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PREGUNTAS TRASCENDENTES. NECESIDAD DE LOS TEMPLOS

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Necesidad de templos

(Carta a Dios)

          Querido Padre Eterno:

          Como hijo tuyo que te ama y te respeta lo que buenamente es capaz, dada la imperfección moral que aún le invade, me tomo la libertad de escribirte unas líneas para pedirte aclaración sobre un tema en el que la duda me tiene un tanto desconcertado.

          Desde tiempos muy remotos, el ser humano ha construido edificios donde poder reunirse para ofrecerte su devoción; todos juntos, porque así se estimaba que, con la proximidad entre los fieles, la comunión de pensamientos se acentuaba y la plegaria salía con más fuerza. Un modo de actuar que me parece lógico y bueno. Pero tales templos tan inmensos, tan profusamente decorados con ricos ornamentos… de aquí surge mi duda: ¿Son realmente necesarios edificios tan suntuosos para venerarte? Solemos pensar que sí, y decimos que los construimos “a más y mayor gloria de Dios”. Y yo me pregunto entonces: si Tú eres todo amor, todo bondad, todo misericordia y todo justicia, es de suponer que también seas todo gloria. Luego, ¿cómo puede tener más y mayor gloria quien ya la tiene toda? No me encaja. ¿No será para glorificar la propia vanidad humana?

-Mi catedral es más alta que la tuya, y toca más de cerca el cielo.

-Pues la mía es más amplia y caben más fieles.

“Vanitas vanitatum, et omnia vanitas”, dijo el latino.

          Decimos que el templo es Tu casa, Señor, y que, por tanto, la casa del Todopoderoso debe ser la más esplendorosa. ¿Pero necesitas de verdad una casa? ¿No es todo el Universo Tu hogar? ¿No estás, acaso, en todas partes? Porque un creador está siempre donde está su obra, y si el mundo entero es obra tuya, estarás en todas partes, y se te podrá honrar lo mismo en una playa que en un bosque, en una gran iglesia o en una gruta, en un palacio o en una chabola. Si la llamada sale de dentro, Tú acudes a cualquier sitio… en realidad ya estás en él, pues eres omnipresente.

          Esta era mi duda, si mis plegarias las debo de elevar en un templo, o puedo hacerlas también en la ribera del río o bajo la flor del manzano.

          En tanto espero Tu respuesta, creo que seguiré el ejemplo del Mesías de Belén, que igual hablaba Contigo en un olivar o en las orillas del Mar de Galilea.

          Aguardando, pues, queda tu hijo, este que en la presente existencia tomó el nombre de Jesús Fernández.

          Gracias.

Necesidad de los templos por: Jesús Fernández

(Guardamar, primavera de 2017)

PÉSAME

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Pésame

Ha fallecido tu madre, querido amigo, y siento profundamente tu pérdida. He querido venir, no solo para darte el pésame y acompañarte en estos tristes momentos, sino también para tratar de apaciguar tu alma mediante el conocimiento espiritual que he podido adquirir en los años que llevo estudiando estos temas. En base a ellos, desearía darte una breve explicación sobre lo que acaba de experimentar tu mamá.

Tú ya sabes cómo pienso, qué significado tiene para mí esa palabra tan temida por la generalidad de las personas: MUERTE. Espantoso vocablo. Tabú en muchas sociedades, como la nuestra, que llevan décadas hundidas en las ciénagas del materialismo. Muerte. Defunción. Deceso. Óbito. Pues bien, amigo mío, tu madre NO ha muerto. Solamente se despojó de su viejo vestido corpóreo y voló. Y adonde fue, sigue y seguirá estando viva, más viva que tú y que yo, porque ella ahora está libre mientras que nosotros seguimos sujetos a este pesado lastre, a este denso pedazo de materia biológica. Sí, camarada, tu madre está en otro plano de existencia, lo que significa que sigue estando, que continúa existiendo.

 No me entretendré más, pues no quiero cansarte.

 Para acabar recurriré, en pos de confortarte, a una cita de un sabio hindú que rezumaba amor poético por todos sus poros. Rabindranath Tagore dijo: “No llores porque veas ocultarse al sol; las lágrimas te impedirán ver las estrellas”.

