Trabajo Interior

LA VIRTUD DE LA JUSTICIA

En el Libro de los Espíritus, libro tercero; Leyes Morales, capítulo XI, en la pregunta 875 – ¿Cómo puede definirse la justicia? – La justicia consiste en el respeto a los derechos de cada uno.

La vida material es un campo lleno de experiencias y oportunidades para crecer o estancarnos en el crecimiento espiritual, en ese progreso moral por el que trabajamos internamente, haciendo que se acreciente el sentido de la justicia.

Para practicar la justicia de verdad, hay que tener desarrollado tanto el amor como la caridad, pues sin esos dos sentimientos asentados en nosotros es más difícil ser justos, pues por el amor aprendemos a tratar a los demás como quisiéramos que nos trataran a nosotros mismos, y la caridad nos conduce a ayudar al prójimo; por medio del pensamiento, pidiendo por el que lo necesita, con la palabra, consolando, animando, a la persona que pueda necesitarla, y por medio de la acción, colaborando para ayudar a quien pueda tener carencias.

A medida que nos vamos despojando de imperfecciones, de debilidades que nos entorpecen, en el caminar hacia nuestro adelanto evolutivo, contemplamos con mayor objetividad y lucidez los hechos y acontecimientos que nos presenta la vida material. Mientras más trabajemos en nuestra limpieza interior, el sentido moral y el discernimiento, profundizaremos más en las nociones del bien y del mal, de lo justo e injusto, por lo que la responsabilidad moral de los actos de la vida la iremos ampliando. Por lo tanto, excusarse de las faltas o actos inapropiados es síntoma de una cierta inmadurez espiritual, un querer escaparse de las situaciones, para no afrontar las verdaderas responsabilidades.

La justicia es un sentimiento natural que se desarrolla y engrandece con la moralidad y la inteligencia, con total independencia del grado cultural, pues se trata de una cualidad innata que va creciendo, al igual que todas las facultades que tenemos depositadas en el fondo de nuestra alma, en función de nuestro desarrollo espiritual, de las distintas experiencias y pruebas, a lo largo del devenir de nuestras sucesivas encarnaciones.

No siempre es fácil ver la justicia en hechos que nos acontecen a lo largo de nuestra vida, y nos rebelamos ante situaciones que no entendemos porque han pasado, sin saber que son consecuencia de nuestra conducta pasada. Esa misma rebeldía nos indica lo injustificable de nuestro proceder, pues no sólo no se obtiene ningún beneficio con esta actitud, sino que nos bloquea ante posibles soluciones que se le podría aplicar al hecho en cuestión teniendo un poco de buena voluntad. Pero es que además esa rebeldía se proyecta hacia las personas del alrededor, creando un ambiente de negatividad que no permite recibir ayuda, claridad para poder ver el camino de salida de una situación que no se entiende, sin que por ello deje de ser justa.

Estas circunstancias, son las que más alejan al hombre de Dios, las que son aparentemente injustas, situaciones que no se comprenden. Tenemos la fea costumbre de juzgar sin comprender, porque ese juicio esta mediatizado por nuestras deficiencias morales, por lo que no vemos más allá de lo que nuestros ojos y razonamiento llegan a alcanzar. Nos equivocamos si queremos ver como base de apoyo el presente, sin profundizar que el presente, es el resultado de nuestro comportamiento del ayer.

Todos los errores humanos, el daño que provocan y todas las situaciones adversas que podemos vivir, son consecuencia de las injusticias que los hombres cometen los unos contra los otros. Estas acciones, faltas de objetividad, pueden atentar contra la dignidad, respeto u honorabilidad de nuestros semejantes. Además no siempre nuestros comentarios o acciones son suficientemente objetivos, pues carecemos, debido a nuestras imperfecciones y muchas veces a la falta de prudencia, del entendimiento necesario para valorarlas de tal forma que nos permita actuar de manera totalmente ecuánime.

Otra condición que nos puede provocar rechazo y rebeldía, es el dolor. Hoy en día, en la sociedad de bienestar en la que vivimos, cuesta entender el sentido que tiene el dolor en nuestras vidas. No llegamos a comprender que el dolor nos transforma y fortalece, aprendemos la resignación y nos purifica. Es un mecanismo que el Padre pone en nuestra vida material, por el gran beneficio que reporta en la adquisición de valores imperecederos y de un destino espiritual dichoso.

¿Por qué nos otorga la posibilidad, Nuestro Padre, de volver a una envoltura material tantas veces como lo necesitemos? Para que podamos ir corrigiendo y depurando nuestros fallos con nuevas pruebas, en la vida corporal. Como muy bien se refleja en El libro de los Espíritus, capítulo II, en la pregunta 167 – ¿Cuál es el objetivo de la encarnación?.- La expiación, el mejoramiento progresivo de la humanidad. Sin eso, ¿dónde estaría la justicia?

Por tanto, la naturaleza de la Justicia Divina es perfecta, y no posee privilegios para nadie. El Padre da a cada uno lo que necesita o merece, y ahí entran los méritos o deméritos que consigamos en nuestro trayecto hacia la perfección. Tampoco nos da una carga que no podamos soportar, porque nos conoce y desea que crezcamos teniendo en cuenta nuestras limitaciones, proporcionando las experiencias necesarias en cada encarnación para ir ampliando nuestra espiritualidad, y siempre con las herramientas necesarias para poder aprovechar las oportunidades que se nos presentan.

Otro de los aspectos de la justicia muy importante se encuentra en la educación de los hijos. Los padres siempre tienen que ser imparciales, los criterios de educación han de ser los mismos para todos, siempre con amor y sabiduría, tratándolos de igual forma, evitando favoritismos, estableciendo normas justas, no prejuzgando de antemano y evitando comparaciones. Estableciendo una reflexión continua porque no hay dos iguales y al tratarlos no se puede obrar siempre de la misma forma, teniendo en cuenta que hay que dar a cada uno en función de sus necesidades y características; sabiendo que lo que a veces vale para uno no sirve para el otro, y viceversa. Conocer sus virtudes potenciándolas y los defectos enseñándoles a ir controlándolos. Pedir perdón si nos equivocamos. Ayudarles a pensar las consecuencias de una acción antes de realizarla. La importancia del ejemplo de la rectitud y la dulzura, que han de ver los hijos en sus padres, para que vayan asimilando la importancia de un sentido justo de la vida, aprendiendo a ponerla en práctica a lo largo de su existencia material, haciéndolos más tolerantes, objetivos, atentos…

En conclusión, la justicia expresa su equilibrio en los actos de amor y sabiduría. Cuando hay justicia no hay confusión porque cuando se practica, todo está perfecto. El equilibrio necesario entre el corazón y la razón se conquista en el interior de cada persona, manteniendo tranquila la conciencia y libre el alma.

La responsabilidad moral que vamos adquiriendo nos hace valorar la importancia del ejemplo, con un comportamiento recto que nos lleve hacia el respeto que debemos de mostrar hacia los derechos de los demás, actuando con equidad.

                                                                                                                                                                      Gloria Quel
©2015, Amor,paz y caridad

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