegar a la perfección, como son la voluntad, la templanza, la perseverancia… además de marcarnos la senda por donde recorrer el camino con rumbo claro, siendo nosotros, con nuestro libre albedrío, los que elegimos seguirla o no. Él nos abre un mundo lleno de esperanza, de fe en el porvenir. Es un Padre misericordioso que pone toda su ayuda a nuestro alcance para que logremos los méritos que nos conducen a la perfección. Sin abandonarnos en todo el trayecto, por largo que este sea.

Seamos conscientes de nuestras limitaciones, debilidades, así como de nuestras virtudes, y podremos actuar en consecuencia; sabiendo que tenemos conquistas pero también fracasos,  reconociendo ambas realidades; que no somos ni más ni menos que nadie, aceptándonos como somos y trabajando para ser mejores.

La docilidad, familia de la mansedumbre, nos fortalece para aceptar todas las vicisitudes por las que tengamos que pasar. El reconocimiento del compromiso firmado voluntariamente antes de encarnar nos ayuda a enfrentarnos a las dificultades, pruebas u obstáculos que se nos van presentando, convirtiendo la vida en una experiencia más llevadera; asimismo sabiendo que, si pedimos ayuda a Dios, la tendremos, pues nunca nos deja desatendidos.

Por tanto, el trabajo interior nos conduce a una transformación interna que nos permite ir evolucionando, en cada esfuerzo, en cada pequeña conquista espiritual que logramos. Desarrollando la humildad desarrollamos otras cualidades que nos ayudan a ser mejores, como pueden ser el amor, la tolerancia, la paciencia, la prudencia, la justicia, la calma… y sobre todo, como hemos dicho antes, la fe y la esperanza.

“No eres más porque te alaben, ni menos porque te critiquen; lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más”.  Tomás de Kempis (1380-1471).

                                                                                             Gloria Quel

© 2018, Amor, Paz y Caridad

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