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REFLEXIÓN SOBRE LA VERDAD

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Reflexión sobre la verdad

Reflexión sobre la verdad

Todos buscamos la verdad; en general, cuando creemos haberla encontrado, la hacemos nuestra y ya no hay otra verdad; nos sentimos seguros y es cuando queremos que prevalezca sobre los demás.

Puedo asegurar que yo jamás me he sentido segura de nada. Sí he leído, he buscado la verdad y casi siempre he encontrado una verdad. En lo que me enseñaron encontré la verdad de quien me enseñaba; analizándome a mí misma, encontraba mi verdad.

Pero encontré la Verdad en la razón: jamás ser alguno, por sabio que sea, llegará a poseer la verdad absoluta. Esa verdad solo es poder de Dios y que va concediendo al hombre a medida que su mente va desarrollándose y aumentando su capacidad de comprensión. Solo la soberbia y el orgullo, esos pecados tan enraizados en el ser humano, le han llevado a propugnar unas verdades, elevadas a dogmas, estableciendo así la obligación de los más a creer en las verdades de los menos.

Esos seres, pensantes en un principio, dejan de serlo, pasando a convertirse en una masa conducida, incapaz de pensar por sí misma; y todos tenemos esa capacidad.

Dios nos ha dotado con un atributo maravilloso que es el sentido común, para que seamos capaces de discernir, de buscar y analizar  todo cuanto encontremos por nosotros mismos, sin que tengamos que aceptar lo que los demás quieran imponernos.

Solo Dios posee la verdad absoluta, porque solo Él es absoluto. Nosotros podemos aspirar a ir conociendo las verdades que se digne concedernos; entretanto, no impongamos a nadie nuestra verdad ni permitamos que nos impongan la suya (comprensión, respeto y tolerancia).

Reflexión sobre la verdad por: María Luisa Escrich

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

DOLOR EN EL ALMA

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Dolor del alma

Dolor del alma

El alma duele, pero ¿cuándo y por qué nos duele? Si el alma duele es porque está enferma, y esas enfermedades, nunca será suficientemente repetido, las provocamos nosotros mismos.

Hay un código moral que no respetamos desde hace mucho, mucho tiempo; código ordenado por Dios a Moisés y que, más tarde, Jesús de Nazaret nos mostró con su ejemplo. Él nos recordó que, antes de todo, hay que amar a Dios sobre todas las cosas. Pero… no solamente no lo hacemos sino que, a pesar de todas las pruebas por las que pasamos, aún negamos su existencia, o le hemos olvidado, que para el caso es lo mismo. Nos dijo que, después de Dios, teníamos que amar al prójimo como a nosotros mismos; sin embargo, aprendimos muy bien lo de «a nosotros mismos», pero al prójimo… ¿Quién es el prójimo? Apenas aquellos que nos son más próximos, la familia o algún amigo; y aun así, con harta frecuencia también los consideramos enemigos. De ahí, ¿qué puede esperar el resto del prójimo, que somos todos…?

Creo que no es necesario repasar todo el código moral que el Maestro Jesús nos enseñó con su ejemplo. Transgredir los dos primeros mandamientos, que son en realidad uno, es transgredirlos todos; y a medida que lo hacemos vamos generando las enfermedades que dañan el alma. Cada una de esas enfermedades tiene un nombre: Envidia, celos, rencor, odio, intolerancia, vanidad…

Me preguntaste, amiga mía, cuándo y por qué nos duele el alma; he ahí la respuesta, que no es mía, pues ha habido multitud de seres que dieron esas respuestas. Yo solo las hago mías cuando me preguntan, y dar una contestación equivale a hacerme otras preguntas: ¿Por qué nos empeñamos en seguir fomentando esas enfermedades que dañan el alma, cuando tenemos a nuestro alcance el remedio que elimina el dolor, ese dolor que arrastra la Humanidad a causa del olvido de Dios y de sus leyes? Aunque muchos todavía le nieguen, Dios existe y no deja de enviarnos señales de su existencia y su poder.

Comprensión, tolerancia, afabilidad, dulzura, caridad… y una gran dosis de Amor, estos son los remedios que eliminarían de nuestro ego el orgullo y la soberbia, padres de todas las enfermedades del alma.

