SER PADRES
INTRODUCCIÓN
Por otro lado entender qué tiene que ver en todo esto el fenómeno ovni-extraterrestre:
- ¿Tiene algún significado espiritual?
- ¿Aporta algo a la doctrina?
- ¿Aporta algo a la nueva humanidad que se tiene que establecer?
- ¿Qué tiene que decir el espiritismo a este respecto?
- ¿Existe alguna opinión oficial en torno a la visita de seres extraterrestres a nuestro planeta?
- ¿Vienen sólo con materia, o pueden venir también espiritualmente?
LA FIABILIDAD DEL MEDIUM
altruista, si como persona nos ofrece respeto y confianza, porque si esto no es así, es muy arriesgado que merezca nuestra credibilidad como médium, porque tampoco gozará de la simpatía de los espíritus buenos, sino al contrario, de espíritus de su misma condición.
EL DOLOR
“En el crisol del dolor es donde se forjan las almas grandes”.
El dolor, ese algo indeseable que no nos gusta, está cotidianamente conviviendo con nosotros. A veces es como si se tratara de una entidad viva que nos persigue y que nos busca, siempre al acecho para impactarnos en nuestras fibras más sensibles, endureciendo nuestra vida. ¿Por qué no ocurre lo mismo con la dicha y la felicidad?
A veces pensamos que el sufrimiento viene solo, y la felicidad aun queriéndola muchas veces no la encontramos. Las cosas no ocurren porque sí, ni por casualidad. Siempre hay una razón para que ciertas circunstancias y experiencias sucedan precisamente como acontecen y no de otra forma. La naturaleza es sabia, como lo son las leyes que la rigen, por tanto siempre hay un porqué en el modo en que por naturaleza suceden las cosas. En nuestro interés está hallar la razón, y hacer que el destino con todas las circunstancias que nos sobrevengan gire a nuestro favor.
No hay una mala estrella. No hay duendes malditos que quieran nuestro mal a priori. No hay dioses coléricos y vengativos. Hay determinismo de causas. Hay causas y efectos. Pero por encima de todo esto hay un Padre Amoroso, Justo y Comprensivo, que quiere que cada lección que la vida nos presenta sea bien aprovechada, comprendida y aceptada, para nuestro bien, y el de nuestros semejantes.
Si no hallamos la felicidad es sencillamente porque no la buscamos donde ésta se encuentra, y en cada tropiezo que damos nos salpica un latigazo que se vuelve contra nosotros. Como dice César Cantú: “el dolor tiene un gran poder educativo; nos hace mejores, más misericordiosos, nos vuelve hacia nosotros mismos y nos persuade que esta vida no es un juego, sino un deber”.
¿Somos felices o desdichados? ¿Acaso no hay término medio? Difícilmente. En otras palabras, o nos aceptamos tal como somos y nos hacemos conscientes de nuestras limitaciones y de los objetivos que podemos y debemos alcanzar, o nos rebelamos inútilmente haciendo culpables a los demás de nuestras desdichas. Ese término medio es una especie de pausa que se nos da para coger nuevas fuerzas, para sentir de nuevo el ansia de felicidad, o el hastío de la desdicha, de no sentirnos útiles, de no vernos realizados, para que renazca en nuestro fuero interno la conciencia espiritual que siempre espera encauzarnos por los senderos de nobleza y rectitud.
Nuestro objeto en la vida es sentirnos felices, aunque sólo sea aquella felicidad de sentir la paz de la conciencia tranquila, la del deber cumplido, porque esta es una parte de la felicidad, la base diría yo para una vida dichosa y digna de un ser humano, y hasta que no lo logremos no descansaremos, no cejaremos en nuestro empeño. Para esto pone Dios, por medio de sus leyes, todas las oportunidades que necesitemos para adquirir las cualidades y el perfeccionamiento que nos coloquen en ese estado de evolución que nos eleve por encima de las miserias morales y limitaciones materiales que son la causa de nuestros males. Pero para que no se nos olvide este objetivo tenemos que pagar un alto precio, el coste del dolor por cada desavenencia contra las leyes naturales, de amor, de evolución, etc., con las que hemos nacido marcados, y para que reconozcamos que estamos alejándonos de nuestra meta tenemos el resorte del dolor como mejor maestro y amigo para reconducirnos al camino indicado.
