Evolución del espíritu

CONCLUSIONES SOBRE LA EVOLUCIÓN DEL ESPÍRITU

No hay mayor viajero que el espíritu.

A lo largo de su periplo evolutivo, cuántos universos conocerá el espíritu. Cuántas vidas, cuántos pueblos, cuántos cuerpos encarnará, cuántos padres, madres, hijos, hermanos, amigos, cuántos, cuántos… qué viaje tan largo, tan intenso, tan sin parar, tan próspero y fructífero, tan glorioso; cuánta carga de deseos, de sentimientos, de emociones, de  dichas y desdichas, sufrimientos y gozos… y con todo puede. Qué fuerza tan irrefrenable nos da nuestro creador, cuánta vida, cuánta luz y cuánto todavía por emprender. Y es que el progreso es una ley universal, está implícitamente en nuestro ser y nadie lo puede parar….. Y  nos creíamos que con la muerte acababa todo.

Somos los beneficiarios de la obra de Dios, herederos de su amor y de su sabiduría; no obstante, mientras alcanzamos por nuestro trabajo, esfuerzos y méritos todo aquello que nos aguarda, somos también herederos de nuestros actos, de nuestro ayer, del pasado que nos rinde cuentas; para el debe o el haber, de todo cuanto sembramos y que irremediablemente dará su fruto, para el engrandecimiento de la conciencia y de nuestro ascenso hacia el perfeccionamiento espiritual.

Como creación suya que somos, herederos por derecho y beneficiaros de su obra, nuestro Padre no nos pone trampas en el camino, no se esconde para amedrentarnos; ya sabemos que no es un Dios justiciero, cruel, vengativo, irascible; es un Dios de amor, bondadoso e indulgente, pero no por ello nos lo da todo regalado. ¡No tendría sentido! No podríamos valorar aquello que no sabemos el coste que tiene, porque lo tenemos ahí disponible para disfrutarlo; no, Él es un Dios justo y quiere que seamos merecedores de la felicidad por derecho propio, no por privilegio o dádiva sin mérito.

Por ello, aunque tengamos que ganarnos a pulso, con el sudor de la frente, todo aquello que nos espera, Él quiere que lleguemos lo antes y lo mejor posible a su lado, que seamos parte integrante de su creación, como hijos suyos. Nunca seremos dioses, tal cual Él lo es, pero seremos participes y coprotagonistas de su obra, contribuyendo en la misma.

La Tierra no es un valle de lágrimas, la vida no es un suplicio irremediable para la mayoría y una gloria para unos pocos, “como solemos decir”; no. La Tierra es una escuela de aprendizaje y la vida es un don, es el mejor regalo que sí nos ofreció Dios. Como ocurre con todo, los novicios a veces pagan la consecuencia de su inocencia, cometiendo errores, pero se pueden reparar fácilmente, con buena voluntad y con buena conciencia. Pronto, los buenos estudiantes se dan cuenta de lo que tienen y no tienen que hacer. Pronto saben cuál es el método para adelantar más y más, para no tener que repetir asignaturas, desde el esfuerzo y el trabajo, con humildad y constancia; todo lo demás va llegando poco a poco en su momento.

Cuando comenzamos nuestro progreso, somos primerizos, novatos, alumnos sin experiencia, pero con el don del progreso en nuestro interior, aunque no lo sepamos, hemos sido creados para aprender, para progresar, para emprender un viaje sin retorno. Desde el más tierno principio ya somos capaces de escoger, aunque de forma muy rudimentaria; comenzamos a elaborar pensamientos,  comenzamos a construir un micro hogar, a esbozar una sociedad; eso es lo que nos distingue del resto de los seres vivos, la capacidad de pensar, de razonar, de aprender, de progresar más y más.

