Evolución del espíritu

CREACIÓN DEL ESPÍRITU: SUS PRIMEROS PASOS

CREACIÓN DEL ESPÍRITU

Dios creó a todos los espíritus simples e ignorantes, vale decir, desprovistos de ciencia. Asignó a cada uno una misión con el objeto de iluminarlos y hacerlos acercarse progresivamente a la perfección mediante el conocimiento de la verdad, y a fin de aproximarlos a Él.”

El libro de los espíritus, Cap. Primero, articulo 115. Allan. Kardec

 

Consideración a tener presente, esta que lanza el codificador cuando dice “mediante el conocimiento de la verdad, y a fin de aproximarlos a Él” Pero… para esos espíritus que inician su evolución, ¿cuál será ese conocimiento de la verdad? Sin duda, no habrá de ser un conocimiento intelectual o teórico, sino un conocimiento natural extraído de su vida y experiencias, un aprendizaje arrancado de ese entorno hostil en el que se desarrolla y en el que pone a prueba sus habilidades. Habilidades que proceden de sus propios instintos y de las herramientas que, como espíritu, ya posee desde el mismo instante de su creación: la voluntad y el libre albedrío, a las que añadiremos la conciencia y la intuición, desarrolladas a lo largo de sus múltiples existencias. El espíritu es creado por Dios simple e ignorante, pero sin maldad, lo que equivale a decir puro e inocente. 

Carece de maldad y posee los mismos condicionantes para decantarse tanto hacia el bien como hacia el mal. Pero existe una faceta a destacar que resulta fundamental: el espíritu, cuando es creado, dentro de su simpleza e ignorancia, carece de imperfecciones, no está predispuesto a practicar el mal. Puede hacerlo, ¡qué duda cabe!, pero siempre como resultado de su falta de experiencia. Ahora bien, no lo hace de mala fe, por lo tanto no se le puede imputar responsabilidad alguna; tiene una lección que aprender, y solo si es reincidente se le podrá hacer responsable y aplicar el correctivo que la ley considere.

Quizá esté fuera de contexto decir que, para ascender en su evolución, necesita ejercer el mal; mejor deberíamos decir que aprende, en parte,  equivocándose. Y se equivoca porque está teniendo sus primeras experiencias, todo le resulta nuevo y no conoce aún con verdadera claridad  las diferencias entre el bien y el mal. Evidentemente, no le faltarán oportunidades para aprender las diferencias entre estos dos estados.

Hay quienes piensan que, indefectiblemente, todos los espíritus han de acumular malas decisiones y complicar su evolución hasta el punto de verse obligados a reencarnar, una y otra vez, a lo largo de numerosas existencias plagadas de sufrimiento. Esto no tiene por qué ser necesariamente así, pues de serlo, nos obligaría a admitir que el hombre es una suerte de autómata, y que todos los individuos, sin excepción, cometerán las mismas o similares malas elecciones. Ignorancia y sencillez no llevan implícitos error y maldad porque, entonces, ¿dónde quedaría el libre albedrío?, ¿el uso de la fuerza de voluntad, la intuición y la conciencia?

Porque estas cualidades, aunque latentes, ¿no son acaso facultades inherentes al propio espíritu, nacido a imagen y semejanza de Dios?

“Unos la aceptan con sumisión y llegan más pronto a la meta que les ha sido asignada. Otros sólo las soportan de mala gana y quedan así, por su culpa, lejos de la perfección y de la felicidad prometida”.

El libro de los espíritus, Cap. Primero, 115, Allan Kardec.

Desde el mismo instante en que el hombre es creado por Dios disfruta de voluntad y libre albedrío. Esto significa que dispone ya de la capacidad de elegir entre el bien y el mal, que tiene la posibilidad de escoger un camino u otro. Y, sin ánimo de entrar en discusiones, tenemos el convencimiento de que éste es el camino más fácil de que disponemos para entender, con claridad, su proceso de evolución como ser pensante,  libre y consciente de su propia existencia.

Si el individuo no hubiese sido creado diáfano, simple e inocente, no tendría la oportunidad de progresar y de elegir su propio camino, acertado o no. Pero, al ser ignorante y carecer de toda maldad, la ley de evolución le facilita toda suerte de nuevas oportunidades. Son la fuerza de voluntad y el libre albedrío los que juegan aquí un papel preponderante, junto el rechazo de su conciencia a tomar un sendero equivocado. Son atributos que todo ser posee, sin excepción, y que marcarán las diferencias según sea su uso, adecuado o erróneo.

Valga como símil el de esa persona que nunca se ha puesto un cigarro en la boca, sabedor de lo perjudicial de ese hábito, y que, por mucha publicidad que puedan lanzarle, jamás se convertirá en fumador. No es imprescindible experimentar el vicio del tabaco, ni tener que pasar una grave enfermedad o incluso morir por su causa, para más tarde sentir la necesidad de rehabilitarse y renunciar a sus ¿placeres? Igual sucede con otros muchos vicios más y con las deficiencias del carácter. Solo hay que ver hacia dónde llevan los vicios a determinadas personas y aprender de su ejemplo para no repetirlo.