¿No crees, amiga mía, que merece la pena probar el remedio que se nos ofrece para dejar de sufrir? Creo honestamente, y me atrevo a aventurar, que si nuestro amado Maestro volviera para recordarnos ese código moral de Dios, nos diría: «¡Ama a tu prójimo más que a ti mismo!».

 Dolor del alma por: María Luisa Escrich

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

DERRAMAR AMOR

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Derramar Amor

Derramar Amor

 

El amor, llama divina

embarga los corazones;

nos da luz; paz; alegría

y benditas emociones.

 

El amor, chispa divina

enciende los sentimientos

de aquel que nada sentía

y de amor está sediento.

 

El amor, puro perfume

que con su olor nos inunda;

un olor que aromatiza

nuestra esencia más profunda.

 

Cuando se derrama amor

todo corazón se inflama;

Dios derrama bendiciones

entre aquellos que se aman.

 

Derramar amor por: María Luisa Escrich

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

COMUNICACIONES SERIAS

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Comunicaciones serias

COMUNICACIONES SERIAS

Amados míos, no creáis a todos los espíritus, mas probad que los espíritus son de Dios; porque muchos falsos profetas se levantaron en el mundo(San Juan, primera Epístola, cap. IV, v. 1).

Esta hermosa recomendación del hermano evangelista, reflejada en esa primera Epístola, está recogida en el Evangelio según el Espiritismo, como todos sabemos, pero no siempre recordamos. En el punto 7 del capítulo XXI, los propios espíritus, a través de Allan Kardec, nos lo recuerdan.

No voy a reproducir todo el contenido de este apartado, tan solo los puntos que considero más apropiados de acuerdo con el propósito de este artículo. Por ejemplo: «No pidáis al Espiritismo ni milagros ni prodigios, porque declara formalmente que no los produce». Aquí hace referencia a los falsos profetas encarnados y que «estuviesen tentados a explotar esos fenómenos», es decir, explotar en su provecho aquellas cualidades mediúmnicas que pudieran poseer.

Más adelante, nos alertan contra otra categoría más peligrosa: Los «espíritus embusteros, hipócritas y pretendidos sabios…»; es por eso que San Juan nos lo advierte. Por suerte, el estudio continuado de la doctrina nos da los medios para no dejarnos sorprender. Finaliza este punto precisamente con las palabras del Maestro Jesús: «Se conoce la clase de árbol por su fruto; un mal árbol no puede dar buenos frutos».

No pretendo en absoluto ser maestra, ni mucho menos sentar cátedra; tan solo contaros otra de mis experiencias de mi pasado en el campo del Espiritismo, y que recordé mientras repasaba El Libro de los Médiums, el capítulo referente a las reuniones «instructivas», en las que, como ya sabemos, «los espíritus buenos no dicen sino lo que saben; se callan o confiesan su ignorancia sobre lo que ellos no saben».

Cierto día en que nos reuníamos, uno de nuestros compañeros llegó un tanto preocupado. Nos hizo saber que un cuñado suyo había pasado una mala noche, con fuertes dolores de cabeza y mucha fiebre; el propio enfermo le preguntó si los espíritus podrían hacer algo por él. Nuestro compañero nos transmitió su petición. Recordaréis, aquellos que habéis leído mis experiencias, que os hablé de don Julio, gran médium y el único entre nosotros con conocimientos espíritas; pues bien, al oír la petición de nuestro compañero no dijo ni una palabra; nos preparamos como siempre y comenzamos el trabajo…

También quiero recordaros que en aquellos tiempos, dadas las circunstancias de la época, carecíamos de libros espíritas para su estudio; por lo que, todo cuanto aprendimos sobre la doctrina, todas las enseñanzas que recibimos, fueron directamente de los espíritus a través de preguntas que ellos mismos nos animaban a hacerles y las respuestas que nunca se cansaban de darnos. En su momento, el hermano guía de nuestro grupo nos dijo:

-Aquí hay un hermano que tiene permiso para contestar a vuestras preguntas-. Una vez que el espíritu nos hubo deseado la Paz de Dios, nos animó a preguntar.