Todo lo tenemos que aprender, y la VIDA se encarga de eso, poniéndonos en el camino una serie de obstáculos, una serie de necesidades, primarias en principio, que se van ampliando en la misma medida que avanzamos; poseemos una serie de instintos heredados del psiquismo en la fase pre-humana, los instintos nos dotan de mecanismos que nos ayudan a sobrevivir, a defendernos de la dureza de la vida en las primeras fases primitivas, y junto a las cualidades del espíritu comenzamos la andadura hacia la búsqueda de la felicidad y la perfección. Como novicios nos equivocamos, pero como espíritus que somos comenzamos a maniobrar, a corregirnos; aprendemos sobre la marcha, constantemente, sin cesar, despacio pero sin pausas; la ley del progreso constantemente vibra dentro de nuestro ser. No tenemos por qué anclarnos una y mil veces a cometer los mismos errores. Salvo que por rebeldía u obstinación lo queramos así.

Las prisas no son buenas; querer conseguir las cosas sin esfuerzo es imposible; rebelarse ante el hecho de tener que hacer marcha atrás y corregir los errores no conduce tampoco a la consecución de la buena conciencia, de la paz, de la felicidad. Rebeldía y comodidad son dos grandísimos obstáculos para el progreso, son carencias que nosotros mismos nos creamos, fuerzas contrarias a la evolución y a los valores e instrumentos que Dios pone en nuestro espíritu para alcanzar las metas y los objetivos que nos corresponden en cada nueva existencia.

Todas las complicaciones y retrasos, padecimientos y sufrimientos que experimentamos en exceso, no son sino consecuencia de habernos desviado del camino del bien; ese que trazado está en la conciencia, y que todos los hombres de bien saben sentir y seguir, por ley natural. Cuando tomamos otros caminos, nos aventuramos a perdernos, a contraer riesgos y peligros innecesarios. No podemos violar las leyes universales sin consecuencias dañinas para nuestra propia evolución; ya es bastante con recorrer el camino superando las pruebas y todas aquellas experiencias que hemos de vivir continuamente, que ponen a prueba nuestros valores: la razón, la inteligencia, la fuerza de voluntad; experiencias que ponen aprueba nuestros instintos, los miedos, la desconfianza; tantos y tantos golpes que, a semejanza del metal, tenemos que asumir para forjarnos a nosotros mismos.

Este es el gran mérito, el gran trabajo, la gran odisea que representa el hacer frente, en cada momento, a las vicisitudes de la vida, sabiendo sufrir estoicamente todas y cada una de las inclemencias del vivir diario; no exentas de penalidades y de sometimiento de la materia en pos del espíritu; esta es la grandeza de los espíritus fuertes, abnegados, que ponen su fuerza de voluntad y la conciencia que van adquiriendo para salir victoriosos de las pruebas de la vida. A cada momento nos puede asaltar un sentimiento de egoísmo, de comodidad, de envidia, de malquerencia, si nos sentimos ofendidos o atacados en nuestros intereses; infinidad de sentimientos y emociones que nos asaltan en el día a día y que hemos de saber gestionar, controlar, rectificar, pagar bien por mal, perdonar, sacrificar, dar; esto requiere de saber sufrir, saber vivir, resistir las mil y unas tentaciones en la materia, del entorno, de las influencias perniciosas.

Los espíritus buenos sufren de afuera hacia adentro, en silencio, venciendo todas las tentaciones y provocaciones que le llegan; saben sobreponerse a ellas y aceleran sobremanera su desarrollo espiritual, acentúan sus virtudes, crecen interiormente y disparan su progreso. Esta es su grandeza; el sacrificio, entendimiento y bien hacer les llevan a la cima, al tope que han de conseguir en las diversas vidas, y cada vez que encarnan les resulta más fácil y menos penoso su progreso.

