Dios dio al hombre este planeta hermoso y fértil, y le dijo:
«¡Ve, ocúpalo, crece y reprodúcete!».
Y el hombre creció en número y el núcleo se transformó en aldea, la aldea en pueblo, el pueblo en ciudad y la ciudad en nación…
Pero las naciones crecen y el territorio se acorta cada vez más; es difícil la expansión, la lucha por el espacio se hace dura y la ambición territorial se apodera de las gentes; hay que ganar terreno, pero este está ocupado y solo hay una salida: ¡La invasión! Comienza la lucha y ¡¡la guerra!! Desolación, destrucción, muerte… El fuerte somete al débil y el débil perece; ya nunca habrá Paz verdadera, todos entre sí son enemigos.
Pero ¿puede haber justicia para el débil? ¿Puede el débil vencer al fuerte? Seguramente diremos: moralmente, sí, pero no en la práctica, y es muy cierto; pero estamos hablando de justicia humana, y no olvidemos que hay una justicia por encima de pueblos y naciones, ¡la Justicia de Dios!
Paz y libertad por: María Luisa Escrich






