Palabras de aliento

EL ÁRBOL DE NAVIDAD

Erase una vez, en la fría Laponia, un inmenso bosque de abetos. En él los árboles crecían rectos y esbeltos, lo que les convertía en soportes ideales para colgar de ellos todos los adornos característicos de las fiestas del Adviento. Por este motivo, las gentes del lugar se abastecían allí de árboles grandes, adultos, que ya habían vivido muchos años, respetando los más jóvenes para darles tiempo a crecer.

Hacia el centro del bosque vivía un abeto adolescente que deseaba con fervor ser elegido para adornar algún hogar. Desde hacía algunos años, su pensamiento no era otro que ver a los leñadores venir a llevárselo. Sus ancianos congéneres, más sabios, le decían insistentemente:

-Eres aún muy joven para ser talado; debes crecer más… vivir más también, porque la vida de nuestra especie es larga; hay tiempo para disfrutar de la existencia, y tiempo para decorar los hogares de los hombres. Has de ser paciente.

Pero el abeto seguía en sus trece, deseaba ya servir de embellecimiento en el salón de alguna casa.

Sucedió que estos deseos del arbolito llegaron a oídos del Hada del Invierno. Ella fue una tarde a hablar con él:

-Hola, pequeño abeto.

-Hola, Señora de las Nieves.

-Me han dicho que deseas con todo tu corazón ser un árbol decorativo de Navidad.

-¡Oh, sí, sí! ¿Puedes ayudarme a conseguirlo?

-Podría, pero eres muy jovencito. Convertirte en Abeto Navideño supone la muerte, y aún pueden quedarte décadas de vida. ¿No te importa?

-¡No me importa!, -repuso con firmeza-, ¡quiero ser un Árbol de Navidad!

El Hada quedó pensativa, y tratando de disuadirle, atacó por otros derroteros:

-Bien, esto plantea otro problema. La gente quiere árboles grandes, y tu porte es pequeño. Si te cortan, es muy posible que nadie te compre en el mercado, y acabes tirado en la basura.

-¡Oh…!-, exclamó el abetito con una gran sensación de pena.

El Hada le miró fijamente, tratando de captar sus más hondos sentimientos, y al notar que su tristeza era sincera, resolvió ayudar al vegetal:

-Quizás haya una solución.

-¿De verdad? ¡Dime qué podemos hacer, por favor!

-Hay un orfanato en un pueblecito cercano, muy pobre, que a duras penas saca adelante a los cerca de cien niños que subsisten en él.

-¿Y?

-Debido a su carencia de medios materiales, hace varios años que no pueden comprar un árbol y decorarlo para las criaturas; poner regalos bajo él…

El hada pausó un instante, y el abeto esperaba con ansiedad por dónde saldría la solución.

-Estaba pensando que un arbolito pequeño, como tú, no alcanzaría en el mercado un precio muy elevado, y sería asequible para las posibilidades económicas del colegio… ¿Te gustaría hacer felices a esos niños?

-¡Sí, sí! ¡Claro que sí! ¡Qué buena idea! ¿Puedes conseguirlo?

-Puedo. Iré al pueblo y les inspiraré a los leñadores que vengan por ti. ¿Estás completamente decidido?

-Completamente.

-Vas a morir joven…

-No me asusta la muerte.

-Sea. En las próximas Fiestas serás un Árbol de Navidad.

Todo acabó sucediendo como se planificó. El abetito fue llevado al orfanato, en cuyo zaguán se colocó y adornó, modestamente; hubo regalos, también modestos, esparcidos alrededor de su pie; pero no obstante tanta modestia, aquellos pobres niños disfrutaron de unas navidades como nunca antes habían disfrutado, abriendo paquetes bajo el árbol, mientras sus luces parpadeaban mil colores en derredor.

Las Fiestas pasaron; la decoración navideña fue recogida y guardada; los niños volvieron a su vida cotidiana, y el abeto fue llevado, ya casi sin acículas, a una empresa de reciclaje, donde se troceó y se convirtió en abono, un abono que alimentaría los pimpollos que serían los abetos navideños en los años subsiguientes. Así terminó sus días nuestro Abeto.

Así terminó sus días aquí, en la Tierra, porque lo que muy pocos saben es que, como agradecimiento por su generoso sacrificio, por haber dado su vida a cambio de la felicidad de los huérfanos, el Señor recogió su alma botánica y se la llevó a la Morada Eterna. Allí vive ahora, en un jardín celestial, destacando en el centro de un bello parterre cubierto de flores de todas clases… y sirviendo como soporte a bolas, guirnaldas y farolillos intermitentes; porque resulta que, en el Paraíso, siempre es Navidad.

 

El árbol de Navidad por: Jesús Fernández Escrich

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