UNA VALIOSA OPORTUNIDAD

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Una valiosa oportunidad

Una valiosa oportunidad

“Cuando un mal existe, no se cura sin crisis; es así de lo pequeño a lo grande: tanto en el individuo como en las sociedades; tanto en las sociedades como en los pueblos; tanto en los pueblos como será en la humanidad”.

Revista Espírita-Periódico de Estudios Psicológicos. Nº 6; junio de 1862; Allan Kardec.

Asistimos a un hecho que parecía impensable en esta época. Una pandemia que está poniendo a prueba a toda la humanidad. Nunca, como ahora, el hombre se ha podido sentir tan vulnerable, tan desprotegido, tan frágil. De poco sirven los arsenales militares, la moderna tecnología, el estatus social o de bienestar alcanzado; incluso el poder económico. Algo microscópico, hasta ahora difícil de controlar, está siendo suficiente como para paralizar, no solo a un país o a un continente, sino a todo el planeta.

Es algo a lo que no se le puede hacer frente de una manera sencilla, puesto que se propaga con mucha facilidad y rapidez. El Covid-19 se transmite de una manera casi prodigiosa, imperceptible; no discrimina ni sexo o posición social. Nadie está a salvo. A la mayoría de países los ha pillado desprevenidos, confiados, centrados en otras cosas que consideraban hasta ahora como las más importantes: Inmersos en debates políticos y sociales referentes a la macro-economía global y la confianza de los mercados; preocupados únicamente en el crecimiento económico.

Esta situación nos ha parado casi en seco, obligándonos a la reclusión por decreto gubernamental en nuestras casas, a la espera de encontrar soluciones que reviertan el índice de mortandad, ante la importante cantidad de personas que son contagiadas todos los días, y que muchas de ellas pierden la vida, una vez incubado el virus.

Desde un punto de vista histórico, la humanidad periódicamente se ha visto agitada por situaciones convulsas de diversa índole. No es algo nuevo; las pandemias más letales a lo largo de la historia han sido, por este orden, La Viruela, el Sarampión, la mal llamada ‘gripe española’ de 1918, la peste negra y el VIH o Sida.

Se trabaja contrarreloj para encontrar una vacuna que neutralice al virus. Más pronto o más tarde se logrará. Será sin duda un alivio para todos, y también servirá como experiencia para el futuro; no obstante, dejará en la población unas secuelas, tanto de carestía económica, de empobrecimiento, como de orden psicológico: miedos, fobias, depresiones, etc.

Mientras tanto, el Covid-19 nos ha obligado temporalmente a parar nuestras actividades cotidianas. Dejamos de vivir hacia afuera, envueltos en múltiples compromisos sociales, laborales, de ocio, etc., para quedar nuestra agenda simplificada a otras cosas que considerábamos menores; circunscritas al hogar, la familia; y el contacto con el exterior, apenas reducido a las compras alimentarias básicas.

Algunos pilares sobre los que se sustentaban nuestras vidas, dedicándoles casi todo el tiempo, y que considerábamos importantes y necesarios, ahora mismo ya no lo son. Si lo observamos desde un punto de vista espiritual, este parón nos puede servir para reflexionar sobre lo que han sido nuestras vidas hasta ahora.

Los pesimistas dirán que no aprendemos, pero no es cierto; quizás en la superficie, a simple vista no, pero en lo íntimo de las personas se está provocando una agitación, un vuelco; en algunos un revulsivo ante algo que no se había alcanzado a ver. Habrá quienes aprovechen esta oportunidad, otros no, pero la semilla quedará indeleble en las mentes y los corazones de las personas.

La primera conclusión obvia es que no todo está tan controlado como nos imaginamos. Nadie está seguro o a salvo de nada. Somos vulnerables, y en cualquier momento nuestro destino puede cambiar en una dirección u otra. El miedo y el nerviosismo por la incertidumbre en la que nos movemos todos los días están apareciendo con facilidad en la población, afectando a su comportamiento social.

Este alto en el camino, motivado por el alto índice de contagios, así como la pérdida de seres queridos, muchos de ellos en soledad por el aislamiento obligado, está provocando una mayor sensibilización en las conciencias, una agitación interior que no va a dejar indiferente a nadie.