¿Qué hace que una persona se convierta en fumadora a pesar de conocer los riesgos y problemática inherentes?  Y ¿qué impulso hace que otra persona descarte tan pernicioso vicio? Simplemente el libre albedrío, su capacidad de elección y la fuerza de voluntad. Por muy irracional que pueda parecer el libre albedrío, es la fuerza que impele al individuo a escoger su propio camino, y al mismo tiempo un destino feliz o desdichado.

No todos somos autómatas ni tropezamos con la misma piedra, pues entonces dejaríamos de tener la libertad de elegir, de ser entidades individuales. Estaríamos condenados a pasar por los sufrimientos necesariamente, para luego tener que conquistar la felicidad.

Si esto llegase a suceder, Dios quedaría relegado a una entidad perfecta pero incapaz de crear seres librepensadores y capaces de escoger entre las diferentes opciones que la vida les presenta, salvo por el sufrimiento, y no es así, también se progresa por el camino del amor y gracias a escoger de primeras el camino del bien. Aquella idea sería poner límites  a  la sabiduría del Creador.

Diariamente observamos infinidad de personas de carácter sencillo y de limitados conocimientos (por haber recibido apenas formación) que, a pesar de sus limitaciones, carecen de un ápice de maldad y son humildes y bondadosas. Y no puedo por menos que preguntarme: ¿cómo puede esto suceder si carecen de capacidad intelectiva? En el ángulo contrario, vemos a otras personas que acaparan conocimientos y sólo los emplean en su propio beneficio y en su egoísmo personal. Muchos de ellos llegan incluso a irradiar una ambición y maldad desmesuradas.

Por tanto, yo les digo a todos aquellos que consideran necesario poseer grandes conocimientos para no equivocarse que están cometiendo un grave error. Conocimiento no es sinónimo de progreso bien encauzado, del mismo modo que la ignorancia tampoco es sinónimo de errores.

En estas facetas cotidianas de la vida prima la buena conciencia del individuo y la premisa de evitar los malos hábitos y las tendencias perversas. Tendencias que son producto de las imperfecciones y de los defectos, agrandados por la comodidad y la escasa utilización de la fuerza de voluntad.

En idéntica medida, la ayuda de una sana envidia debería ser un acicate para conseguir mayores logros personales, pues quienes así actúan están escuchando la voz de la conciencia y resistiendo las tentaciones materiales; decididos a no realizar aquellos actos que su conciencia no aprueba.

La dicha eterna y pura reside para ellos en esa perfección. Los espíritus adquieren tales conocimientos al pasar por las pruebas que Dios les impone. Libro de los espíritus, Allan Kardec.

Dios, efectivamente, impone pruebas. Pero ¿qué fin pretenden?

Consideremos el hecho de que el espíritu, por muy atrasado que esté, al completar cualquier acto reciba algún elemento que le ayude a distinguir entre el bien y el mal, reciba sensaciones, estímulos, que le vayan aclarando el conocimiento de esa misma verdad que los espíritus expresaron a Allan Kardec. Pues afirmamos que esto sucede así, tanto mientras permanece en el cuerpo físico como cuando pasa al plano etéreo. El ser, entonces, analiza y reflexiona, decidiendo repetir las experiencias en otro cuerpo físico para superar todos aquellos defectos que le perjudicaron y limitaron su evolución.

Debemos saber también que, en esas primeras fases de la evolución, los espíritus no caminan solos, pues desde el mismo instante en que Dios los lanza al arduo camino de la lucha por la perfección, ya pone a su disposición la ayuda espiritual necesaria para su desenvolvimiento. Esto resulta de pura lógica, pues no cabe admitir que un Padre deje a sus hijos a su suerte y sin ningún tipo de ayuda espiritual; ayuda que se materializa en forma de consejos, intuiciones, decisiones acertadas y rechazo a las influencias negativas.

Por tanto, y desde estas líneas, deseamos romper una lanza a favor de la grandeza de Dios y de su máxima expresión: el espíritu humano, entidad capaz de iniciar su proceso de evolución y de la búsqueda de la perfección impulsado por la propia ley de evolución, que le impele a conseguir mayores metas sin necesidad de pasar por el mal, sin necesidad de complicarse en vidas de sufrimiento y de expiación, de esas experiencias que son el resultado de las malas elecciones, de los errores y de la comodidad, al no haber ejercitado la acción correctora de la humildad y la voluntad.

Estos son esos sus primeros y difíciles pasos, pero contará siempre con la ayuda de un cuerpo físico bien adaptado, de un psiquismo y de los instintos capaces de ayudarle para que su camino sea, desde el inicio, bien encauzado. Evidentemente se equivocará, pero sentirá arrepentimiento y deseos de mejora, y con el refuerzo de esos impulsos y la evidente colaboración del plano espiritual podrá adelantar un gran trecho en su evolución.

 

La creación del espíritu por: Fermín Hernández Hernández

© 2017, Amor, Paz y Caridad

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