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MENTE LÚCIDA Y MENTE PERTURBADA

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Mente lúcida y mente perturbada

“La preservación de la Mente en armonía con el Cosmos es la meta que debemos alcanzar para cumplir el programa evolutivo de cada ser humano”.

Divaldo P. Franco, Libro: Días Gloriosos, Cap. 4

Todavía hoy, cuando llevamos un cuarto del siglo XXI,y a pesar de los extraordinarios avances científicos y tecnológicos desde el año 2000, la Mente humana sigue siendo objeto de investigación y análisis. Y aunque desconozcamos su origen desde el enfoque de la ciencia, no ocurre igual desde los enfoques que la filosofía espiritual nos presenta.

La ignorancia del origen de los procesos mentales por parte de muchos investigadores proviene de un error principal en el origen del estudio: confundir mente y cerebro, o creer que la primera es un epifenómeno del segundo, que es capaz de originarla. Si bien el cerebro es el receptor de los procesos mentales, pensamientos, emociones, etc. que son rápidamente procesados mediante el sistema nervioso central que él mismo dirige, sin embargo, la fuente de la Mente está fuera de él. Es más, los grandes neurocientíficos hace ya algunas décadas que descubrieron esta diferenciación.

Así se manifestaba Wilder Penfield, padre de la neurocirugía después de miles de experimentos de trepanación craneana y estimulación eléctrica en pacientes conscientes, intentando ubicar el lugar de la Mente en el cerebro:

“A lo largo de mi carrera he luchado por probar que el cerebro es la explicación para la mente y aunque interactúan, son realmente distintos uno del otro. Qué emocionante es, entonces, que el científico pueda creer también de manera legítima en la existencia del espíritu”

Todo cambia cuando enfocamos el asunto desde el punto de vista que la filosofía espírita de Kardec nos ofrece. En este sentido, el ser humano es una creación divina que está en proceso de crecimiento y desarrollo desde el psiquismo primitivo en los reinos inferiores de la naturaleza hasta alcanzar el grado de la perfección relativa y la dicha permanente que supone su conexión con el pensamiento y el amor divino.

En la trayectoria “del átomo al ángel” encontramos la evolución inmortal del espíritu humano, y en ese camino milenario de permanente progreso se desenvuelven todos los atributos divinos que Dios coloca en la conciencia del hombre de forma latente, como una semilla, para irlos puliendo y desarrollando. Uno de esos atributos es “la mente humana” que, indudablemente, posee interiormente los recursos inigualables de “la mente divina” de la que procede. Somos a imagen y semejanza de aquel que nos concedió la inmortalidad en cuanto a sus capacidades y cualidades futuras, características que se encuentran dormidas en nuestro interior esperando su afloramiento y desarrollo mediante nuestra voluntad. Las experiencias milenarias de la reencarnación nos ayudan en esa construcción de nosotros mismos, de nuestra individualidad e inmortalidad trascendente.

La construcción de la realidad subjetiva que cada persona tiene, de manera individual e independiente, se debe a nuestra manera de pensar, de la que se deriva nuestra forma de actuar. Y debido a la reiteración y repetición de nuestro comportamiento se crean los patrones de conducta que nos llevan a actuar de una manera concreta y determinada, formando nuestro carácter y construyendo alrededor del mismo la realidad que podemos percibir.

Pascal, uno de los grandes pensadores de la humanidad, matemático y fillósofo, afirmaba: “si no actúas como piensas, terminarás pensando como actúas”. Resaltaba así la importancia de la mente en la manera de conducirnos en la vida. E incluso afirmando, como se puede inferir de la citada sentencia, que el comportamiento reiterado puede modificar nuestra manera de pensar mediante el poder transformador del hábito sobre las ideas o convicciones. Esto nos lleva a la incoherencia sobre lo que pensamos y lo que hacemos. Actualmente esta afirmación está definida por un concepto psicológico propio del comportamiento humano que se denomina como “disonancia cognitiva” (comportamiento que entra en conflicto con las creencias).