Ante este panorama general es preciso que los espiritistas demos un paso al frente, y comencemos, primero, por ejemplificar una conducta serena, responsable; y en segundo lugar, explicando con claridad el porqué de los acontecimientos por los que estamos pasando, puesto que la Doctrina Espírita es muy clara al respecto.

En el libro de los Espíritus, dentro del apartado de las Leyes Morales, capítulo VI, sobre la Ley de Destrucción, en la cuestión 728, los espíritus nos dicen lo siguiente: “Es preciso que todo se destruya para renacer y regenerarse. Porque lo que llamáis destrucción no es sino una transformación, que se propone por objeto renovar y mejorar a los seres vivientes”.

Efectivamente, se trata de transformaciones necesarias para el progreso global. La historia de la humanidad, como hemos apuntado más arriba, está repleta de ellas.

Más en concreto, en la pregunta 737, a propósito del sentido que tienen para la humanidad las plagas destructoras, arguyen los espíritus lo siguiente: “Para que progrese más rápido… Hay que ver el final para evaluar los resultados. Vosotros los juzgáis solo desde vuestro punto de vista personal… Pero tales trastornos son a menudo necesarios para acelerar el advenimiento de un orden de cosas mejor, trayendo en unos pocos años lo que hubiera demandado muchos siglos para producirse”.

Es un salto necesario, sobre todo en estos tiempos de Transición Planetaria, donde este mundo va en camino de una transformación definitiva que cambie los patrones de vida y de conducta moral.

A continuación, Allan Kardec hace una pregunta muy interesante, la 738, sobre si Dios no podría valerse de otros medios más suaves para el mejoramiento de la humanidad, a la que contestan: “Sí, y a diario los emplea… mediante el conocimiento del bien y del mal. El hombre es el que no los aprovecha. Es menester, pues, que se le castigue en su orgullo y se le haga sentir su fragilidad”.

Hemos gozado de innumerables oportunidades de progreso voluntario, de posibilidades de crecimiento moral y espiritual; no obstante, la sociedad del bienestar, los intereses y ambiciones materiales nos están distrayendo de los verdaderos propósitos de la vida, aletargando las conciencias y posponiendo sine die la urgente renovación espiritual que todos necesitamos.

Sin duda, la invitación que nos ha traído la pandemia para ese cambio interior tan necesario provocará distintas reacciones en el ser humano. A muchos les incitará a buscar respuestas que le ayuden a comprender y a adoptar nuevas pautas de conducta más edificantes y provechosas para su vida. A otros, atrapados por el materialismo y sus tendencias, esta situación será una fuente de mayor desequilibrio, confusión y miedo.

Por todo ello, resulta imprescindible y hasta urgente realizar un trabajo pedagógico de divulgación responsable, para todos aquellos que están necesitados de claridad en medio de este escenario que se nos ha abierto. Especialmente los espiritistas son los llamados para esta tarea de renovación espiritual, llevando la luz del conocimiento a todos los rincones; también esperanza y consuelo.

Esta pandemia, sin duda, es un recordatorio de nuestro compromiso con la causa espiritual. Nos invita a recordar el mensaje claro del Maestro cuando dijo: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo» (San Mateo 5,13-16).

Es hora de actuar con sentido común y responsabilidad. Han sido años de preparación para una tarea que ha comenzado ya. Por todo ello, no podemos seguir esperando plácidamente en la retaguardia, actuando con tibieza o dudas. Es preciso aunar esfuerzos y dejar a un lado las preferencias o gustos personales para trabajar todos unidos bajo una misma bandera de fraternidad y caridad manifiesta. Verdaderos equipos de trabajo que puedan combatir eficazmente el desconocimiento espiritual imperante.

En conclusión: para unos, puede ser una valiosa oportunidad para cambiar la forma de ver la vida y encontrar respuestas a los múltiples interrogantes que esta situación plantea. Y para otros, los que conocen y viven dentro de los postulados espíritas, también una oportunidad inmejorable para divulgar con más entusiasmo y entrega, puesto que ese es el compromiso firmado antes de encarnar.

Una valiosa oportunidad por: Redacción

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