Entre las muchas cartas que recibo diariamente contándome penas y pidiéndome consuelos, me impresionó vivamente la de una joven que en el año 1888 quedó ciega después de sufrir la horrible enfermedad de las viruelas. Cuando perdió la vista tenía diez años cumplidos, y sus padres, buscando su curación, la llevaron a los mejores oculistas, sufriendo varias operaciones sin resultado satisfactorio, diciéndome al final de la carta:
«Aconsejada por los hermanos de ultratumba, fui nuevamente a La Habana a hacerme operar de nuevo; pero el oculista no me encontró en condiciones de poder resistir otra operación sin antes prepararme con un tratamiento especial. Ya se va a cumplir el plazo que el oculista me marcó y yo le pido el grandísimo favor de que le demande a su guía una seguridad definitiva; pues yo, hermana mía, estoy conforme con lo que Dios me haya mandado o mi espíritu haya pedido. No le negaré que, antes de conocer el Espiritismo, me desesperaba y no tenía sosiego, pero desde que lo conocí, estoy sometida a un tratamiento fluídico y disfruto de tranquilidad. Le pido a su guía que me conteste con entera franqueza; quiero saber el porqué de mi desventura; porque a grandes males, grandes remedios».
La carta de la joven ciega es muy extensa y muy conmovedora, y no pudiendo yo en la actualidad disponer de un médium apropiado para esta clase de consultas, supliqué a un hermano en creencias, que dirige un pequeño centro de curación, que preguntara a ver si se obtenía contestación. y mi hermano en creencias accedió a mi ruego y me contestó lo siguiente:
«Amalia, no hay remedio para esa hermana en esta existencia; tiene atrofiados sus órganos visuales».
Le pedí si podía decirme algo de la causa que producía en la actualidad tan doloroso efecto, y me dijo:
«Sí; esa joven ciega fue ayer un bizarro caballero que empleó su vista para hacer el mal, hipnotizando a las mujeres con su potencia visual para conseguir fácilmente el logro de sus concupiscencias; hizo mucho daño con su procedimiento; sus hermosos ojos eran dos focos de atrayente luz, y al llegar al mundo de la realidad se asustó de su obra y pidió venir a la Tierra, y después de haber visto el hermoso sol quedarse ciega para sufrir el dolor en sus órganos visuales, ya que con ellos hizo tanto daño atrayendo a jóvenes inexpertas a la llama de sus lúbricos deseos.
»Cuando despierte en el mundo espiritual, si sabe llevar su actual existencia con paciencia y cristiana resignación, habrá adelantado mucho en la senda de su merecida expiación. Que no pruebe una nueva operación, porque todo será inútil; que no puede ver la luz; él a otros le quitó la luz del entendimiento; que se someta a un tratamiento magnético, porque un magnetizador de buena voluntad podrá equilibrar su sistema nervioso que, hoy por hoy, está completamente desequilibrado y necesita reposo, tranquilidad corporal, sosiego absoluto y hacerse cargo de que ella misma se ha encerrado en tan estrecha prisión y que sólo ella, con su cristiana resignación, conseguirá romper las fuertes cerraduras de las puertas de su calabozo; que piense y se persuada de que progresará como progresa todo en la creación; que Dios es LUZ, y en la LUZ han de vivir sus hijos. Adiós».
Es indudable que las comunicaciones de los espíritus son un remedio muy eficaz para los males físicos y morales; ponen el dedo en la llaga; cauterizan las heridas del cuerpo y del alma; la verdad es un cauterio que quema, pero quemando, evita la gangrena que sin piedad corroe implacablemente cuanto toca.
¡Benditas sean las comunicaciones de los espíritus! ¡Ellas dan la salud a los cuerpos y a las almas!
¡Todo es justo! por: Amalia Domingo Soler