El dolor no es negativo, es positivo, y algo que necesitamos en los estadios inferiores de evolución como es el nuestro. Es la señal de aviso que nos anuncia algún error que estamos cometiendo. Si perseveramos en él, mayor será la señal de aviso, para que nos paremos y reconsideremos los hechos.
La conciencia es otra señal a nuestra disposición, es una invitación a hacer las cosas “por las buenas”, a menudo desoída y despreciada. Entonces comenzamos a sembrar pero como el aviso se nos dio a tiempo, más adelante nos veremos obligados a recoger la cosecha, ya será tarde para lamentaciones y aunque no nos guste lo que estamos recogiendo tendremos que vivirlo hasta el último segundo. Este es el caso excepcional de los destinos desgraciados que no se pueden evitar, porque son el pago de deudas atrasadas que ya no tienen prórroga, por haberlas consumido, y a veces son los casos de obstinación y rebeldía por no aceptar los sufrimientos que nos corresponden, maldiciendo todo lo que le pasa a uno, pues no se sabe por qué se sufre, pero es inútil, es necesario pasar los sufrimientos para poder empezar de nuevo en una existencia, con una lección dura en nuestra conciencia de que todo mal se paga.
A veces confundimos la felicidad con el placer material, y aunque éste de por sí no es malo, si abusamos, si centramos en él todas nuestras metas y aspiraciones de felicidad, también hemos de pagar por ello, para que no nos conformemos con aquello, creyendo que allí está toda la dicha y el bien que podemos alcanzar. Aprenderemos una vez más que los excesos se pagan, y que la felicidad que nos reservan nuestras capacidades espirituales son mucho más grandes que las humanas y por ellas hemos de luchar y trabajar.
En realidad no escapamos a nada, estamos unidos a nuestras obras por ser sus autores originales, tanto si se trata de buenas o de malas acciones somos sus dueños y sus consecuencias nos acompañarán a donde quiera que vayamos. Lástima que todavía seamos parcos en dar salida a tantos valores nobles y elevados como tenemos en potencia, esperando a que los activemos, y dejemos por otro lado sin control a esa parte oscura, material, egoísta y desagradecida que nos sume en el dolor, la infelicidad y la desgracia.
Por eso hemos de ver en el dolor el mejor de nuestros aliados, aceptarlo como un medio para librarnos del error, haciéndonos cada día más conscientes de lo que nos conviene o no nos conviene para nuestro progreso, sabiendo que nuestro dolor es eso, nuestro, y de nadie más, y que por lo tanto no es justo que por nosotros sufran otros también.
No gustándonos el dolor y comprendiendo ya que hemos sido creados para todo lo contrario, hemos de poner todas nuestras fuerzas para soportarlo, siempre que no haya otro remedio, lo mejor posible, así nos molestará menos, reconvertirá nuestros recursos internos en mecanismo de defensa y de aceptación haciéndolo más llevadero y podremos dar gracias a Dios por darnos la oportunidad de saldar nuestras deudas, de hacernos más sensibles y de ofrecernos otra existencia para “empezar de nuevo”.
LA EDUCACION
LA MORALIDAD DEL MÉDIUM
SOLIDARIDAD
Solidaridad: “Característica de la sociabilidad que indina al hombre a sentirse unido a sus semejantes y a la cooperación con ellos”. Así de concisamente se expresa el diccionario de la lengua española sobre el significado de esta palabra.
Amigos son los que en las prosperidades acuden al ser llamados y en las adversidades sin serlo.
DEMETRIO
¿QUE ES EL ESPIRITISMO?
RIESGOS DE LA MEDIUMNIDAD
características que presenta nuestra humanidad tanto en la parte material (encarnada), como en la parte espiritual (desencarnada) , y muy particularmente el estado evolutivo de cada uno de los espíritus que adquieren ese compromiso y la responsabilidad que conlleva.