¿Comprendes la metáfora? El sol que se pone es tu madre, pero tan solo tu madre material, su cuerpo orgánico que se perderá de vista bajo la tierra de la sepultura. Y las estrellas son los espíritus eternos de tus familiares, tus antepasados, tus almas afines entre las cuales se encuentra, ahora también, tu mamá. No llores, pues, para que las lágrimas no enturbien tu mirar y te impidan ver a tu santa madre cuando venga a verte; porque vendrá cuando menos te lo esperes.

 

                     Pésame por:     Jesús Fernández

(Guardamar, 2-3 de septiembre de 2017)

EL DÍA EN QUE HAYA PAZ…

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El día que haya Paz...

El día en que las mil humanidades

encuentren el camino convergente

que lleva de retorno hasta La Fuente

y aleja de las mil iniquidades;

 

el día en que se dé más importancia

a compartir, y no a la competencia;

el día en que se sienta en la conciencia

la fuerza de vencer la intolerancia;

 

el día en que se mire a toda gente

con una visual más intimista;

se observe desde tal punto de vista

que sólo es diferente exteriormente;

 

el día en que se tengan por iguales

al hombre y la mujer, pues son lo mismo;

el día en que machismo y feminismo

tan sólo sean mitos ancestrales;

 

el día en que entre en coma el egoísmo,

que caiga el muro de la incomprensión,

y sean condenados a prisión

orgullo, perversión y absolutismo;

 

el día en que se acabe toda hambruna

porque cualquier recurso se reparte;

el día en que consigas enterarte

de que la humanidad es sólo una;

 

el día en que las armas matadoras

se fundan para hacer cien mil campanas

que cambien, al tañer, vilezas vanas

por actitudes más conciliadoras;

 

el día en que se miren faz a faz

los hombres con los ojos bien abiertos,

y al odio y al rencor los den por muertos,

el Mundo alcanzará la vida en PAZ.

 

El día que haya paz… por:  Jesús Fernández

(Guardamar, 30-I a 2-II de 2017)

 

 

…Y DIOS CREÓ LAS FLORES

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...Y Dios creó las flores

El día que Dios creó

las flores de blancas galas,

los pétalos consiguió

de un arcángel que le dio

blancas plumas de sus alas.

 

El día que Dios creó

la primer flor amarilla,

María se emocionó,

porque el Señor empleó

trocitos de su mejilla.

 

La luz del Sol irradió

la Tierra en las alboradas;

de tal forma, creo yo,

el Señor coloreó

las flores anaranjadas.

 

Le llegó el turno al carmín,

color que siempre acongoja…

Se ve tan bello el jardín

porque Dios creó, al fin,

la flor de corola roja.

 

Gran idea del Señor,

blanco y rojo en aderezo;

la paleta del Pintor

vio nacer otro color:

el sonrosado del brezo.

 

Las praderas y las hojas

de verde se revistieron;

y el madroño… ¡paradojas!,

hizo Dios sus frutas rojas,

y sus flores verdes fueron.

 

Cuando Dios las flores crea,

las da su toque divino

y de azul las colorea:

más oscuro en la “Ipomea”;

más claro en el jazmín chino.

 

El Señor se ha inventado

otro nuevo colorido

con el que nos ha obsequiado:

el lilac con su morado

y su perfume incluido.

 

Cuando Dios, el Creador,

inventó la rosa negra

nos hizo grande favor,

pues con su bello negror

también el alma se alegra.

 

Sigue el Padre con su rol

de hacer novedosas flores:

una camelia, una col,

un narciso, un girasol…

todas le rinden loores.

 

La Luna rogó al Señor:

-Sería un dorado broche

ver abrirse alguna flor

antes del primer albor.

Y Él creó el galán de noche.

 

Con más flores yo podría

seguir y seguir rimando,

pero nunca acabaría

de rimar esta poesía,

pues Dios las sigue creando.

 

Jesús Fernández  (Guardamar, 17-20 de noviembre de 2016)

 

 

EL PEREGRINO

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El peregrino

Raimundo tenía un sueño desde muy joven: siempre le ilusionó hacer el Camino de Santiago, pero las circunstancias de la vida no le permitieron llevar a buen puerto su proyecto… hasta ahora. Con sesenta y cinco años cumplidos y recién jubilado, era el momento idóneo para hacer realidad el sueño de toda una vida. Pero siendo como era una persona previsora y sensata, en todos los aspectos, quiso hacerse una revisión médica antes de salir, por seguridad más que otra cosa; su salud era buena, pero mejor confirmarla. Así, pidió cita con su médico, que ordenó un chequeo completo. Malas noticias. Cuando recibió los informes del laboratorio, la analítica mostró una cardiopatía, una lesión que hasta el momento no había dado señales externas. El doctor, sabiendo de las intenciones del paciente, le recomendó no emprender tamaña empresa; nada de sobreesfuerzos que pudieran desembocar en algo irremediable:

