Al continuar tratando mis experiencias quiero, antes de hacerlo, recordar lo que en un principio vengo explicando: todas y cada una de estas experiencias tuvieron lugar en momentos muy cruciales en nuestras vidas; momentos de dolor, de incertidumbre; eran tiempos difíciles y, sin embargo, era muy fácil dejarse dominar por sentimientos negativos, como, por ejemplo, el odio, el rencor, la ira… y el mundo espiritual, estando siempre atento a esos sentimientos que necesariamente perjudicarían nuestra evolución, se aprestaba a evitar en lo posible esas tendencias. Y como jamás interfieren en nuestro libre albedrío, llamaban nuestra atención por medio de aquellas manifestaciones, como un aviso de: -¡Eh!, estamos aquí, con vosotros; nunca os abandonaremos.
Ahora ya os contaré esta nueva experiencia.
Como siempre que los hermanos espirituales deseaban hacernos partícipes de aquellas manifestaciones, nos apuraban a prepararnos lo mejor posible para facilitar sus revelaciones que, en esa ocasión, tendrían la forma del fenómeno de los aportes.
Isabel, nuestra extraordinaria médium, se vistió con una falda y una blusa de manga corta; los brazos y manos libres de todo aderezo que pudiera dar lugar a sospecha de fraude por su parte.
Llegado el momento, puso con los brazos extendidos hacia el centro de la mesa con las palmas de las manos hacia arriba; así las mantuvo por algunos instantes, hasta que el espíritu encargado del trabajo estuvo dispuesto. Entonces, juntando las manos, las volvió hacia abajo y fue bajándolos lentamente hasta unos ocho o diez centímetros de la mesa. Acto seguido, y también muy lentamente, las fue abriendo, dejando caer dos pequeñas estampitas en blanco y negro; una con la efigie del Maestro Jesús y la otra con la de Madre María. ¿Os imagináis cuánta emoción? ¿Y la mía? ¿Por qué la mía tuvo que ser más intensa? ¡Ah!, mis queridos lectores, una vez que hubo terminado la manifestación, el hermano que había realizado aquel, para mí ¡prodigio!, tomando la estampita de Madre María la puso en mis manos, y me dijo: -Es para ti; recuérdala siempre.
Conservo un libro de oraciones que perteneció a mi abuela, y en aquel libro coloqué cuidadosamente mi tesoro. Por un tiempo y de vez en cuando, abría el libro para contemplar aquel rostro en aquella estampita, pues tenía otras, pero esta era muy especial.
Jamás olvidé aquella experiencia. Pero los embates de la vida, con todas sus dificultades, fue distanciando los momentos en los cuales yo abría el libro para mirar mi querida estampita.
Pasado un tiempo, no recuerdo con qué motivo, abrí el libro, pero ya no estaba; mi tesoro había desaparecido. Me pregunté qué podría haber pasado, a nadie le había dejado mi libro. ¿La saqué en aquel momento y la perdí? No, nunca salió del libro. Llegué a pensar que tal acontecimiento no había tenido lugar, que solo estaba en mi imaginación… ¡No!, fue demasiado tangible y, por supuesto, me habían enseñado a no crear fantasías en mi mente; también me he considerado siempre bastante racional.
Cuando tuve la oportunidad de leer El Libro de los Médiums, aprendí que, así como los espíritus pueden hacer aparecer objetos, también pueden hacerlos desaparecer cuando lo creen necesario y útil, y si la pérdida no es debida a nuestra negligencia, podremos pensar que esa pueda ser la razón de la desaparición.
Muchos años después, en un acontecimiento social, me encontraba en una iglesia, y en el momento en el cual se pasa el cepillo de las limosnas, cuando yo depositaba unas monedas, la persona que las recogía me ofreció una estampita, y… ¡sí!, era la misma imagen que la mía, pero a todo color. Mi alegría fue inmensa, pero en cierto modo, y sin saber muy bien el porqué, me dio que pensar… Nunca había ocurrido que, al dar una limosna, ofrecieran una estampa; al menos, en mi dilatada vida jamás me había sucedido. Por otra parte, ¿por qué aquella imagen igual a la mía, aunque esta fuera a color? Decidí buscar en las tiendas especializadas, esperando encontrar otras semejantes, pero en cada una de las que entraba me decían siempre lo mismo o algo parecido: “No; no tenemos este modelo”; “debe ser muy antigua…”; no figura en el catálogo”.
Así dejé de buscar, cuidando mucho aquella que me ofrecieron, que aún conservo y que pueden ver al pie de este relato.
Sí me gustaría saber si alguno de quienes estáis leyendo esta experiencia habéis visto alguna vez esta bendita imagen, y si no es así, os animo a que la busquéis, como yo sigo haciendo cuando paso por alguna tienda de objetos religiosos. De esta forma tendrán sentido las preguntas que me hago cuando recuerdo a aquella persona que me la ofreció: ¿Por qué aquella imagen y no otra? ¿De dónde la había sacado? ¿Por qué a mí? Hay muchas interrogantes que quizá nunca hallen respuesta.
He relatado todas estas experiencias que estaban vivas y frescas en mi memoria. Acaso queden en ella otros recuerdos dormidos, y si Dios permite que afloren, prometo contárselos.
Todo cuanto recibimos del mundo espiritual debe ser compartido.
¡Gracias, Padre Celestial!
¡Gracias, Bondad Infinita!
El aporte por: Mª Luisa Escrich
Guardamar, octubre de 2018.
2024 © Amor, Paz y Caridad.






