Editorial

MUCHO MÁS QUE UNA MÁQUINA

“Siendo producto de la mente, el acto de pensar no es una secreción del cerebro sino una emanación del espíritu, originando así los procesos mentales como la razón, el discernimiento o la memoria que culminan en la conciencia”

Libro: Mentes Interconectadas – Dª Suely Caldas Schubert

Desde los nuevos planteamientos puramente científicos que están cambiando el paradigma científico de la concepción del Cosmos y de la realidad, aspectos como la influencia del alma humana y su trascendencia como conciencia, en la vida del hombre y del universo, no parecen nada complejos. Mucho menos si desligamos toda su naturaleza únicamente del obsoleto concepto de que el alma es únicamente un epi-fenómeno exudado por el cerebro. 

Si la conciencia tiene tanta importancia en la percepción de la realidad, según nos confirma la física cuántica, es indudable que la conciencia tiene que tener una naturaleza trascendente a la materia y no ser fruto de la misma. La conciencia o la mente, según queramos denominar algunos aspectos de la psique humana que trascienden las células neuronales y observan y modifican la realidad, son aspectos de ese ser integral eterno y en continuo cambio y transformación  que es el espíritu o alma humana.

Así pues, los principios básicos del universo, como la materia y la energía, se rigen por leyes, muchas de las cuales ya hemos descubierto. Sin embargo, en la comprensión última de la realidad nos queda mucho camino por recorrer. El primer paso es la confirmación -ya dada- de que la conciencia del observador influye, modifica, transforma y es capaz de alterar la realidad de la materia. 

Analizando la evolución del pensamiento y la relación entre mente y materia, la confirmación de la física no es otra cosa que asistir al entierro definitivo del materialismo, que considera que la materia es la única realidad y, por tanto, inconsciente. Es algo evidente que ahora mismo, estimado lector, usted es consciente.

El pensamiento enfrentado al materialismo que surgió con Descartes era el dualismo, que definía el cuerpo del hombre como una máquina,  y el alma humana como algo inmaterial. Este planteamiento no explicaba tampoco cómo la mente incorpórea (alma) es capaz de interactuar con el cerebro.

Posteriormente, el llamado “pansiquismo” (“pan”: en todas partes – “psique“: alma o mente) defiende la idea de que incluso los átomos tienen una especie de “mentalidad” o de “experiencia”.

Si queremos trascender el sentido último de la materia como un principio en constante cambio, transformación y modificación hacia formas de energía organizadas en sistemas, descubrimos implícitamente en ella el principio energético”. Este principio energético es, sin duda, comparable a esa chispa, esa psique, esa energía que aparece en toda la materia que existe (subyace en átomos y moléculas).

Este principio, desarrollado mediante el proceso de la evolución, es perfectamente asimilable al alma humana cuando, llegado su tiempo de máximo desarrollo psíquico y adquiriendo las facultades superiores del espíritu, se transforma en  el principio inteligente.  En sus primeras etapas actúa únicamente sin desarrollo de conciencia, pero sí bajo su propia individualidad  y experiencia (animales, plantas, virus, etc.), animando la materia orgánica hasta llegar a convertirse por “evolución simultánea”(*) en un ser consciente, inteligente, con vida propia, libre albedrío, individualidad y capaz de superar los límites del tiempo y el espacio hasta conquistar mayores etapas de desarrollo, conocimiento y evolución.

Si nos acercamos a “los campos mórficos de la nueva Biología” (Dr. Rupert Sheldrake), es necesario el paralelismo del campo mórfico de los sistemas biológicos con el “periespíritu” (ese cuerpo energético que mantiene la vida y la cohesión celular). También llamado M.O.B. (modelo organizador biológico) derivado de los sistemas organizadores biológicos que intervienen en la biogénesis y evolución de los seres vivos. Este es el eslabón que le falta al dualismo y que el espiritismo coloca como cuerpo intermediario que permite la concesión entre una mente inmaterial (la del espíritu) con un cuerpo material (a través del cerebro).

Al respecto de la supervivencia del organizador biológico, el Ingeniero e investigador Hernani Guimaraes Andrade nos explica, en el capítulo VI del Libro Muerte, Renacimiento, Evolución lo siguiente:

“Hay evidencias de que el organizador biológico conserva la memoria de sus experiencias y atributos psicológicos. Con la muerte sufre alguna alteración de su estado de conciencia, sin embargo esta alteración no implica la pérdida de identidad, y su personalidad deberá mantenerse”

De todas estas investigaciones y otras muchas que se están realizando podemos deducir, sin temor a equivocarnos, que queda mucho por andar en el descubrimiento de la realidad y el origen de la vida, en el conocimiento de la conciencia y en su trascendencia en el tiempo y en el espacio. 

El tiempo que se abre ante nosotros es fascinante, pues lejos de negar por negar, la ciencia está acercándose cada vez más a las verdades universales que a lo largo de la historia han formado parte del sustrato íntimo, personal e intransferible del ser humano. El innato sentido del hombre respecto a su origen divino, que le acompaña desde que apareció en la Tierra como Homo sapiens, la íntima percepción de la eternidad del alma humana trascendiendo la muerte.

 Y sobre todo, el sentido de un universo armónico, perfecto y con propósito, que todavía no vislumbramos pero intuimos como el significado de una obra al servicio de la especie humana, elegida por la Causa primera como el culmen de su expresión creadora en el trayecto hacia una perfección y felicidad para la que está destinada.

Qué lejos quedan estos planteamientos de la triste visión naturalista de un universo sin propósito, donde el hombre apenas es una colección de átomos en movimiento, sin significado alguno. Donde la vida no es más que un accidente derivado del azar y de la casualidad, y donde los valores que engrandecen al ser humano: Belleza, Libertad, Amor, Creatividad, Introspección, Justicia, Sentimiento, Emoción, etc., son únicamente expresiones de unos genes ciegos sin conciencia alguna que sobreviven y de adaptan, conformando en nuestro cerebro actitudes que perviven únicamente por características biológico-psicológicas heredadas de nuestros ancestros.

Elijan la visión que prefieran. Sin embargo, no podrán nunca -aunque quieran- eliminar de sus vidas los aspectos y facultades superiores del alma humana que los distinguen como seres únicos, extraordinarios, individuales, capaces de crecer, de sentir, de crear, de vivir en plenitud, de experimentar lo bello, lo sublime, llenando su vida de significado y propósito en aquellas realizaciones que libremente decidan emprender. 

Esto es “humanidad”, y no se consigue con QI (Coeficiente Intelectual) ni con aleatorias combinaciones de algoritmos que nos conceden una identidad que sobreviene por casualidad, mecánicamente y sin libre albedrío, dirigida por unos genes ciegos que actúan aleatoriamente, sin propósito ni sentido alguno.

Tampoco la realidad que percibimos es toda la realidad que existe en el Universo. Son muchas las cosas que ignoramos y que la ciencia todavía no puede explicar. Sin embargo, la certeza de la inmortalidad del alma, la existencia de Dios y la justicia de las leyes que articulan la vida del alma humana son la mejor de las evidencias para la esperanza, la vida y el futuro del hombre del siglo XXI.

Mucho más que una máquina por:  Redacción

©2018, Amor, paz y caridad

(*) Evolución Simultánea: Hace referencia a la evolución paralela de las especies por selección natural, según Darwin, junto a la evolución y desarrollo del principio espiritual que da origen al psiquismo animal que posteriormente incorporará los principios superiores de la mente y la conciencia (espíritu), apareciendo así el hombre.

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