-Si desea visitar Santiago de Compostela, hágalo en tren; vaya usted allí, visite al Santo, pasee por la ciudad, pero sin fatigarse. Una caminata de ochocientos kilómetros en su estado podría ser…

          ¡Qué faena! Toda su ilusión truncada por un informe médico; un simple papel le había amargado la existencia. Y ahora, ¿qué? ¿Ir a Santiago, o no ir? ¿Y por qué no? Podía hacerlo con calma, ahora tenía todo el tiempo disponible. No había prisa.

-¡Qué demonios! ¡Adelante, que pase lo que haya de pasar!

          Raimundo tomó la decisión de cumplir su sueño, y lo haría como es debido; desde el principio, desde Roncesvalles; paseando con quietud; parando lo necesario para disfrutar de las bellezas paisajísticas y de los magníficos monumentos románicos que se hallan en todo el trayecto.

          Comenzó a preparar el equipaje, una mochila con lo imprescindible. Planificó el viaje: billetes de autobús, mapas del Camino, localización de albergues… Y un día primero de junio se puso en marcha.

          Roncesvalles. La llegada a la hermosa ciudad pirenaica se hizo a media tarde, aún con luz natural. Después de acomodarse en el hotel, salió a dar un corto paseo, antes de cenar. Quería irse a la cama temprano, porque era su intención madrugar al día siguiente; salir a primera hora para aprovechar la jornada, y era preciso descansar bien (máxime teniendo en cuenta su nueva situación médica). Y luego de una frugal cena, marchó a la habitación.

          Dos de junio; primera etapa. Etapa cómoda, pues saliendo de Roncesvalles se enfila una carretera que corre puerto abajo. El lento caminar le permitía gozar del extraordinario paisaje común a toda la cordillera pirenaica. Parando cuando se cansaba, aprovechaba para refrescarse la garganta, mientras escogía los mejores encuadres para inmortalizar el viaje en una buena colección de fotografías que le permitieran recordar la maravillosa experiencia que apenas comenzaba. Y de este modo se fueron cubriendo los kilómetros.

          Algunos días después, seguía repitiéndose la rutina: salida temprano de un albergue del camino y reinicio de la marcha, enfilando la siguiente calzada.

          Esa mañana, mientras caminaba pausadamente, de súbito se sintió mal. Un mareo le invadió, en tanto un fuerte dolor que le oprimía el brazo izquierdo se fue desplazando hacia su pecho. Cayó al suelo. Otros romeros que también realizaban la ruta jacobea corrieron a prestarle ayuda; llamaron a una ambulancia, y en no más de quince minutos las asistencias llegaron desde la aún próxima ciudad de Puente la Reina.

          El peregrino abrió los ojos. Estaba tumbado sobre la linde de la vereda. Se incorporó un poco, quedando sentado, y escudriñó el entorno. El paisaje circundante parecía mucho más bello; su color era extrañamente hermoso y se percibían aromas nuevos. Recordó que se había desplomado, incluso haber escuchado una sirena; pero nada de ello tenía ya importancia, pues el dolor del pecho había desaparecido; se encontraba perfectamente, por lo que decidió continuar el viaje.

          No había caminado ni doscientos metros, cuando vio llegar a otro peregrino. Era el prototípico romero medieval: sayal largo, sombrero de ala, cayado en mano y una concha de vieira colgada del cuello.

-Buenos días, hermano caminante. ¿A dónde te diriges? –Interrogó el pintoresco personaje.

-Estoy transitando el Camino –contestó Raimundo-. ¿Y tú? Veo que regresas… ¿Finalizaste tu peregrinaje con bien?

-El peregrinaje del ser humano nunca finaliza, estimado amigo –repuso el viajero, con aire un tanto misterioso.

-Supongo que se termina –indicó Raimundo- cuando llegas a Santiago…

-Entonces tú ya lo has terminado, pues acabas de llegar a él.

