Trabajo Interior

LA MALEDICENCIA

Este mes empezamos una nueva sección, en la que iremos analizando de qué manera podemos reconocer y trabajar sobre nuestros defectos. Una permanente lucha interna que nos hace estar en guardia sobre todos los aspectos de nuestra conducta y proceder, en nuestra relación con los demás.

En las sucesivas encarnaciones por las que pasamos los espíritus, tenemos el fin de ir poco a poco mejorando, consiguiendo una paulatina transformación moral hasta llegar a la perfección, y esta transformación se consigue por medio del trabajo interno, realizándolo con perseverancia día a día.

El progreso consiste en ir cambiando los defectos por virtudes. Esta renovación espiritual se alcanza por medio del conocimiento de uno mismo y a este discernimiento se llega, con el autoanálisis diario de las situaciones y experiencias que vivimos a lo largo del día, detectando donde fallamos, que nos molesta, que dejamos de hacer…

Esta transformación moral, sólo se consigue a través del esfuerzo y del trabajo,  estando al alcance de cualquiera, independientemente de su nivel, de su fuerza e incluso de su claridad mental. Marcarse unos objetivos y proponerse constancia para superarlos, es así como sin darnos cuenta conseguiremos poco a poco la modificación interior.

Comenzaremos con uno de los defectos en los que todos estamos expuestos a caer alguna vez, se trata de la maledicencia, señal de los que guardan rencor y sufren de celos. En menor grado nos encontramos con la crítica y la murmuración igual de dañinas, que se centran más en resaltar los defectos aparentes o reales del  prójimo.

De acuerdo al diccionario de la real academia de la lengua española, maledicencia es la acción o hábito de hablar en perjuicio de alguien denigrándolo.

Los individuos vivimos en sociedad, nos movemos en continuas relaciones sociales y familiares donde se dan en muchas situaciones circunstancias que sirven para que asomen de nuestro interior los defectos o debilidades que tanto nos entorpecen. Este estado nos alienta para que nos fijemos en como los demás actúan y, si esos comportamientos  son rechazables para nosotros, lo haremos público, en una crítica de condena. Por tanto, la maledicencia, la crítica y la murmuración  pueden llevar al ser humano, a fijarse en el error del otro más que en el de uno mismo.

Esta misma forma de actuar, contando lo que vemos sin profundizar y sin valorar el perjuicio que ocasionamos a la persona enjuiciada, y lo que es peor lo hacemos a veces, inconscientemente, delante de los niños, dándoles mal ejemplo, con un comportamiento rechazable, además que si es una persona cercana podemos mediatizar la relación del niño con dicha persona.

No somos perfectos y siempre deberíamos analizar las situaciones y a nosotros mismos antes de comentarlas, pues son nuestras carencias las que provocan que interpretemos erróneamente situaciones que nos sacan de nuestro estado de comodidad, ya que ese malestar  nos indica donde estamos fallando. Actitud sobradamente egoísta, porque advertir de dicho comportamiento, es para mostrar que se es mejor que el contrario, ignorando que la mayoría de las veces lo que nos hace saltar es la proyección de nuestros propios defectos en el hecho criticado. Crítica que por otro lado siempre suele ser destructiva, dañina para quien la recibe pero también para quien la realiza, ya que será el responsable de las consecuencias que se desprendan de dicha acción. Tanto a nivel material como, sobre todo, espiritual.

 Las actuaciones mínimamente reprochables del otro ¡¡con qué facilidad se ven!! pero cuánto cuesta ver las imperfecciones morales propias. Estas carencias provocadas  por la envidia, la ira, el rencor, el orgullo…lo que nos estimula sin ningún tipo de control, para hablar del contrario sin miramientos, provocando rumores muchas veces sin ningún fundamento, que luego son difíciles de parar creando un daño innecesario a la persona afectada.

Se ofende, injuria y calumnia con un desparpajo increíble, si preguntamos a quien nos viene con esas habladurías, de donde ha sacado esos comentarios, responderá: “me dijeron”, “lo oí en una conversación”, “me lo contó un amigo”. En muchos casos la maledicencia se basa en afirmaciones de supuestos hechos “no presenciados”, o de interpretaciones muy arbitrarias, pero una vez que han sido pronunciadas causan un perjuicio difícil de reparar.

Entre otras razones porque estos juicios se dan siempre en ausencia del criticado, lo que permite que sean  más mordaces y burlescos. Siendo así nuestro comportamiento más nocivo, más merecedor de corrección y censura que de aquel que pretende dañar.

Cicerón decía: “Nada hay tan veloz como la calumnia, ninguna cosa más fácil de lanzar, más fácil de aceptar, ni más rápida en extenderse.”

Esta acción nos marca la falta de caridad, de indulgencia que tenemos hacia  el prójimo, lo que conduce a una crítica que se caracteriza por una falta de piedad e irreflexión,  midiendo la conducta del otro con recursos que ni son  justos ni nobles, pues salen de nuestros defectos, lo que no nos deja ser objetivos a la hora de valorar la situación, no estando capacitados para conocer la causa real, las verdaderas intenciones que producen las acciones y realidades.

Y aunque sucede que se ignore las razones por las cuales la persona actúa así, nos sentimos con derecho a penetrar en la problemática que le envuelve y esa ignorancia de los motivos que le llevan a actuar así, es justo la que nos tendría que hacer callar.

Es verdad que quien hace algo por los demás está expuesto a que se le critique, muchas veces por  personas que son incapaces de hacer nada. Analicémonos, ahondemos en nuestro interior tratando de mejorar día a día, procuremos conocernos a nosotros mismos y sepamos cuales son nuestros límites para que por medio del trabajo interior ir mejorando, y por cada defecto que vayamos a criticar a los demás, desarrollar el contrario. Por ejemplo: ante el egoísmo seamos generosos; ante la rebeldía, consigamos la docilidad…  No perdamos el tiempo en murmuraciones y críticas que nos restan energías positivas.  Pensemos que mientras más trabajemos en nuestro interior, mejores personas seremos, volviéndonos  más tolerantes con los errores ajenos y más exigentes con los propios.

El análisis del error es siempre una actitud necesaria, cuando no se realiza con intenciones negativas lejanas de la ley de amor y de caridad. Analizar para auxiliar, para corregir, para educar, es una valiosa contribución del ser moral y espiritual.

 Este cuento anónimo nos puede ayudar a ser cuidadosos y prudentes con lo que decimos a los demás,  y que un silencio a tiempo puede evitar un comentario negativo, además de ser un signo de respeto al semejante.

 LAS TRES REJAS

  Un joven discípulo de Sócrates llega a casa de éste y le dice:

– Escucha, maestro. Un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia.

– ¡Espera! – Lo interrumpe Sócrates- ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?

– ¿Las tres rejas?

– Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?

-No. Lo oí comentar a unos vecinos…

– Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme ¿es bueno para alguien?

– No, en realidad, no. Al contrario…

– ¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?

– A decir verdad, no.

– Entonces –dijo el sabio sonriendo- si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.

No seamos ningún germen que ocasione maledicencia y si la muralla que la detenga.

Gloria Quel

©2015, Amor,paz y caridad

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