Hermes Trismegisto, hace ya más de 3.000 años, afirmaba: “Todo es mente. El Universo en Mental”. Con ello se adelantaba milenios a las ciencias de la complejidad que hoy están de actualidad. Esta escuela egipcia de pensamiento afirmaba que existe una Mente Universal que es el origen de todo cuanto nace, y que la mente humana es su creación más importante. La mente humana heredó, no sólo muchas cualidades de la Mente Divina, sino la maravillosa y extraordinaria oportunidad de comprender y entender su creación, aunque este entendimiento sea progresivo en función del desarrollo y adelanto del alma, del cual la mente humana forma parte al ser un instrumento del espíritu.

Podríamos dar más ejemplos sobre la importancia que los sabios de la Historia han concedido a la mente, pero no es objeto de este artículo, por lo que ahora hemos de entrar en el análisis práctico de esta cualidad del alma que poseemos para evolucionar, crecer y dirigirnos hacia etapas de mayor felicidad y adelanto.

¿Cuáles son los productos de la mente? Muchos, sin duda, pero vamos a centrar nuestro análisis en dos de los más importantes: los pensamientos y las emociones. Ambos caracterizan la individualidad del ser inmortal, y ambos proceden de la voluntad del espíritu, encarnado o desencarnado, y de su desarrollo evolutivo. Y es, desde el espíritu y a través de la mente, que son canalizados a nuestros dos cuerpos: el periespiritual y el cuerpo físico. El primero siempre nos acompaña, en estado espiritual o reencarnados. El segundo solamente cuando estamos encarnados. Pero en ambos tiene la mente humana una profunda influencia y acción.

La doctora Candance Perth descubrió la importancia biológica de la mente humana, concretamente de las emociones, en la salud y la enfermedad del conglomerado celular neuronal, concretamente en los neuropéptidos. A raíz de sus investigaciones nació una especialidad de la medicina llamada psico-neuro-inmunología, que estudia precisamente el impacto de los pensamientos y emociones en la salud y el equilibrio celular.

¿Cuál es la diferenciación que permite distinguir una mente lúcida de otra perturbada? Sin duda, el equilibrio mental-emocional depende del grado de adelanto del alma y de su ajuste a la armonía de las leyes morales que rigen para la evolución de aquella. Un espíritu elevado posee un notable equilibrio mental-emocional debido a su propio esfuerzo y a la superación de las imperfecciones morales que lo apartaron del dolor y le llevaron al desarrollo de las virtudes espirituales, auténticas luces y tesoros del alma inmortal que conceden paz, salud, equilibrio y armonía al espíritu que las conquista.

De esta manera, la mente lúcida es el resultado del equilibrio mental-emocional que se traduce en un alto desarrollo de los valores superiores del alma cuando esta última conquista aspectos como el amor, el perdón, la caridad, la empatía, la tolerancia y el deseo de hacer el bien por encima de todo.

La mente trastornada o perturbada es aquella que todavía no ha despertado a la verdadera vida interior de aquello que somos: espíritus en proceso de evolución con la tarea de perfeccionar nuestras cualidades latentes, eliminando la imperfección para alcanzar el desarrollo moral de las virtudes que Dios colocó en nuestra conciencia.

Esta mente enferma genera no sólo perturbaciones psicológicas o mentales sino también patologías de origen psicosomático, que no son originadas por órganos defectuosos, infecciones o traumas físicos sino que proceden de la reiteración de hábitos y patrones de conducta mentales-emocionales basados en el odio, el resentimiento, la envidia, los celos, la angustia, la ansiedad, la depresión, el estrés, etc. Situaciones que la moderna psicología y psiquiatría confirman como el origen de multitud de enfermedades que asolan a la humanidad en la actualidad.

También puede producirse el fenómeno inverso; es decir, enfermedades orgánicas que afectan al funcionamiento del cerebro y directamente a la mente del espíritu encarnado que no puede gobernar su raciocinio, memoria, o capacidad cognitiva. Un ejemplo de ello es el Alzheimer.