 

El peregrino por:    Jesús Fernández

(Guardamar, abril de 2017)

TODOS SOMOS HERMANOS

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TODOS SOMOS HERMANOS

TODOS SOMOS HERMANOS

Espinela

Existe un mundo invisible,

fuera del plano terreno,

que de hermanos está pleno;

es etéreo e intangible

y mucho más apacible;

hermanos que conocemos,

a los que ver no podemos

en estado de vigilia,

y que son nuestra familia…

aunque no los recordemos.

Todos somos hermanos por:

Jesús Fernández  (Guardamar, octubre-noviembre de 2016)

 

UNA CASA ENCANTADA

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Una casa encantada

Decían que la casa de los Ruiz estaba encantada. Una familia corriente, padre, madre y un niño de seis o siete años, se pasaban las noches medio en vela escuchando pasos, golpes de puertas cerrándose, y viendo alguna sombra desplazarse por las estancias.

Siempre que algún familiar o amigo venía a pasar unos días con nuestra familia protagonista, esta se lo advertía:

—Pasan cosas raras en nuestro hogar, sobre todo de madrugada. Si queréis dormir bien, os sugerimos un hotel…

—¡Qué tonterías! –decían incrédulos, y se quedaban. Pero a la mañana siguiente las opiniones eran bien distintas:

—¡Jolines, qué  nochecita! Toda ella en vela, con la cabeza bajo la manta, sin atrevernos a asomar.

—Ya os lo dijimos.

—Si no os importa, vamos a buscar un hotel.

Sí. En esta casa, todo el que pernoctaba amanecía inquieto, angustiado, temeroso… todos menos el niño, que nunca mostraba ningún signo de perturbación. Los padres se hacían cruces ante la tranquilidad del  hijo:

—¿Has visto nuestro pequeño? No parece afectarle nada de lo que pasa.

—Quizás no se entera… aunque no acabe de entenderlo.

—Pues mejor así, ¿no te parece?

En una ocasión, el crío se quedó solo en casa. Sus papás le dijeron:

—Cariño, vamos un momento al supermercado. Tardaremos no más de media hora. No abras la puerta a nadie, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, papá.

El niño, apenas los padres salieron, empezó a escuchar ruidos que venían de la cocina. Marchó hacia allí y, al entrar, vio un hombre curioseando.

—Hola -dijo el crío. El caballero se volvió de sopetón, al verse sorprendido. El muchacho prosiguió hablando:

—¿Qué estás haciendo en mi cocina?

—¿Es que puedes verme? –balbuceó el caballero.

—Claro. Estás ahí, de pie, junto a la nevera.

—¿Y cómo voy vestido?

—Llevas un traje gris claro, y una corbata negra.

—Cierto. ¿No te doy un poco de miedo?

—Pues no. ¿Por qué me preguntas eso?

—Porque no me conoces –sentenció el señor.

—Sí te conozco –replicó el muchachito-, te pareces mucho al que está en una foto que hay en el mueble de la salita. ¿Quieres que vayamos a verla?

—Claro, pequeño.

Niño y adulto se dirigieron a la salita, y en una cómoda llena de fotografías enmarcadas, había una que llamó la atención de ambos.

—¿Ves? –dijo el niño.

—Tienes razón. Me parezco bastante a ese señor. ¿Quién es?

—Creo que el abuelo de mi mamá.

—¿Sabes cómo se llama?

—No.

Permanecieron algunos instantes en silencio, observando todas las fotos expuestas, hasta que el pequeño inició otra conversación:

—Eres tú el que hace tantos ruidos por la noche, ¿a que sí?

—Sí, en efecto –respondió el señor.

—Deberías ser más silencioso; papá y mamá se asustan al oírte.

—Pero tú no.

—No, para nada. Te veo muchas veces cómo vas al comedor o a la cocina, y te pones a abrir los armarios. ¿Qué es lo que buscas?

—Pues no lo sé, la verdad. Siento el impulso de mirar dentro, pero cuando abro las puertas se me olvida lo que quería. Esto me deja un poco aturdido…

—¿Y te sientes un poquito mal? –dijo el niño con tono de preocupación.

—Así es –repuso el hombre.

—¿Sabes lo que hago yo cuando me siento mal? Rezo a mi Ángel de la Guarda.

—¿Ángel de la Guarda?

—Sí. Mamá dice que todos tenemos uno que nos cuida. A lo mejor tú también lo tienes.

—No sé…

—Podías probar. ¿Quieres que le recemos juntos?

—Vale.

