EL PEREGRINO

0
20
El peregrino

Raimundo tenía un sueño desde muy joven: siempre le ilusionó hacer el Camino de Santiago, pero las circunstancias de la vida no le permitieron llevar a buen puerto su proyecto… hasta ahora. Con sesenta y cinco años cumplidos y recién jubilado, era el momento idóneo para hacer realidad el sueño de toda una vida. Pero siendo como era una persona previsora y sensata, en todos los aspectos, quiso hacerse una revisión médica antes de salir, por seguridad más que otra cosa; su salud era buena, pero mejor confirmarla. Así, pidió cita con su médico, que ordenó un chequeo completo. Malas noticias. Cuando recibió los informes del laboratorio, la analítica mostró una cardiopatía, una lesión que hasta el momento no había dado señales externas. El doctor, sabiendo de las intenciones del paciente, le recomendó no emprender tamaña empresa; nada de sobreesfuerzos que pudieran desembocar en algo irremediable:

-Si desea visitar Santiago de Compostela, hágalo en tren; vaya usted allí, visite al Santo, pasee por la ciudad, pero sin fatigarse. Una caminata de ochocientos kilómetros en su estado podría ser…

          ¡Qué faena! Toda su ilusión truncada por un informe médico; un simple papel le había amargado la existencia. Y ahora, ¿qué? ¿Ir a Santiago, o no ir? ¿Y por qué no? Podía hacerlo con calma, ahora tenía todo el tiempo disponible. No había prisa.

-¡Qué demonios! ¡Adelante, que pase lo que haya de pasar!

          Raimundo tomó la decisión de cumplir su sueño, y lo haría como es debido; desde el principio, desde Roncesvalles; paseando con quietud; parando lo necesario para disfrutar de las bellezas paisajísticas y de los magníficos monumentos románicos que se hallan en todo el trayecto.

          Comenzó a preparar el equipaje, una mochila con lo imprescindible. Planificó el viaje: billetes de autobús, mapas del Camino, localización de albergues… Y un día primero de junio se puso en marcha.

          Roncesvalles. La llegada a la hermosa ciudad pirenaica se hizo a media tarde, aún con luz natural. Después de acomodarse en el hotel, salió a dar un corto paseo, antes de cenar. Quería irse a la cama temprano, porque era su intención madrugar al día siguiente; salir a primera hora para aprovechar la jornada, y era preciso descansar bien (máxime teniendo en cuenta su nueva situación médica). Y luego de una frugal cena, marchó a la habitación.

          Dos de junio; primera etapa. Etapa cómoda, pues saliendo de Roncesvalles se enfila una carretera que corre puerto abajo. El lento caminar le permitía gozar del extraordinario paisaje común a toda la cordillera pirenaica. Parando cuando se cansaba, aprovechaba para refrescarse la garganta, mientras escogía los mejores encuadres para inmortalizar el viaje en una buena colección de fotografías que le permitieran recordar la maravillosa experiencia que apenas comenzaba. Y de este modo se fueron cubriendo los kilómetros.

          Algunos días después, seguía repitiéndose la rutina: salida temprano de un albergue del camino y reinicio de la marcha, enfilando la siguiente calzada.

          Esa mañana, mientras caminaba pausadamente, de súbito se sintió mal. Un mareo le invadió, en tanto un fuerte dolor que le oprimía el brazo izquierdo se fue desplazando hacia su pecho. Cayó al suelo. Otros romeros que también realizaban la ruta jacobea corrieron a prestarle ayuda; llamaron a una ambulancia, y en no más de quince minutos las asistencias llegaron desde la aún próxima ciudad de Puente la Reina.

          El peregrino abrió los ojos. Estaba tumbado sobre la linde de la vereda. Se incorporó un poco, quedando sentado, y escudriñó el entorno. El paisaje circundante parecía mucho más bello; su color era extrañamente hermoso y se percibían aromas nuevos. Recordó que se había desplomado, incluso haber escuchado una sirena; pero nada de ello tenía ya importancia, pues el dolor del pecho había desaparecido; se encontraba perfectamente, por lo que decidió continuar el viaje.

          No había caminado ni doscientos metros, cuando vio llegar a otro peregrino. Era el prototípico romero medieval: sayal largo, sombrero de ala, cayado en mano y una concha de vieira colgada del cuello.

-Buenos días, hermano caminante. ¿A dónde te diriges? –Interrogó el pintoresco personaje.

-Estoy transitando el Camino –contestó Raimundo-. ¿Y tú? Veo que regresas… ¿Finalizaste tu peregrinaje con bien?

-El peregrinaje del ser humano nunca finaliza, estimado amigo –repuso el viajero, con aire un tanto misterioso.

-Supongo que se termina –indicó Raimundo- cuando llegas a Santiago…

-Entonces tú ya lo has terminado, pues acabas de llegar a él.

 

El peregrino por:    Jesús Fernández

(Guardamar, abril de 2017)

Publicidad solidaria gratuita