DIÁLOGO
Para que toda relación prospere, ha de existir un diálogo fluido y un intercambio de opiniones, una comunicación natural y flexible en la que cada individuo pueda expresarse libremente, sin ser coartado, condicionado, limitado, y en otro sentido no menos importante, sin ser menospreciado, desoído o rechazado.
El diálogo, como norma natural de conducta, es portador de paz y de esclarecimiento de las cuestiones, las dudas, los problemas, es fuente de enriquecimiento en lo personal y lo cultural, es una base de experiencias, ayuda a una sólida formación de nuestra personalidad por todos los matices que nos aporta y la oportunidad de contrastar y conocer otras opiniones, nos ayuda también al mismo tiempo de conocer a otras personas, a conocernos también mejor a nosotros mismos. Y es además el mejor aliado para ser capaces de establecer objetivos, aunar criterios, crear iniciativas, estimular nuestros valores, nuestra fuerza, contribuye en fin a un entendimiento general que desvanece toda suerte de obstáculos y entorpecimientos.
Ahora bien, reconociendo la falta de diálogo que lamentablemente existe en todo tipo de relaciones, y en todos los pueblos y sociedades, parece que más acentuada en los países más industrializados, debemos saber por qué existe esa falta de comunicación que engloba las relaciones de matrimonios, de padres a hijos, entre hermanos, compañeros, amigos, viéndose tan sólo que se conversa nada más que en lo superficial, pero no en los problemas, intimidades y en las cosas importantes que hacen que la convivencia y las relaciones puedan ser más auténticas, fraternas y de verdaderos sentimientos de bien y de afecto hacia el prójimo.
Si en efecto el diálogo es un medio muy bueno que tenemos para entendernos, para hacernos comprender, el diálogo no lo es todo, sino que va precedido de nuestro comportamiento, y seguido igualmente de la autenticidad y veracidad de todo cuanto decimos.
Por ello hablar, comunicar-nos sin ese requisito primordial que es la nobleza, el ser verídicos en todo, la fidelidad, ser hombres de palabra -como los de antes- puede resultar inútil y hasta perjudicial, pues se echa tierra a su propio tejado, y cuanto más hable peor, si quien nos está transmitiendo una idea no lleva parejo a él su ejemplo.
Por esta razón tanto el diálogo, como el ser escuchados por los demás tiene unos condicionamientos previos, que son los que pueden dar lugar a que se produzca, en efecto, el momento tan positivo en que se alumbra una conversación tranquila y sosegada, sin apasionamiento, franca y sincera, receptiva por parte de todos los contertulios, y de ella se puedan extraer un buen puñado de reflexiones y conclusiones constructivas.
Todo apunta a que cuando entre dos o más personas, ya sea en la familia, etc., no se produce, con natural espontaneidad y a menudo, la con-versación, el diálogo, el cambio de opiniones, es porque entre ellos existen serias diferencias, de carácter, principalmente, y de opinión, en segundo término por generalizar la cuestión, y por parte de uno o del resto de los componentes no se quiere cambiar y corregir, o someter a examen las situaciones, siendo muy difícil que se produzca el diálogo, o sí por lo menos el entendimiento que favorece la armonía en la relación.
También es cierto que cuando existe de por sí una buena relación sostenida por la amistad, el cariño, el afecto, etc., las palabras se quedan parcas y muchas veces ni tan siquiera son necesarias, ya que el sentimiento y la bondad que se manifiestan van por delante siempre de las palabras; aunque lo normal y preferible es que sí las hubiera, palabras de estímulo, de agradecimiento, de felicitación, etc..
Es por tanto necesario que nos planteemos esto, si deseamos llegar a un diálogo espontáneo y sincero, si vemos que lo necesitamos en más de una situación, o con alguien en particular observemos primero qué es lo que puede estar impidiendo a la otra persona que se acerque a nosotros para establecer un diálogo. Veamos si puede estar en nosotros la causa de dicho inconveniente antes de nada. Esto como método da muy buen resultado. Tratar de observar en nosotros los posibles fallos, para comenzar a subsanarlos y entonces observar si por sí solo comienza a remitir el problema, y si no es así, entonces debe-remos analizar y buscar otras causas y otras soluciones.