El niño y el hombre bien trajeado se pusieron a orar y, a los pocos instantes, el adulto se desvaneció en el aire; se disipó como el humo de un cigarro. En principio, el pequeño se sorprendió, pero enseguida meditó y sacó sus propias conclusiones:

—Bah… Seguro que se ha ido al parque, con su ángel guardián.

 

Una casa encantada por:     Jesús Fernández

©2017, Amor, Paz y Caridad

LA PIEDRA

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La piedra

          Un paseante caminaba por un estrecho sendero, completamente absorto en sus pensamientos. Tan distraído iba, con los ojillos medio cerrados, que  no se percató de la existencia de un gran pedrusco, uno de cuyos lados invadía ligeramente la vereda. Seguía andando sin prestar la debida atención a su entorno inmediato, y pasó lo que tenía que pasar: tropezó con el saliente de la roca. No llegó a darse de bruces contra el suelo de milagro, pero el traspiés pudo acabar con algún diente de menos en la boca.

          El distraído puede tropezar con cualquier piedra, si no lleva el suficiente cuidado. También los hay que tropiezan más de una vez.

          Algunos días después recorría la misma senda otro individuo. Iba despotricando solo; los insultos y comentarios soeces que profería, me inclinan a pensar que se la tenía jurada a alguien que, posiblemente, le había hecho cualquier faena; y sus exabruptos indicaban bien a las claras sus ansias de venganza.

          En esto, llegó a la altura de la piedra; sí, la misma, la que invade un trozo del camino. Y en ese momento, al verla, el caminante solo pudo expresar su intención de coger la roca y lanzársela a su enemigo con todas las fuerzas de que fuera capaz. Solo su excesivo peso fue el impedimento para llevar a cabo sus intenciones.

          Es triste, pero los violentos utilizan las piedras como proyectiles.

          Por este camino tan transitado apareció una muchacha. Recientemente licenciada en Arquitectura, iba pensando en su primer proyecto: un amigo de su padre le había encargado un chalet en una pequeña parcela de su propiedad. También ella iba imaginando su diseño, cuando pasó junto a la piedra. Se paró junto a ella; se quedó mirándola y, de repente, surgió la inspiración:

           -¡Sí! ¡Eso es! Haré el chalet sobre un fuerte zócalo de granito visto. Quedará rústico y resistente.

          Así fue. Porque los emprendedores y los prácticos emplean las piedras para construir con ellas.

          Un labrador que se encontraba en plena faena de siembra, tuvo la necesidad de comprar más semillas. Con tal motivo, se dirigió desde su terreno hasta el pueblo cercano, y claro, tomó el camino más rápido; sí, el de siempre. A medio trayecto, pasó por la piedra que le era conocida y, fatigado por el trabajo y por la caminata, decidió hacer un alto para reposar, y la piedra resultó ser un excelente apoyo para recuperar sus ya no jóvenes piernas.

          El fatigado campesino usa la piedra como asiento.

          Llevaba una mamá a sus dos pequeños de picnic. El niño y la niña, de no más de ocho años de edad, corrían y saltaban contentos ante la jornada campestre que recién empezaba y que su madre les había prometido. Iban zigzagueando, entrando y saliendo del sendero por delante de su progenitora, cargada con las cestas de la merienda y con la bolsa de juguetes.

          Tras algunos minutos de marcha, era inevitable que llegasen hasta la roca que sobresale. Y entonces, ambos críos comenzaron a correr a su alrededor, dando vueltas y más vueltas, hasta que la madre les adelantó:

          -Vamos, chicos; no os retraséis.

          Los hijos de la joven madre dejaron atrás el peñasco en busca de otro similar, o de algún árbol en torno del cual pudiesen seguir dando sus lúdicos giros.

          Para los niños, la piedra es un juguete.

          Un escultor llamado Miguel Ángel paseaba por el caminito en busca de inspiración. Le habían hecho un encargo especial, y necesitaba una piedra muy concreta. La había buscado en los lugares donde normalmente se abastecía, pero no hallaba la roca perfecta. Y al cabo, llegó al punto mágico del camino. El punto donde habita una piedra que todos ya conocemos bien. El artista la rodeó, despacio, escudriñando cada saliente y cada entrante… ¡Esa era! ¡La piedra! Hizo que la transportaran hasta su taller y, allí. Miguel Ángel le sacó la más bella escultura.

