Trayectoria íntima del alma

UNA NUEVA FORMA DE VIDA

En estos estadios primitivos dónde el nomadismo es la norma y todavía no ha llegado la revolución agrícola, el ser humano comienza a relacionarse y protegerse en la tribu a la que pertenece y corre la misma suerte que el resto de los indivíduos que la forman. El alma comienza a tener que compartir, asumir responsabilidades propias de sus actos ante el resto del clan al que pertenece, trabajar y esforzarse entre varios para conseguir un objetivo común. Comienza a vislumbrar los primeros aspectos de la solidaridad y el trabajo en equipo.

Las relaciones personales son compartidas, los recursos, e incluso la familia no existe tal y como hoy la podemos conocer, pues los hijos son de todos y las responsabilidades son asumidas por todos. Todavía no ha aparecido el momento cumbre de la revolución agrícola, que cambiará el modo de vida, al incorporar aspectos como el sedentarismo, la ubicación en lugares determinados donde las generaciones desarrollarán sus vidas y sobre todo el sentido de pertenencia a una tierra o un lugar. 

Con la agricultura y la ganadería sedentaria, aparece el importante aspecto de la propiedad privada; un hecho que romperá definitivamente los lazos homogéneos de las sociedades tribales de homo sapiens y con ello, las bases de ayuda mútua y protección recíproca, irán desapareciendo con el tiempo, siendo que cada cual se ocupará de “defender lo suyo”, dejando rienda suelta a un desarrollo mayor del individualismo-egoísmo que irá relegando a la solidaridad compartida de la sociedad tribal itinerante.

Este cambio radical de forma de vivir, afectó indudablemente al alma humana, pues las bases de relación entre los individuos cambiaron, y no siempre para bien. La eterna lucha entre seguridad y libertad se decantó por la primera, lo que llevó al hombre a levantar muros, separaciones y barreras físicas para protegerse del otro. Estos muros luego se convirtieron en obstáculos mentales para el desarrollo de las cualidades afectivas de entrega desinteresada que el alma humana llevaba incorporadas, y de la actitud de compartir entre todos los recursos disponibles.

 Ahora ya, cada cual, se siente propietario de su parcela, de sus propios recursos que logra conseguir con esfuerzo, y la antigua base de la sociedad tribal va desapareciendo hasta que la propiedad privada logra imponerse, albergando con ello los conflictos y la aparición de las luchas y violencias derivadas de defender cada uno su espacio.

La base moral del individuo se resiente, y aunque llegan permanentemente a la tierra personajes capaces de ofrecer el ejemplo de la solidaridad y generosidad con el prójimo, los instintos y el primitivismo llevan al latrocinio, la rapiña y la conquista, con lo que aparecen los odios, los deseos de venganza y la necesidad de recurrir a la fuerza para protegerse.

Los primeros legisladores de aquellas épocas (Zoroastro, Moises, etc.) vienen a defender la ley de Dios mediante una legislación humana que marque las pautas de comportamiento de los hombres sin que lleguen a destruirse en la anarquía. El temor a Dios y a su justicia, com un ser poderoso y vengativo si no se siguen sus preceptos de buena conducta y rectitud, es una de las claves que utilizan las primeras religiones para contener la violencia y las actitudes primitivas de aquellas sociedades.

El alma recorre así un camino en el que los dioses pasan de ser señores de lo desconocido a los que hay que aplacar, por otros Dioses a los que no hay que defraudar, siguiendo unas leyes sociales y humanas que permitan la convivencia sin perjudicar los derechos de otros o violentar las leyes sagradas de la vida y la propiedad. A raíz de aquí nace el derecho; las legislaciones de los pueblos que, basándose en el bien común y en los preceptos religiosos de aquellas épocas, intentan ordenar la vida en sociedad, sancionando los comportamientos indignos o contrarios al respeto de la libertad del otro, autorizando la guerra cuando la tribu se siente amenazada, etc.

El alma humana descubre la dimensión de respetar para ser respetado, de aceptar las leyes que rigen en su sociedad para procurar proteger su propiedad y sus recursos, para mantener a salvo a su familia y a sus hijos. 

Los cambios climáticos, las migraciones, y otras muchas cosas permiten que unos pueblos quieran ocupar lugares o tierras dónde se dan mejores condiciones para la vida y la agricultura; de aquí comienzan las invasiones, las guerras y los éxodos que soportan los pueblos que pierden las batallas y se ven obligados a huir de su terruño. Esta es una época oscura, dónde el alma humana saborea lo peor del ser humano; la crueldad, la imposición de la fuerza, la esclavitud, la anulación de todo derecho a los pueblos conquistados.

Pero incluso en estas épocas de oscurantismo, que comienzan aproximadamente 1000 años antes de Cristo, en el Mediterráneo Oriental, existen culturas milenarias como la Egipcia que mantienen su status y sus tradiciones socio religiosas, capaces de presentar una estructura que permite al hombre vivir y desarrollarse, de alguna manera, siempre bajo la influencia de poderosas circunstancias que no controla y que necesita proteger mediante la fe en uno o muchos seres superiores (los Dioses). En este caso concreto, la crecida del Nilo era el argumento poderoso que permitía la fertilidad y supervivencia del valle del Nilo y de la práctica civilización Egipcia.

El alma humana no puede en absoluto desligarse del tiempo en el que vive, de las circunstancias que le rodean y de aquellas cuestiones que le afectan social y personalmente. El crecimiento en esta etapa es evidente, se nutre de multitud de aspectos internos propiciados por la lucha ante las adversidades, por las injusticias que experimenta cuando es obligada a huir de lo que ama o cree ser de su propiedad. También vive en sus carnes las necesidades físicas más elementales propiciadas por la esclavitud y el desamparo de los pueblos ante los poderosos que les gobiernan con mano de hierro, sin compasión y en permanente explotación de sus vidas y de sus propias dignidades como ser humanos.

Se hace preciso una nueva etapa que permita ascender un escalón superior; no basta con el ojo por ojo, es necesario un nuevo nivel, una nueva visión conciliadora del alma consigo misma; con aquello que es su naturaleza superior que ha venido desvirtuándose desde las primeras etapas y que la está convirtiendo en un ser que alberga el odio, la venganza y la desesperación.

Conscientes de esta situación, los poderes superiores que dirigen la evolución del planeta, fueron preparando durante varios siglos, el advenimiento de aquel que vendría a marcar el rumbo, el ejemplo en el que mirarse todas las almas; a fin de conseguir implantar un código ético-moral superior que se eleve por encima de las deficientes legislaciones humanas; y sobre todo, que pueda dar respuesta a las aflicciones y desigualdades de aquellos que sufren las consecuencias de la injusticia o la contrariedad.

Era preciso el advenimiento de una era de Luz para el alma; a fin de que esta pudiera reconocerse de nuevo como lo que es realmente: un ser de luz, inmortal y creado a imagen y semejanza de Dios en sus atributos más sublimes, aunque todavía adormecidos, y que necesita retomar para conquistar la felicidad que tiene como destino final.

A la espera de comprender ese ejemplo de Luz y de Amor, hay todavía hoy millones de espíritus y de almas en el planeta. El advenimiento de esa era de esplendor espiritual se concretó en la llegada del ser angélico más perfecto que nunca conoció la humanidad: Jesús de Nazaret; sublime peregrino y gobernador espiritual de la Tierra.

Una nueva forma de vida por: Antonio Lledó Flor

©2018, Amor, paz y caridad

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