 –Hermano  -dijo Julio-, uno de nuestros compañeros está muy preocupado por su cuñado, que se encuentra al parecer bastante enfermo; y a petición suya, desea saber si podéis hacer algo por él.

La respuesta fue otra pregunta:

 –¿Habéis llamado al médico?-

Todos, excepto Julio, nos quedamos en suspenso. El espíritu prosiguió:

 –Mis queridos hermanos, Dios, en su infinita sabiduría, proporciona a sus hijos todos los medios para su desenvolvimiento en La Tierra; así se van desarrollando las inteligencias, adquiriendo los conocimientos apropiados a cada necesidad, y una de esas necesidades es la Medicina y aquellos que la aplican. Id a vuestros médicos; nosotros no hacemos milagros. Sin embargo, eso no quiere decir que no ayudemos a esos médicos dedicados a cuidar de vuestra salud; influimos en ellos más de una vez para que el diagnóstico sea el acertado y el remedio que propongan sea el efectivo. Nada más por hoy, queridos hermanos. Que Dios nos bendiga a todos.

Amigos míos, aquel día pudimos constatar que el espíritu que se había manifestado era en verdad un Espíritu del Señor, un espíritu serio.

Años más tarde,  cuando por fin pude tener en mis manos los libros de la Codificación, fui recordando y comprobando que la mayoría de las comunicaciones que obteníamos eran proferidas por espíritus serios; y digo serios, no sabios, aunque ya de una cierta elevación. En El Libro de los Médiums, en el apartado Distinción de los buenos y los malos espíritus, en el punto 4, número 267, leemos: «Los espíritus superiores tienen un lenguaje siempre digno, noble, elevado; todo lo dicen con sencillez y modestia; jamás se alaban ni hacen ostentación de su saber ni de su posición sobre los otros…».

Queridos amigos, mi deseo al contaros aquella maravillosa experiencia y lo que aprendí de ella no es otros que el de recordar siempre, dentro de los centros espiritistas, la necesidad de estar alerta en cuanto a las comunicaciones de los espíritus, recordando así mismo las palabras del maestro Kardec: «Prefiero rechazar cien verdades que aceptar una sola mentira».

En estos tiempos tan convulsos se hacen más imperiosos la observación y el análisis.

Esto es solo mi opinión de acuerdo con mis experiencias.

Un fraternal abrazo

María Luisa Escrich

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

LA LUZ DE JESÚS

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La luz de Jesús

La luz de Jesús

Los animales y plantas

que pueblan la Tierra toda

se inclinan ante Jesús;

ninguno puede vivir

si no reciben la luz

con que les dotara Dios,

de su inmensa magnitud

y de su acendrado Amor.

 

Así debería ser

ejemplo para los hombres,

pero son solo capaces

de inclinarse ante sí mismos,

llenándose de egoísmo,

inflándose en vanidad

y olvidándose que es Dios

quien tiene la Majestad.

¡A quien se le debe Honor!

La luz de Jesús por: María Luisa Escrich

                                     © 2021, Amor, Paz y Caridad.

¿QUÉ ES LA VIDA?

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¿Qué es la Vida?

¿Qué es la Vida?

¿Qué es vivir?

Quizá la pregunta más exacta sería «¿sabemos realmente qué es la vida?».

Cuando nace un niño o una niña solemos decir: una nueva vida ha llegado a este mundo. Pero esos niños no son la vida; la vida ya es; la vida está, ya ha sido creada y Aquel que la creó dio vida a nuevos seres, por Él creados, para que formen parte de la Vida.

Esos seres, nosotros, cuando tomamos consciencia de lo que somos, en líneas generales no lo hemos comprendido del todo. Consideramos que vivir es nacer, comer, beber, crecer, reproducirse, trabajar, envejecer y morir; todo desde un prisma materialista. Cierto que todo ello forma parte de la vida, pero no es la Vida. Recordemos cuántas veces hemos dicho u oído: Hay que aprovechar el tiempo; la vida es corta… Entonces emprendemos una carrera, las más de las veces alocada, pretendiendo alcanzar esos objetivos que consideramos ser la vida.

Pero hay otros objetivos por alcanzar: formar parte de la Vida.