          ¿Qué tienen en común estos relatos? Pues que, en todos ellos, la diferencia no estriba en la piedra, sino en el ser humano. Cada uno la emplea como sabe o como quiere. A su albedrío. A su antojo, según sus intereses o capacidades, y con resultados siempre dispares.

          Moraleja: no existe piedra en tu camino que no puedas aprovechar para tu propio crecimiento.

 

Jesús Fernández Escrich

(Guardamar, 28 de julio de 2016)

LEYENDA INUIT

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Leyenda inuit

Cuenta una antigua leyenda del pueblo de los Inuit, en Groenlandia, que el chamán de una tribu decidió entrar en contacto, una vez más, con los espíritus de los antepasados. Con tal propósito penetró en su tienda, tomó un tambor y comenzó a golpearlo de manera monótona y cadenciosa, tal era el sistema que tenía para entrar en trance. Después de  algunos minutos tamborileando logró lo que pretendía, el chamán alcanzó el estado alterado de conciencia que le permitía separar su alma del cuerpo, y al instante salió al exterior de su tienda de piel de foca.

Comenzó a caminar, a levitar más bien, sobre la nieve, cuyo contacto ni sentía, como tampoco sentía el frío extremo de la madrugada; su ser estaba completamente despojado de las ataduras y sensaciones biológicas.

Anduvo sin rumbo fijo, mirando en todas direcciones por ver de localizar alguna entidad eterna, cuando le llamó la atención una luminosidad que descendía de una parte del cielo; al alzar la vista, pudo ver dos haces de luz que brincaban uno frente al otro, mientras se lanzaban una especie de bola que también desprendía luz propia. En efecto, esos haces no eran otra cosa que dos espíritus que parecían estar jugando con una pelota. Algunos momentos después, la bola se desvió de su trayectoria habitual y vino a caer a los pies del chamán, que no dio crédito a sus ojos cuando se percató de que la bola era realmente un cráneo de morsa. Lo tomó del suelo y, en ese momento, uno de los espíritus se dirigió a él:

-¡Échanos la pelota, por favor!

Unos momentos mezcla de asombro y duda, con el cráneo entre sus manos, y el espíritu insistió:

-¡Vamos, devuélvenosla!

El chamán, en vez de devolverles la bola, se elevó sobre el suelo, se dirigió hacia el lugar donde estaban las dos entidades espirituales y terminó jugando con ellas.

Al día siguiente el chamán, con su alma ya reincorporada al cuerpo, se reunió con las gentes del poblado para contarles la extraordinaria experiencia que había vivido. Y de este su relato nació la leyenda a la que me refería al comienzo del mío: para los Inuit, cuando los espíritus de los antepasados se hacen visibles y salen a jugar con sus pelotas luminosas, producen las auroras boreales.

 

Leyenda Inuit por:   Jesús Fernández Escrich

(Guardamar, madrugada del 17 de febrero de 2016)

ADVIENTO

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Adviento

Acróstico (octava real)

Amor a Dios, teniendo la certeza
De ser el transmisor de Su cariño;
Venir al Mundo en clave de pobreza;
Inmenso corazón; fraterno aliño;
Espíritu de máxima pureza
Nacido por amor en bello niño;
Tres Magos procedentes del Oriente;
Ofrendas al Mesías, ya presente.

Adviento por: Jesús Fernández

                            (Guardamar, 13 a 15 de diciembre de 2016)

EL ÁRBOL DE NAVIDAD

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El árbol de Navidad

Erase una vez, en la fría Laponia, un inmenso bosque de abetos. En él los árboles crecían rectos y esbeltos, lo que les convertía en soportes ideales para colgar de ellos todos los adornos característicos de las fiestas del Adviento. Por este motivo, las gentes del lugar se abastecían allí de árboles grandes, adultos, que ya habían vivido muchos años, respetando los más jóvenes para darles tiempo a crecer.

Hacia el centro del bosque vivía un abeto adolescente que deseaba con fervor ser elegido para adornar algún hogar. Desde hacía algunos años, su pensamiento no era otro que ver a los leñadores venir a llevárselo. Sus ancianos congéneres, más sabios, le decían insistentemente:

-Eres aún muy joven para ser talado; debes crecer más… vivir más también, porque la vida de nuestra especie es larga; hay tiempo para disfrutar de la existencia, y tiempo para decorar los hogares de los hombres. Has de ser paciente.

Pero el abeto seguía en sus trece, deseaba ya servir de embellecimiento en el salón de alguna casa.