Los espíritus rebeldes, cómodos, violentos, que llegan al estado en que sólo les complace el mal y no quieren trabajar por su regeneración, sufren de adentro hacia afuera; todo les contraviene, todo les molesta, nada quieren hacer por amor y hacia los demás; confunden su porvenir anclándose en el mal y, por tanto, al sufrimiento; y por ende, justifican el estado al que llegan de deterioro y de animalidad culpando a todos menos a ellos mismos; no se consideran responsables por haber llegado hasta esas cotas de degradación y de inferioridad. De este modo, multiplican por cien sus sufrimientos, así como el trabajo que habrán de realizar para llegar a la misma meta que todos hemos de alcanzar, la plenitud, despojándonos de las impurezas e imperfecciones y logrando toda la grandeza que subyace en estado latente en nuestro espíritu.

El camino a recorrer es el mismo para todos; mientras que para Dios no existe el tiempo, para nosotros sí. Dependemos de nosotros mismos exclusivamente, nadie va a recorrer ninguna parte del camino por nosotros, nadie puede vivir nuestra vida, ni echarse a sus espaldas las experiencias que nos toque pasar. Por lo tanto, cada uno de nosotros se marca sus metas y objetivos, y sale más mal o bien parado en cada una de sus existencias fruto de su libre albedrío, del esfuerzo y del empeño e interés que manifieste a la hora de afrontar, tanto sus pruebas como sus expiaciones y los frutos de las obras que emprendió en el pasado. Unos escogen el camino más largo, otros escogen el camino más corto; realizan éstos un esfuerzo mayor, se sacrifican por los demás, renuncian a la comodidad y al egoísmo, y pronto aprenden a salvar los obstáculos y a poner en práctica las cualidades que lleva en su interior; no se descuidan, no hacen daño a nadie, no pierden el tiempo dejándose llevar por la ilusión de los placeres materiales, y así van descubriendo en cada nueva vida en la carne lo que son capaces de realizar, y comprobando que van cogiendo más luz y fuerza espiritual, más claridad y mejores condiciones para conducirse a través del bien y del trabajo para su perfeccionamiento.

No es cosa de Dios, ni de nadie, que unos se rodeen de entorpecimientos, de oscuridad, se transformen en instrumentos del mal, llenando su alma de ruindad y resentimiento, de odio y de rencor, y sólo hallen su complacencia en la venganza y la destrucción. Es cosa de nosotros, el camino lo escogemos por nosotros mismos, y sembramos allá por donde vamos lo que por libre albedrío queremos.

Dios solo nos ha creado y nos ha dado a todos las mismas oportunidades, colocándonos en el mismo punto de partida. Para Dios no hay privilegios, porque si los hubiera no habría justicia, y Dios por encima de todo es justo y bondadoso.

No todos hemos de pasar por las mismas pruebas ni por los mismos sufrimientos; no todos recorremos el camino de la perfección en el mismo tiempo, ni mucho menos; eso sería derogar el libre albedrío y colocarnos a todos en la posición de autómatas que obedecen a un programa y no se pueden salir del mismo, porque ni siquiera tienen el don de pensar y de escoger. Nosotros, como seres en evolución, tenemos el don de pensar, de sentir, de razonar y de escoger, por lo cual cada uno opta por aquello que cree más conveniente, y unos recorren ese camino del perfeccionamiento en menos tiempo y con menos sufrimiento, mientras que otros lo contrario; pero no se debe a que el Creador lo haya propuesto así, sino que es fruto del libre albedrío que se nos concede.

“804. ¿Por qué Dios no ha dotado de las mismas aptitudes a todos los hombres?

– “Dios creó iguales a todos los Espíritus, pero cada uno de ellos ha vivido más o menos tiempo y, por tanto, ha adquirido también más o menos experiencia. La diferencia reside, pues, en su grado de experiencia y también en su voluntad, que es el libre arbitrio. De ahí que unos se perfeccionen con más rapidez, lo que les da aptitudes distintas”. El libro de los Espíritus, Allan Kardec.

 

Conclusiones sobre la evolución del espíritu por:   Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

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