Trabajo Interior

LA PRUDENCIA

La virtud es un hábito saludable, una costumbre que se  adquiere mediante la reiteración de actos positivos semejantes. Una virtud se adquiere por el trabajo que se hace habitualmente, sobre un valor que se tiene o un defecto que queremos ir eliminando. Es la práctica frecuente y la autodisciplina que nos imponemos en la realización consciente de que ese trabajo nos hará conseguir las metas que nos proponemos.

La prudencia es una virtud vinculada a la inteligencia, que guía directamente el juicio del pensamiento, desarrollando la razón, para un mejor discernimiento de nuestro comportamiento en nuestras relaciones familiares, sociales y laborales. Los conocimientos que vamos adquiriendo, junto a los principios morales que vamos alcanzando a lo largo de las sucesivas vidas, nos facilitan mecanismos  por los cuales nuestro proceder llegue a ser el más correcto ante cualquier situación.

Nos ayuda a deliberar, a juzgar con objetividad y a discernir el bien o el mal, que podemos realizar en una acción.  Nos fuerza para analizar los pros y los contras de las situaciones que vivimos, nos invita a que reflexionemos ante determinadas situaciones. Hace que actuemos con precaución y responsabilidad por los posibles daños que podamos causar.

Por regla general, las personas no nos conocemos a nosotras mismas, y en muchas ocasiones no nos damos cuenta de nuestra reacción hasta que no comprobamos los resultados, y aunque nos arrepintamos de dichas consecuencias ya no hay posibilidad de marcha atrás.

Sentimiento este, de arrepentimiento, que nos ayuda para que en análogas situaciones, nos haga pensar antes de reaccionar de manera impulsiva o irreflexiva, y para que cuando la prueba se nos vuelva a presentar, seamos capaces de detenernos un momento y saber actuar de forma positiva.

La experiencia nos demuestra que los seres humanos aprendemos más, mediante la equivocación, porque nos duelen los hechos negativos que se suscitan, que por la complacencia de los buenos resultados. Porque aunque nos satisfagan, nos pueden hacer creer que somos mejores de lo que realmente somos, y podemos caer en el orgullo, vanidad, autosuficiencia…por lo que es positivo siempre una reflexión sobre los actos tanto buenos, como en los que vemos que no hemos estado acertados y han causado daño a nuestros semejantes o a nosotros mismos.

A poco que nos paremos a reflexionar nos daremos cuenta de que casi siempre tropezamos en las mismas faltas que debemos superar; comprenderemos también que la precipitación nos empuja casi, de una forma automática, a la reacción impulsiva cuando debería de predominar la acción controlada.

La prudencia por lo tanto,  sujeta nuestros defectos. Aunque hayamos errado, facilita que reconozcamos nuestros fallos y limitaciones, aprendiendo de ellos, sabiendo rectificar, pedir perdón y solicitar consejo. Ayuda a desarrollar otras virtudes que nos hacen falta para ir creciendo espiritualmente y afrontar las pruebas de la vida con mayor fortaleza y seguridad.

En ocasiones, durante las conversaciones que tenemos con los que nos rodean, nuestros comentarios o formas de contestar, mostramos el respeto que nos causa nuestro interlocutor, y en esa disposición inconsciente que nos producen, (y en ocasiones nuestro estado de ánimo, también, nos puede hacer malas pasadas), presentamos nuestra cara menos amable, evidenciando lo imprudentes que podemos llegar a ser, haciendo comentarios poco edificantes, que en vez de ayudar a las personas que nos rodean, podemos herirlas aunque sea inconscientemente, por eso es conveniente pensar dos veces antes de hablar.

Conseguirla con trabajo diario, nos ayuda  en el  ejemplo que podamos dar a nuestros hijos. Enseñarles la empatía hacia los demás, el ponerse en el lugar del otro y aprender que nuestro comportamiento puede hacer daño al amigo, enseñarles el respeto hacia los padres y a las personas mayores. Les aportará en su  aprendizaje para el futuro, una visión más clara de lo importante que es la prudencia para relacionarse con los demás y para la vida en general, porque nos hace más reflexivos y serenos a la hora de tomar decisiones.

Ser prudente no significa ser cobarde, ni indeciso o pusilánime, sino todo lo contrario, tener unos  principios morales que son las herramientas, de  las que te sirves, para actuar sobre los objetivos y metas que, luchando por ellos, quieres alcanzar, siguiendo el camino más correcto, eligiendo los medios adecuados para conseguirlo. Ayuda a reflexionar y a medir con firmeza y valentía los riesgos de las decisiones que se tienen que tomar.

Una persona prudente es discreta, tolerante, paciente. Ante las diferentes pruebas que le presenta la vida, se toma su tiempo para reflexionar de qué forma debe de actuar para evitar una reacción precipitada. Esto no le garantiza que siempre responda de la manera correcta puesto que los errores son consustanciales a la naturaleza humana y son los que en realidad nos enseñan. Con análisis y esfuerzo conseguirá que las equivocaciones se vayan limando poco a poco, y por el autocontrol que se imponga la persona prudente.

Ir adquiriéndola con el trabajo interno que vamos realizando a lo largo de la vida material, nos capacitará para ir aprendiendo a valorar las diferentes situaciones, de todo tipo, que se nos pueden ir presentando, laborales, sociales, y sobre todo, en las que más nos importan, las familiares.

Los valores morales que vamos acrecentando en nuestro interior, hace que aumente nuestra fe en Dios, sabiendo que Él está pendiente de nosotros, ayudándonos día a día y que siempre nos presentará las pruebas, que tengamos que pasar, en el momento que estemos más fuertes para realizarlas, por eso también hay que aprender a dejar transcurrir el tiempo, pues, en algunas ocasiones es mejor dejarlo correr, siendo nuestra intervención más perjudicial que beneficiosa, provocando que se precipiten las situaciones, finalizando con unas consecuencias no deseadas por nadie.

Desde el punto de vista espírita, hay dos actuaciones en que la prudencia es muy importante:

  1. La mediumnidad: Hay que tener cuidado con lo que se recibe a través de las facultades, hay que analizar, razonar lo recibido y ver si la lógica lo acepta o está dentro los conocimientos espirituales que tenemos. Si provoca duda mejor rechazarlo que creer una falsedad. Allan Kardec decía: “Más vale rechazar diez verdades que admitir una sola mentira.”
  2. La atención fraterna: Cuando se recibe a una persona que va buscando consuelo, respuestas a sus dudas existenciales o simplemente aclaraciones de cualquier tema espiritual, el escucharla atentamente con interés, para saber exactamente qué clase de ayuda necesita, en sus dudas, dificultades o problemas y cuál es la mejor forma de ofrecérsela. Philomeno de Miranda decía: “Escuchar es renunciar. Es la más alta forma de altruismo, todo cuanto esa palabra significa de amor y atención al prójimo”.

La prudencia, como cualquier otra virtud, se consigue con el análisis diario y sincero de lo que hacemos a lo largo del día, de los errores y aciertos que cometemos y cuáles han sido las razones o motivos que nos ha movido a sentir, a pensar y actuar de la forma que lo hemos hecho.

                                                                                               La Prudencia por:   Gloria Quel

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