La vida es el aire que respiramos y, sin embargo, no nos damos cuenta que sin él nos asfixiaríamos. La vida es el sol, que junto con el agua, son quienes sustentan el suelo. El mar, las montañas, los ríos, la nieve, las plantas y animales…, y nosotros. Todo esto es la Vida, pero para verla hay que parar… dejar de correr, sentarse, mirar a nuestro alrededor y aprender a ver, porque se puede mirar sin ver; aprender a sentir; comprender que todo lo que nos rodea es vida; sumergirse en ella hasta notar que formamos parte de ese todo, un todo que nos enseña lo que realmente somos: entes espirituales a los que se les ha otorgado vida para que puedan avanzar y crecer, desarrollando armónicamente todo lo que hasta ahora hemos entendido como Vida, y que es imprescindible para la evolución: nacer, alimentarse, crecer, reproducirse y… ¿morir?

Nosotros, entes espirituales, no morimos, porque somos Vida, y la vida no puede morir: Dios la ha creado eterna; y así, cuando hayamos de partir, según nuestros merecimientos llegaremos a otro lugar, pero a seguir formando parte de esa Vida, ya por siempre inmortal.

Tengamos, pues, presente que la vida somos nosotros, con el poder de modificarla siempre que, parándonos de vez en cuando, observemos que estamos en desarmonía con el Todo.

María Luisa Escrich

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

EL AMOR, FUEGO DIVINO

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El amor, fuego divino

El amor, fuego divino

 

El amor, llama Divina,

enciende en nuestro interior

con un fuego que no quema,

la llama del más puro amor.

 

El amor, chispa Divina,

enciende los sentimientos

de aquel que nada sentía

y de amor está sediento.

 

El amor, puro perfume

que con su olor nos inunda;

un olor que aromatiza

nuestra esencia más profunda.

 

Cuando se derrama amor

de amor el mundo se inflama:

Dios otorga bendiciones

entre aquellos que se aman.

 

María Luisa Escrich

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

NO PASA LA VIDA

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No pasa la vida

No pasa la vida

No, la vida no pasa: Pasamos nosotros con ella. Cuando dejamos el plano físico la vida se extingue, perdurando en los demás.

La vida es como un reloj que Dios nos regala al bajar al planeta, con la cuerda más o menos larga, algo que ignoramos y que es, precisamente, el problema de todos los encarnados. Al reencarnar, sabemos exactamente por qué y para qué lo hacemos y el tiempo de que disponemos para el logro de los objetivos que nos hemos propuesto alcanzar; pero esos objetivos los guardamos en el archivo de la memoria y ahí los dejamos olvidados.

Pero lo que también olvidamos es que nuestro reloj empieza a contar ese tiempo disponible, y olvidados los objetivos y el reloj, nuestro tiempo acaba siendo empleado en la más absoluta inutilidad; gastamos nuestro tiempo en actos totalmente ineficaces, marcándonos objetivos para un futuro incierto. Incierto porque, repito, hemos olvidado que el reloj que marca nuestra existencia quizá tenga una cuerda más corta de lo que creemos, y no consigamos alcanzar esos objetivos; e ineficaces, porque esos objetivos llevan en sí una enorme carga de materialismo; todo cuanto pensamos, decimos o hacemos lo circunscribimos al placer inmediato, a nuestro propio placer, pero al placer material, olvidando el auténtico objetivo, que es el placer del espíritu. Pensamos y obramos tal y como reza el dicho popular: Como si no nos fuéramos a morir nunca.

Morimos, sí, pero físicamente, porque, no lo olvidemos, cuando la cuerda de nuestro reloj se agota, solo lo hace para este mundo.

Debemos pues, recordando esta realidad, que durante nuestro viaje por el planeta habremos ido, como todo viajero, cubriendo etapas con mayor o menor acierto. Nuestros errores habrán superado, sin duda, a los aciertos, pero siendo conscientes e ignorando cuán larga pueda ser la cuerda que Dios puso en nuestro reloj, deberíamos intentar poner orden en nuestra alma, examinando a fondo nuestra conciencia, sin hipocresía, aceptando nuestra responsabilidad. Mirar hacia atrás para poner ese orden en el alma reconociendo nuestros errores. Todo cuanto hemos acumulado, bueno y malo, a lo largo de nuestro tránsito por la Tierra no tiene vuelta atrás; debemos, pues, cerrar este capítulo, dejando sometidos nuestros actos al juicio de Dios.

