Reencarnación

UN SABIO AMBICIOSO 

   Madame B…, de Burdeos, no experimen­tó las agudas angustias de la miseria; pero fue toda su vida mártir de dolores físicos por haber sido atacada de innumerables enfermedades graves durante sesenta años, desde la edad de cinco meses, y que casi cada año la ponían a las puertas de la muerte. Tres veces fue envenenada por
los ensayos que la ciencia incierta hizo sobre ella, y su temperamento, viciado por los remedios tanto como por las enfermedades, la hizo víctima hasta el fin de sus días de intolerables sufrimientos que nada podía calmar. Su hija, espírita cristiana y médium, pedía a Dios en sus oraciones que endulzase sus crueles pruebas; pero su guía espiritual le dijo que pidiese simplemente para ella la fuerza para soportarlos con paciencia y resignación, y le dictó las instrucciones siguientes: 
 
  “Todo tiene su razón de ser en la existencia humana; no hay uno de los sufrimientos que habéis causado, que no encuentre eco en los dolores que sufrís; no hay uno de vuestros excesos que no encuentre un contrapeso en una de vuestras privaciones; no cae una lágrima de vuestros ojos sin tener que lavar una falta, o un crimen algunas veces. Sufrid, pues, con paciencia y resigna­ción vuestros dolores físicos y morales, por crueles que os parezcan, y pensad en el labrador cuya fatiga le quebranta los miembros, pero que continúa su obra sin detenerse, porque tiene siempre ante él las espigas doradas que serán el fruto de su perseverancia. Tal es la suerte del desgra­ciado que sufre en vuestra tierra; la aspira­ción hacia la dicha que debe ser el fruto de su paciencia le hará fuerte contra los dolores pasajeros de la humanidad. 
 
  Así es en cuanto a tu madre; cada dolor que acepta como expiación es una mancha borrada de su pasado. Y cuanto más pronto se borren todas las manchas, tanto más pronto será feliz. Sólo la falta de resignación hace estéril el sufrimiento, porque entonces las pruebas se han de volver a empezar. Lo que es, pues, más útil para ella son el ánimo y la sumisión; esto es necesario pedir a Dios y a los buenos Espíritus para que se le conceda. 
 
  Tu madre fue en otro tiempo un buen médico, acreditado entre una clase en que no cuesta nada asegurarse un bienestar y donde fue colmado de dones y honores. Ambicioso de gloria y de riquezas, queriendo alcanzar al apogeo de la ciencia, no con la idea de aliviar a sus hermanos, porque no era filántropo, sino en vista de aumentar su reputación y por lo tanto su clientela, nada le importaba con tal que sus estudios tuviesen el fin que apetecía. La madre era martirizada sobre su lecho de sufrimiento, porque preveía un estudio en las convulsiones que provocaba; el niño era sometido a los experimentos que debían darle la clave de ciertos fenómenos; el anciano veía apresurar su fin; el hombre vigoroso se sentía debilitado por los ensayos que debían acreditar la acción de tal o cual brebaje, y todos estos experimentos se practicaban sobre el desgraciado sin desconfianza. La satisfac­ción de la concupiscencia y del orgullo, la sed de oro y de renombre, tales fueron los móviles de su conducta. Han sido necesarios siglos y terribles pruebas para domar este Espíritu orgulloso y ambicioso; después empe­zó el arrepentimiento su obra de regenera­ción, y la reparación se acaba; porque las pruebas de esta última existencia son dulces al lado de las que ha sufrido. Animo, pues; si la pena ha sido larga y cruel, la recompensa concedida a la paciencia, a la resignación y a la humildad será grande. 
 
  Animo, vosotros todos los que sufrís; pensad en el poco tiempo que dura vuestra existencia material; pensad en las alegrías de la eternidad; acudid a la esperanza, amiga íntima de todo corazón que sufre; acudid a la fe, hermana de la esperanza; la fe que os muestra el cielo donde la esperanza os hace penetrar antes de tiempo. Llamad también a esos amigos que el Señor os da, que os rodean, os sostienen, os aman, y cuya constante solicitud os conduce a aquél a quien habéis ofendido y cuyas leyes habéis violado”. 
 
  Después de su muerte, madame B… ha dado, ya a su hija, ya a la Sociedad Espírita de París, comunicaciones donde se reflejan las más eminentes cualidades, y donde confir­ma lo que había sido dicho de sus antece­dentes. 
 
Extraído de “EL CIELO Y EL INFIERNO 0 LA JUSTICIA DIVINA”, de ALLAN KARDEC.
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