Valores humanos

EL DOLOR

 
  “En el crisol del dolor es donde se forjan las almas gran­des”. Sebastián de Arauco. 
 El dolor, ese algo inde­seable que no nos gusta, está cotidianamente conviviendo con nosotros. A veces es como si se tratara de una entidad viva que nos persigue y que nos busca, siempre al acecho para impactarnos en nuestras fibras más sensibles, endure­ciendo nuestra vida. ¿Por qué no ocurre lo mismo con la di­cha y la felicidad? 
  A veces pensamos que el sufrimiento viene solo, y la felicidad aun queriéndola mu­chas veces no la encontramos. Las cosas no ocurren porque sí, ni por casualidad. Siempre hay una razón para que ciertas circunstancias y experiencias sucedan precisamente como acontecen y no de otra forma. La naturaleza es sabia, como lo son las leyes que la rigen, por tanto siempre hay un por­qué en el modo en que por naturaleza suceden las cosas. En nuestro interés está hallar la razón, y hacer que el destino con todas las circunstancias que nos sobrevengan gire a nuestro favor. 
  No hay una mala estrella. No hay duendes malditos que quieran nuestro mal a priori. No hay dioses coléricos y vengativos. Hay determinismo de causas. Hay causas y efectos. Pero por encima de todo esto hay un Padre Amoroso, Justo y Comprensivo, que quiere que cada lección que la vida nos presenta sea bien aprovechada, comprendida y aceptada, para nuestro bien, y el de nuestros semejantes. 
  Si no hallamos la felici­dad es sencillamente porque no la buscamos donde ésta se encuentra, y en cada tropiezo que damos nos salpica un lati­gazo que se vuelve contra no­sotros. Como dice César Cantú: “el dolor tiene un gran poder educativo; nos hace mejores, más misericordiosos, nos vuelve hacia nosotros mis­mos y nos persuade que esta vida no es un juego, sino un deber”. 
  ¿Somos felices o desdi­chados? ¿Acaso no hay térmi­no medio? Difícilmente. En otras palabras, o nos acepta­mos tal como somos y nos ha­cemos conscientes de nuestras limitaciones y de los objetivos que podemos y debemos al­canzar, o nos rebelamos inú­tilmente haciendo culpables a los demás de nuestras desdi­chas. Ese término medio es una especie de pausa que se nos da para coger nuevas fuer­zas, para sentir de nuevo el ansia de felicidad, o el hastío de la desdicha, de no sentirnos útiles, de no vernos realiza­dos, para que renazca en nues­tro fuero interno la conciencia espiritual que siempre espera encauzarnos por los senderos de nobleza y rectitud. 

  Nuestro objeto en la vida es sentirnos felices, aunque sólo sea aquella felicidad de sentir la paz de la conciencia tranquila, la del deber cumpli­do, porque esta es una parte de la felicidad, la base diría yo para una vida dichosa y digna de un ser humano, y hasta que no lo logremos no descansare­mos, no cejaremos en nuestro empeño. Para esto pone Dios, por medio de sus leyes, todas las oportunidades que necesi­temos para adquirir las cuali­dades y el perfeccionamiento que nos coloquen en ese esta­do de evolución que nos eleve por encima de las miserias morales y limitaciones mate­riales que son la causa de nues­tros males. Pero para que no se nos olvide este objetivo te­nemos que pagar un alto pre­cio, el coste del dolor por cada desavenencia contra las leyes naturales, de amor, de evolu­ción, etc., con las que hemos nacido marcados, y para que reconozcamos que estamos alejándonos de nuestra meta tenemos el resorte del dolor como mejor maestro y amigo para reconducirnos al camino indicado. 
 
  El dolor no es negativo, es positivo, y algo que necesi­tamos en los estadios inferio­res de evolución como es el nuestro. Es la señal de aviso que nos anuncia algún error que estamos cometiendo. Si perseveramos en él, mayor será la señal de aviso, para que nos paremos y reconsideremos los hechos. 

  La conciencia es otra se­ñal a nuestra disposición, es una invitación a hacer las co­sas “por las buenas”, a menu­do desoída y despreciada. En­tonces comenzamos a sembrar pero como el aviso se nos dio a tiempo, más adelante nos veremos obligados a recoger la cosecha, ya será tarde para lamentaciones y aunque no nos guste lo que estamos recogien­do tendremos que vivirlo has­ta el último segundo. Este es el caso excepcional de los desti­nos desgraciados que no se pueden evitar, porque son el pago de deudas atrasadas que ya no tienen prórroga, por haberlas consumido, y a veces son los casos de obstinación y rebeldía por no aceptar los sufrimientos que nos corres­ponden, maldiciendo todo lo que le pasa a uno, pues no se sabe por qué se sufre, pero es inútil, es necesario pasar los sufrimientos para poder em­pezar de nuevo en una existen­cia, con una lección dura en nuestra conciencia de que todo mal se paga. 
  A veces confundimos la felicidad con el placer mate­rial, y aunque éste de por sí no es malo, si abusamos, si cen­tramos en él todas nuestras metas y aspiraciones de felici­dad, también hemos de pagar por ello, para que no nos con­formemos con aquello, creyen­do que allí está toda la dicha y el bien que podemos alcanzar. Aprenderemos una vez más que los excesos se pagan, y que la felicidad que nos reser­van nuestras capacidades es­pirituales son mucho más gran­des que las humanas y por ellas hemos de luchar y trabajar. 
 
  En realidad no escapa­mos a nada, estamos unidos a nuestras obras por ser sus au­tores originales, tanto si se tra­ta de buenas o de malas accio­nes somos sus dueños y sus consecuencias nos acompaña­rán a donde quiera que vaya­mos. Lástima que todavía sea­mos parcos en dar salida a tan­tos valores nobles y elevados como tenemos en potencia, esperando a que los active­mos, y dejemos por otro lado sin control a esa parte oscura, material, egoísta y desagrade­cida que nos sume en el dolor, la infelicidad y la desgracia. 
 
  Por eso hemos de ver en el dolor el mejor de nuestros aliados, aceptarlo como un medio para librarnos del error, haciéndonos cada día más conscientes de lo que nos con­viene o no nos conviene para nuestro progreso, sabiendo que nuestro dolor es eso, nues­tro, y de nadie más, y que por lo tanto no es justo que por nosotros sufran otros también. 
  No gustándonos el dolor y comprendiendo ya que he­mos sido creados para todo lo contrario, hemos de poner to­das nuestras fuerzas para so­portarlo, siempre que no haya otro remedio, lo mejor posi­ble, así nos molestará menos, reconvertirá nuestros recursos internos en mecanismo de de­fensa y de aceptación hacién­dolo más llevadero y podre­mos dar gracias a Dios por darnos la oportunidad de sal­dar nuestras deudas, de hacer­nos más sensibles y de ofre­cernos otra existencia para “empezar de nuevo”. 
 
F.H.H.

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