Trabajo Interior

EL PERDÓN

El perdón en el  Evangelio según san Mateo 18, 21-19,1

“En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces lo tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.”

A lo largo de nuestra vida espiritual, hacemos pausas para bajar a la Tierra, y poder evolucionar más deprisa. Siendo las emociones, las batallas más difíciles en las que tenemos que lidiar continuamente, cuyo ejercicio se realizan a través de las relaciones que establecemos en la convivencia diaria con los demás, de la cual surgen desacuerdos naturales. Estos conflictos se suelen dar sobre todo en los seres más próximos a nosotros por lo que son situaciones que pueden producir daños profundos, difíciles de solucionar.

Las taras o cualidades morales inferiores que no hemos todavía eliminado de nuestro interior, sobre todo el orgullo y la vanidad nos provocan celos, malquerencia, ira, rencor, insatisfacción… causando desequilibrios en las emociones. Estos desequilibrios se muestran incluso en el rostro. Una persona con amargura, ambiciones frustradas, pasiones no resueltas…se plasman en un rostro serio, triste.

Mientras que una persona equilibrada, en armonía consigo misma, con ganas de ayudar a los demás, y con capacidad de perdonar, tendrá un semblante sonriente, contagiando las ganas de vivir. Aquellos que perdonan tienen la vida más saludable y alegre. Los que no perdonan son rencorosos, celosos y con sentimientos contrarios a la vida, siendo personas más afectadas por las dolencias.

Mostramos la falta de madurez espiritual que tenemos, cuando estas desavenencias, en ocasiones nos hacen reaccionar, de forma hostil y con animadversión ante cualquier ofensa. Estos conflictos se pueden encallar hasta tal punto, que los sentimientos que crecen dentro de nosotros llegan a ser de rabia, de odio; generando rencores. Cuando una persona exclama: “Yo nunca le perdonaré lo que me hizo”; esa persona está cometiendo un gravísimo error, que puede significarle muchos años de dolor. Porque el mismo daño que causemos o deseemos, lo recibiremos en la misma proporción. Siendo como es,  la ley del Amor  justa, tenemos que tener siempre presente lo siguiente: La siembra es voluntaria pero la cosecha es obligatoria.

El perdón, tiene acciones beneficiosas tanto espiritual como materialmente. Sabemos que con la muerte, (recordemos que con la desencarnación, mantenemos los mismos pensamientos, sentimientos y tendencias  que con la envoltura carnal),  nuestros enemigos,  sobre todo los vengativos, no desaparecen sino que nos esperan en el espacio para reclamarnos, para perseguirnos.

Puesto que los lazos de odio imantan a los espíritus y esa animadversión se lleva hasta la tumba,  pudiéndose dar el caso de obsesiones por estos espíritus vengativos que quieren hacer daño al enemigo, considerándolo culpable de la mala situación en la que se encuentran. Tanto víctima como verdugo,  por medio de su conducta malsana, provocan esas relaciones de venganza. Por consiguiente si perdonamos al que nos ha ofendido, no sólo cortamos los lazos que nos unen a nuestro adversario, sino que además, se produce dentro de nosotros un sentimiento de paz y  armonía.

Debemos de tener presente que si los demás se equivocan y nos afecta de forma directa, nosotros que tampoco somos perfectos ¡Cuántos errores habremos cometido en el convivir diario, provocando daños u ofensas, sin ser conscientes de ello! Puede darse el caso de tener al lado a un compañero que en ocasiones es insoportable ¡Cuántas veces nuestro comportamiento, puede también ser inaguantable! En ocasiones una sonrisa, una palabra amable, un gesto simpático a tiempo, basta para romper esa tirantez, consiguiendo que ese conflicto no vaya a mayores o incluso desaparezca.

Desarrollando la compasión y la comprensión en las conductas de nuestros semejantes, y haciendo un análisis interno, nos daremos cuenta en donde fallamos, cuáles son las lagunas en nuestro espíritu, aprendiendo a entender mejor a los demás.

La caridad es el sentimiento superior del amor sincero y desinteresado. Darse a los demás sin intercambio de intereses, ver el lado bueno de todas las personas que nos rodean. Es una virtud que nos predispone naturalmente al perdón, si comprendemos al compañero que nos decepciona en su actuar, por conflictos internos que no sabe cómo solucionar, nos resultará más fácil disculparle. Realizando con honestidad nuestro trabajo interno, aprenderemos a perdonar con verdadera espontaneidad de corazón, generando además una energía positiva a nuestro alrededor que nos protege de las energías negativas, que al alcanzarnos, no  pueden penetrar en nosotros.

El perdonar una ofensa, un daño causado, no significa que lo tengamos que  olvidar al instante, acto imposible de realizar por el dolor causado en dicha acción, pero evitando pensar en ello, el olvido se realiza poco a poco. Si tenemos buena voluntad conseguiremos el olvido pleno de los males recibidos, impidiendo que aparezca el resentimiento, siendo este un sentimiento de inferioridad que puede perjudicar nuestro trabajo de evolución, y de paso conseguimos que la maldad de los enemigos no nos contagie.

No dejemos que malos pensamientos se alojen en nuestra mente instalándose en nuestro pensamiento más íntimo. Evitemos desear el mal a nadie. Por eso el Maestro nos invita a perdonar las ofensas antes de desencarnar, para poder irnos con la tranquilidad de espíritu.  Hay que recordar que no podemos ir al Padre con ningún sentimiento de odio en el corazón.

 Cuando guía el amor en los sentimientos, no hay lugar para el resentimiento, sino todo lo contrario, nos invita a trabajar por el bien de nuestros enemigos, auxiliarlos en lo que necesiten y trabajar por hacer el bien a todo el que nos rodea. En otras palabras, poniendo el  amor en acción, conseguimos tener una buena salud emocional y física y establecemos en nuestro interior armonía y calma, estado natural consecuencia de la ley del amor.

Eduquemos a nuestros hijos en un valor tan importante como es el perdón, les ayudará el día de mañana a ser mejores personas, a sentir alegría por la vida, a ser responsables de sus actos. Serán capaces de reconocer las consecuencias y daños que pueden provocar sus errores. Les enseñará a desarrollar la empatía y pensar en los demás a la hora de actuar. Y recordemos que la mejor forma de educar, es por medio del ejemplo que les damos los padres.

El Maestro en el monte del Calvario, frente a sus perseguidores y verdugos,  y mostrándonos el momento culminante del amor, fueron estas sus últimas palabras: Lucas 23, 34: “¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!…

Enseñándonos que la grandeza del amor es más generosa, cuanto más grave y difícil es la situación que nos invita a perdonar.

Alegres los que perdonan, porque se liberan de las ataduras amargas, que siempre obstaculizan las realizaciones más elevadas y obtienen la paz.

 

El perdon por:   Gloria Quel

© 2016, Amor Paz y caridad

 

 

 

 

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