Sucedió que estos deseos del arbolito llegaron a oídos del Hada del Invierno. Ella fue una tarde a hablar con él:

-Hola, pequeño abeto.

-Hola, Señora de las Nieves.

-Me han dicho que deseas con todo tu corazón ser un árbol decorativo de Navidad.

-¡Oh, sí, sí! ¿Puedes ayudarme a conseguirlo?

-Podría, pero eres muy jovencito. Convertirte en Abeto Navideño supone la muerte, y aún pueden quedarte décadas de vida. ¿No te importa?

-¡No me importa!, -repuso con firmeza-, ¡quiero ser un Árbol de Navidad!

El Hada quedó pensativa, y tratando de disuadirle, atacó por otros derroteros:

-Bien, esto plantea otro problema. La gente quiere árboles grandes, y tu porte es pequeño. Si te cortan, es muy posible que nadie te compre en el mercado, y acabes tirado en la basura.

-¡Oh…!-, exclamó el abetito con una gran sensación de pena.

El Hada le miró fijamente, tratando de captar sus más hondos sentimientos, y al notar que su tristeza era sincera, resolvió ayudar al vegetal:

-Quizás haya una solución.

-¿De verdad? ¡Dime qué podemos hacer, por favor!

-Hay un orfanato en un pueblecito cercano, muy pobre, que a duras penas saca adelante a los cerca de cien niños que subsisten en él.

-¿Y?

-Debido a su carencia de medios materiales, hace varios años que no pueden comprar un árbol y decorarlo para las criaturas; poner regalos bajo él…

El hada pausó un instante, y el abeto esperaba con ansiedad por dónde saldría la solución.

-Estaba pensando que un arbolito pequeño, como tú, no alcanzaría en el mercado un precio muy elevado, y sería asequible para las posibilidades económicas del colegio… ¿Te gustaría hacer felices a esos niños?

-¡Sí, sí! ¡Claro que sí! ¡Qué buena idea! ¿Puedes conseguirlo?

-Puedo. Iré al pueblo y les inspiraré a los leñadores que vengan por ti. ¿Estás completamente decidido?

-Completamente.

-Vas a morir joven…

-No me asusta la muerte.

-Sea. En las próximas Fiestas serás un Árbol de Navidad.

Todo acabó sucediendo como se planificó. El abetito fue llevado al orfanato, en cuyo zaguán se colocó y adornó, modestamente; hubo regalos, también modestos, esparcidos alrededor de su pie; pero no obstante tanta modestia, aquellos pobres niños disfrutaron de unas navidades como nunca antes habían disfrutado, abriendo paquetes bajo el árbol, mientras sus luces parpadeaban mil colores en derredor.

Las Fiestas pasaron; la decoración navideña fue recogida y guardada; los niños volvieron a su vida cotidiana, y el abeto fue llevado, ya casi sin acículas, a una empresa de reciclaje, donde se troceó y se convirtió en abono, un abono que alimentaría los pimpollos que serían los abetos navideños en los años subsiguientes. Así terminó sus días nuestro Abeto.

Así terminó sus días aquí, en la Tierra, porque lo que muy pocos saben es que, como agradecimiento por su generoso sacrificio, por haber dado su vida a cambio de la felicidad de los huérfanos, el Señor recogió su alma botánica y se la llevó a la Morada Eterna. Allí vive ahora, en un jardín celestial, destacando en el centro de un bello parterre cubierto de flores de todas clases… y sirviendo como soporte a bolas, guirnaldas y farolillos intermitentes; porque resulta que, en el Paraíso, siempre es Navidad.

 

El árbol de Navidad por: Jesús Fernández Escrich

LA MONEDA DEL AMOR

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Moneda de amor

LA MONEDA DEL AMOR

Soneto.

 

No buscabas, Jesús, notoriedades

ni honores recibidos en palestras;

de orgullo y ambición no dabas muestras;

carente de superfluas vanidades.

 

Viniste a transmitirnos las verdades,

queriendo atenuar las faltas nuestras;

y fue por tus parábolas maestras

que Dios quiso entregarnos Sus bondades.

 

Dorada Caridad llegó por ti,

moneda con tu rostro en el anverso

para poder comprar amor, allí

 

en donde resplandece el Universo.

Y al ver esa riqueza, comprendí

que quiero en tu tesoro estar inmerso.

 

Jesús Fernández Escrich

(Guardamar, 3 a 30 de julio de 2016)