Sin duda, todos deberíamos conocer todo lo concerniente a la duración de la cuerda de nuestro reloj; ese sería un buen comienzo para el correcto aprovechamiento del tiempo.

Hay algo que no debemos olvidar: La cuerda de nuestro reloj puede, como ya hemos dicho, ser más o menos larga, pero al fin se agota; un día, sin saber cuándo, ese viejo y querido amigo que ha venido acompañándonos desde el inicio de nuestro viaje se dejará ver, aparecerá con su mirada dulce y una alegre sonrisa y… (para mí, así lo deseo) me dirá:

 ̶ Hermanita, a tu reloj ya no le queda cuerda en este mundo; un nuevo reloj ha empezado a marcar las horas en el otro… ¿Vamos? Sígueme.

 ̶ ¡Vamos!

Mª Luisa Escrich

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

LA PAZ DE LA TRANSICIÓN PLANETARIA

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La paz de la transición planetaria

La paz de la transición planetaria

 

De los más altos alcores,

de los mares y florestas,

se desprenden armoniosos

mil cantos de alegre fiesta.

 

Toda especie de animales

salen de su madriguera;

no suenan amenazantes

los clarines de la guerra.

 

Y se acercan a los hombres

dejándose acariciar

porque ya no les da caza,

sienten en él la hermandad.

 

Todos cantan a la vida

un bello himno a la Paz.

La Humanidad está unida;

no volverán a luchar.

 

En un abrazo fraterno

proclaman al universo

¡Amor incondicional!

 

Se han enterrado las armas;

no volverán a tronar;

y en la Tierra están presentes

Fe, Esperanza y Caridad.

 

De los cinco continentes,

en loas de Paz y Amor,

los corazones se elevan

hasta el trono del Señor.

 

Vivió el hombre en este mundo

en perpetuo anochecer;

hoy le desea ofrendar

un hermoso amanecer.

 

Jesús volvió entre nosotros;

cumplió lo que prometiera;

fundar el Reino de Dios

en este planeta Tierra.

 

Y al entregarnos al sueño,

y ya siempre al despertar,

los hombres gritan al viento

¡Ha estallado al fin la Paz!

 

La paz de la transición planetaria por: María Luisa Escrich

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

ACERCA DEL DINERO

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Acerca del dinero

Acerca del dinero

¡Oh, cuánta confianza tendrá en la muerte aquel que no tiene afición a cosa alguna en este mundo!

 Pero tener  así el corazón, desprendido de todo, no lo alcanza todavía el alma enferma… Así nos habla Tomás de Kempis en su libro “Imitación de Cristo”.

Así es, en verdad, la situación del hombre en el mundo: muy apegado a las cosas materiales, no presta la debida atención a esas enfermedades del alma que son el orgullo, la vanidad, la ambición, y tantas otras más.

El temor a la muerte tampoco le frena para atajar la enfermedad porque, sencillamente, no piensa nunca en ella; el ser humano vive y actúa como si nunca fuera a morir, y su objetivo es conseguir y atesorar; como tampoco piensa que todo cuanto le sobre de lo necesario, aquí se va a quedar.

Para ir paliando la enfermedad del alma es necesario mantener un equilibrio entre lo necesario y lo superfluo, como nos enseña el Evangelio según el Espiritismo.

Debemos entender que procurar el bienestar de nuestros seres queridos durante el curso de nuestra permanencia en la Tierra no es condenable, aunque tenga que ser a través del dinero, que es el único medio aquí, sin el cual nada es posible en tanto no cambie el destino de nuestro planeta. Se debe, pues, procurarlo y hacerlo servir para los fines establecidos por la moral y la caridad: hacerlo servir para actos nobles, sin sobrepasar lo que, como ya se ha dicho, es necesario y no superfluo; y así, bien adquirido y utilizado, pagaremos las bendiciones que Dios nos envía para nuestras necesidades materiales, y cuando ya no nos sea necesario en el plano terrenal, seguirá siendo un bono adquirido para nuestro futuro espiritual (recuerdo los bonus-hora de que nos habla el hermano André Luiz en su obra “Nuestro Hogar”).