Cuando por el ejemplo los hechos confirman nuestras palabras, nuestra persona adquiere una fuerza moral que hace que seamos no sólo escuchados con atención, sino que además causamos una natural atracción de los demás, que se sienten a gusto y confiados con nosotros, sintiéndose a salvo de fraudes, engaños y decepciones.
Sin embargo, si por naturaleza, por estar dotados de un don especial en nuestro modo de hablar y manifestanos, para atraer a los demás, y por contra nos traicionan después nuestra conductas, valores negativos; si somos hipócritas y mentirosos, si sólo nos interesa granjearnos la amistad de los demás para intereses particulares, de poco nos servirá nuestro don, excepto para adquirir una gran responsabilidad al no utilizar para bien común y para nuestro progreso en especial esa cualidad con la que el Padre nos ha permitido bajar a la Tierra.
Hay que acompañarse antes de otros valores si queremos que el don de la palabra y el diálogo den sus frutos, si deseamos estar rodeamos de una buena compañía que nos aprecie y que nos admita en su círculo de amistad, éstas pueden ser algunas de las caraterísticas que debemos incorporar en muestro diario vivir para lograr dicho objetivo:
- Respetar por encima de todo otras actitudes y criterios.
- Propiciar un dialogo interesado en los otros más que en uno mismo.
- Disposición de reconocer y de aprender de cuanto se nos sugiera o aluda a nuestra persona.
- Desechar por completo el “ordeno y mando”.
- Llevar el diálogo por vías de razonamiento y educación.
- Escuchar con atención es mejor que hablar.
- Reflexionar antes de hablar, esto demuestra que prestamos atención a la conversación.
No se puede propiciar un diálogo natural si a priori menospreciamos a los demás. Si nuestro comportamiento normal nos indica que estamos interesados sinceramente en nuestros semejantes, de alguna manera tenemos que hacer notar nuestro deseo de conllevar una relación algo más que llevadera y superficial. Comencemos por una actitud de respeto y tolerancia, de admisión de que otras personas compongan nuestra atmósfera social, saliendo así del yo a que estamos acostumbrados sin que nadie nos incomode o interfiera nuestra vida, porque eso es un error, no nos ha colocado Dios en una isla para vivir, sino en una sociedad global para aprender a convivir y progresar en común, no nos encerremos pues nosotros en una isla que nos impida incluso la comunicación con los seres más cercanos a nosotros.
Dar afecto, cordialidad, gentileza, pero no sólo por educación sino porque nos sale de dentro, porque así lo deseamos. Mostrarnos sinceros, sin esconder nada ¿a quién escondemos nuestra personalidad, si demostrado está que cuanto más queremos esconder más “se nos ve el plumero”? Éste ha de ser el caldo de cultivo para comenzar una buena relación, que repercutirá en que pueda propiciarse la comunicación, la cual hará engrandecer la amistad sembrada antes, embellecerla y profundizar en esa relación más y más, sin miedo a que cada persona se manifieste con su propia idiosincrasia, tal cual es, seguro de que es aceptado así, con sus virtudes y defectos, pero eso sí: con el deseo y la vigilancia para que tales defectos estén siempre bajo control y no molesten ni hagan daño a nadie.
Sin el deseo sincero de amistad como antesala y un interés exteriorizado por los demás, de poco puede servir el diálogo que se pueda producir, sino para conducir al hastío y la dejadez, a que cada cual tire para su lado y perdure el desentendimiento, no dispuestos a ceder, a tolerar, a comprender, a apartar las cosas insignificantes pero que por los defectos se convierten en columnas gigantes que impiden la relación fraterna, el diálogo y…
Diálogo por: Fermín Hernández Hernández
La actitud defensiva frente a la opinión de los demás convierte el diálogo en un diálogo de sordos.




