Trabajo Interior

LA CALMA, CONSEJERA DE LA REFLEXIÓN

Podríamos describir LA CALMA como un estado mental y de comportamiento que se caracteriza por la tranquilidad y el control emocional. Evita la irritación y la tensión en el trato hacia los demás en situaciones conflictivas. Permite desarrollar un ambiente de equilibrio y serenidad entre las personas.

En momentos de inquietud, de zozobra, donde las dudas nos asaltan y nuestra actuación puede verse comprometida por falta de reflexión, y cuando nuestro discernimiento está oculto, en estados de  perturbación por situaciones que nos superan o nos violentan, o en situaciones donde el equilibrio emocional lo tenemos totalmente destruido porque nuestros sentimientos están sublevados ante experiencias que nos dañan, es en esos momentos, recurriendo a toda nuestra fuerza interior, cuando debemos serenarnos, buscar la calma, pues ella es la que nos inspirará la mejor manera, momento de proceder.

El enfado, la pérdida de control de uno mismo, la irritación son estados internos que nos pueden provocar las pruebas u obstáculos que se nos presentan a lo largo de la vida. Esta inestabilidad emocional deteriora nuestra conducta moral, que queda reflejada en  nuestra conducta social, generando un ambiente tenso a nuestro alrededor que no deja resolver o aclarar el conflicto originado.

Estando en calma podríamos frenar toda dificultad que nos pueda acontecer. Dominando nuestra conducta y con reflexión encontraríamos soluciones que pueden ser beneficiosas para todos. Y la acción de reflexionar pasaría a ser un hábito útil que nos serviría para pensar en forma positiva, con esperanza, dominando nuestra vida y generando felicidad.

La tensión o el estrés es un estado que nos creamos por diferentes razones, como pueden ser la inseguridad emocional, el exceso de trabajo, no aceptar críticas, la ambición por conseguir algo… No solo no nos deja sacar nuestra auténtica personalidad, sino que, además, nos consume las energías y nos genera falta de salud. La paz en nosotros no surge de situaciones externas a nosotros, sino de la tranquilidad de conciencia por el deber cumplido y bien hecho.

La persecución, incluso de las mejores cosas, debe ser calmada y tranquila.

(Marco Tulio Cicerón)

Perder los nervios, llevándonos a gritar, menospreciar o humillar a alguien, no sólo no nos ayuda sino que entorpece más la relación, pues estos estados no nos dejan ver con claridad suficiente la forma de solventarlos razonablemente. La serenidad nace del trabajo interior, realizado por mantener la paciencia en hechos o momentos dolorosos o ásperos a lo largo de la vida en el plano terrestre.

Si somos impulsivos, en muchas ocasiones podemos enfadarnos, y ese enfado, si lo dejamos que vaya creciendo porque a nuestro temperamento no le ponemos freno, podemos llegar a perder el control en cualquier lugar y por cualquier motivo, por insulso que sea. Si es en la calle, el espectáculo que podemos dar es lamentable; si es en casa y tenemos hijos no es el mejor ejemplo que podemos dar, pues les estamos enseñando que enfadarse por cualquier tontería es un comportamiento normal cuando queremos conseguir algo.

Cuando esa agresividad, por falta de cabeza, la volcamos en ellos insultándolos porque no se conducen como nosotros queremos que lo hagan, siendo frases de menosprecio las que les dedicamos en medio de gritos desmesurados, les estamos enseñando un comportamiento poco edificante que ellos asimilarán y lo desplegarán con sus hermanos pequeños, amigos e incluso con sus propios hijos en el futuro. Si no queremos dar ese ejemplo negativo, tendremos que hacer un ejercicio de control, usando nuestra voluntad,  pues el mejor ejemplo que debemos dar a nuestros hijos siempre será conducirnos ante cualquier situación, por desagradable que nos parezca, con calma, actitud que nos ayudará a resolver cualquier conflicto por complicado que sea.

Recordemos que existe la ley de afinidad, es decir, que conectamos con el mundo espiritual positivo o negativo en función de la franja vibratoria en la que estamos sintiendo o pensando, y de la misma manera que los hermanos espirituales superiores están pendientes de que les pidamos ayuda para poder intervenir, también están los hermanos espirituales negativos con ganas de enredar y hacer daño, y estos no piden permiso para actuar; en cuanto ven oportunidad de interferir, lo hacen y con ganas. Para ellos, hacer el mayor daño posible es su objetivo. Por eso es importante que, en el momento en  que nos damos cuenta de ese enfado, crispación, tensión, etcétera, elevemos nuestro pensamiento pidiendo que nos amparen y ayuden a retornar a la calma o equilibrio emocional.

Los errores cometidos, contrariedades surgidas, deseos insatisfechos u oportunidades perdidas, nos crean emociones diversas que nos pueden llevar al remordimiento, a la irritación, a la impaciencia, a la inquietud… Estas actitudes tenemos que saber rebajarlas hasta conseguir la calma y serenidad para saber dar la respuesta adecuada a cada acción que nos desequilibra. Sin estar constantemente recordando y lamentando ante nuestro círculo familiar o social las situaciones que nos perturban.

Siempre a lo largo de nuestra vida viviremos experiencias, situaciones, etapas, circunstancias que no solo no nos gustarán, sino que nos pueden fastidiar, violentar, entristecer… por eso es importante el trabajo interior, porque un profundo conocimiento nuestro nos propicia  saber cómo reaccionamos en las variadas situaciones en las que nos podamos encontrar, facilitando su control. Y una de las mejores herramientas con la que podemos trabajar es la calma, pues nos da el tiempo suficiente para reflexionar, nos ayuda a discernir el mejor comportamiento que debemos tener, reaccionando de forma positiva.

La calma nos ayudará a enfrentarnos a la vida de forma tranquila, dominando los sentimientos y pensamientos. Ante las ofensas es mejor no prestarles atención, siendo el perdón  y el  olvido la mejor forma de proceder. Ante cualquier agresión en la que nos veamos inmersos, debemos pedir al Padre por ellos y tener la determinación suficiente  para seguir el camino, evitando el enfrentamiento.

Trabajemos por nuestros rescates personales, pues estamos transitoriamente en la Tierra, y lo que hagamos en miras a los demás será lo que nos dará la felicidad. Perdonar nos dará tranquilidad de espíritu y nos llevará por el camino del bien según la Ley de Dios.

No hay más calma que la engendrada por la razón.

(Séneca)

La paz en nosotros nace de la comprensión, la tolerancia, la paciencia en nuestras vidas; y nos convertiremos en personas cuya compañía será agradable y transmitirá serenidad. Sabremos disculpar las dificultades y errores ajenos, porque aceptaremos que nosotros también los tenemos.

La calma nos da la confianza en Dios y en Su Justicia, nos invita a llevar una conducta recta que responde a una actitud mental equilibrada, armonizada. Si nuestro comportamiento es correcto, no temeremos a imprudencias que nos traigan tristeza o sufrimiento.

 

Gloria Quel

© 2017, Amor, Paz y Caridad

 

Lo que se hace con precipitación nunca se hace bien; obrar siempre con tranquilidad y calma

(San Francisco de Sales)

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