Así, pues, aprendamos a vivir tal y como tenemos que hacerlo en calidad de encarnados, pero sin arriesgar nuestro futuro.

El dinero es necesario. ¿Y qué significa «bien adquirido»? A través de un trabajo honesto y, en la mayoría de los casos, sacrificado; y utilizado para cubrir nuestras necesidades y, si fuera posible, acudir en auxilio de nuestro hermano más necesitado, sin pensar que das una limosna porque, en estos casos, ese acto de “ayudar” es una de las expresiones más hermosas de la Caridad, aunque sabemos que el concepto de caridad es mucho más amplio y hermoso.

 

Acerca del dinero por: Mª Luisa Escrich

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

LA GRAN VERDAD

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La gran verdad

La gran verdad

 

Preguntamos: ¿Qué es vivir?

Ir muriendo poco a poco

con el miedo a morir.

 

El hombre siente terror

ante esa dama enlutada,

y el abandonar la vida

para caer en la nada.

 

Pero la nada no existe:

Todos tenemos un alma

y la vida sigue viva

cuando la vida se acaba.

 

Esta fue la gran verdad

que nos fuere revelada,

para erradicar el miedo

a la figura macabra.

 

La muerte: alma dormida.

¡Esta es la gran verdad!

Y en acabando su sueño,

¡Espíritu al despertar!

 

María Luisa Escrich

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

LA VOLUNTAD: FUERZA PODEROSA

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La voluntad: fuerza poderosa

La voluntad: fuerza poderosa

“El valor, el miedo, la risa, la tristeza, el llanto, la alegría, el fastidio y los bostezos son contagiosos.

La voluntad tiene un poder de transmisión incomparablemente mayor. Una sola voluntad es capaz de guiar a un pueblo, a una nación, un continente… a un mundo. La Voluntad Suprema guía el universo.

Si tanto puede una sola voluntad, ¿qué no podrían conseguir las voluntades de todos para el bien y el Amor?”.

 Este párrafo, extraído del libro Higiene del Espíritu, debería hacernos reflexionar acerca de nuestro comportamiento: mirar hacia dentro de nosotros  mismos para conocer y reconocer todo nuestro potencial, todo cuanto somos capaces de realizar.

La risa es contagiosa; cuando oímos  reír, aun no sabiendo el porqué, también reímos. Lloramos a veces, simplemente, porque vemos llorar. Una situación de tristeza o alegría nos envuelve en alegría o tristeza; podemos ser contagiados por el miedo de uno solo, transformándolo en un miedo colectivo. Todas estas emociones residen en nosotros y se manifiestan, las más de las veces de una forma descontrolada, porque nuestra voluntad es débil y se deja dominar por el contagio.

Esas voluntades capaces de guiar pueblos, naciones o continentes son voluntades fuertes que persiguen un objetivo y luchan por conquistarlo; y lo consiguen con la fuerza de voluntad.

¿Qué no se podría conseguir con todas las fuerzas poderosas de la voluntad? Si cada uno de nosotros fuese capaz de emplearla para transformar nuestro yo; potenciar nuestros valores morales, como la comprensión, la tolerancia; la empatía, la caridad…; si cada individuo transformado se aunara a los demás, se crearía una sola Voluntad capaz de cambiar el mundo por sí sola, donde ya no tendrían cabida ni el odio, ni la envidia, ni el rencor, ni la ambición… La intolerancia, generadora de guerras y genocidios, quedaría proscrita; solo habría lugar para el bien y el Amor.

Para desdicha de todos nosotros, hasta la fecha de hoy esa Voluntad solo ha sido empleada para lograr objetivos materialistas; bienes perecederos, riqueza o poder, sin importar cómo se pueda conseguir.

Esta actitud está tan arraigada en nosotros, que nuestra voluntad se ve incapacitada para luchar por el cambio, viéndose así privada de una profunda higiene del espíritu.

La voluntad: fuerza poderosa por: María Luisa Escrich

© 2021, Amor, Paz y Caridad.