“Si un hombre pierde su conciencia tan pronto como su cerebro se daña, decir que el daño cerebral ha destruido el mecanismo de manifestación de la mente es una explicación tan buena como decir que la lesión ha destruido el asiento de la conciencia”

C.S. Schiller

Todas las investigaciones de los últimos treinta años en el campo de la psiquiatría (que estudia las enfermedades mentales), de la psicología (que estudia los disturbios de comportamiento), de la neurología (que estudia las disfunciones cognitivas derivadas de procesos cerebrales) tienen en cuenta a la mente como el agente principal en el que basar sus análisis, diagnósticos y soluciones.

Lamentablemente, el estudio sesgado que se realiza, al no contemplar al ser integral en este proceso (cuerpo, periespíritu y espíritu) y al considerar que el “alma o psique” es un epifenómeno del cerebro, incapacita y distorsiona los resultados de estas investigaciones, quedándose únicamente en la superficie del diagnóstico, sin profundizar en las verdaderas causas del deterioro mental, que muchas veces tiene su origen en causas pretéritas provenientes de vidas anteriores o en otras procedentes del inconsciente profundo de las personas a consecuencia de hábitos y patrones de conducta malsanos arraigados durante siglos, que afloran y perturban la mente encarnada.

En el análisis de una mente sana, de las causas de la enfermedad y salud de la misma y de su funcionamiento equilibrado hemos de tener siempre presente al “único y autentico agente que la dirige” y que no es otro que la voluntad del espíritu inmortal, con sus antecedentes y hábitos, con sus experiencias positivas y negativas, con sus patrones de conducta y evolución de estas. En relación con ello, y diferenciando el cerebro de la mente o conciencia que lo dirige, el gran Psicólogo, Médico y Filósofo Williams James afirmó:

“El cerebro puede ser un órgano para limitar y determinar en cierto modo una conciencia producida en otros lugares

William James, 1898

Mientras no se profundice en el estudio integral del ser humano, en el triple aspecto mencionado arriba, el diagnóstico de una mente perturbada siempre será incompleto. Y mientras no entendamos que nuestra mente es un instrumento de nuestra alma inmortal, que evoluciona paralelamente a nuestro crecimiento y desarrollo moral, estaremos limitados por un análisis parcial, coyuntural y temporal de los sucesos que nos acontecen, sin descubrir la auténtica raíz de los mismos y, debido a ello, sin conseguir los resultados saludables totales a los que todos aspiramos, quedándonos en soluciones o diagnósticos parciales.

Cuidemos nuestros pensamientos y emociones, pues ellos construyen la realidad a nuestro alrededor y configuran nuestro carácter. Y así como otros aspectos humanos pueden entrenarse y desarrollarse, la mente humana es igualmente susceptible de modificaciones a mejor, mediante una vigilancia escrupulosa de aquello que nos aleja del equilibrio, la armonía y la paz mental-emocional. Sustituyendo los pensamientos nocivos y las emociones tóxicas por pensamientos nobles, sentimientos sublimados de amor al prójimo y acciones de entrega desinteresada hacia el bien no sólo alcanzamos el equilibrio interior de nuestra mente sino la salud exterior que se refleja en la armonía celular y la ausencia de enfermedades graves.

En el desarrollo y evolución del espíritu, que conlleva igualmente el adelanto y crecimiento de la mente, existe un punto de inflexión en el que el ser humano se da cuenta de la importancia de equilibrar su mente con la mente divina de la que procede. A raíz de ello, la salud física, mental y emocional se instala definitivamente en el interior del ser humano, procurándole una vida ordenada y coherente con los compromisos aceptados antes de encarnar. Esto no quiere decir que esté exento de dificultades, pues las pruebas y expiaciones que toda vida en la Tierra conlleva seguirán presentándose si ese es el caso, ya que ello forma parte del programa de fortalecimiento y crecimiento.

Sin embargo, la nueva actitud de alinear su mente, pensamientos, emociones y acciones con las leyes divinas, le concederán una lucidez mental extraordinaria para enfrentar adecuadamente los problemas, permitiéndole una solución satisfactoria a los obstáculos y contrariedades de la vida cotidiana, representando una oportunidad de adelanto, fortalecimiento espiritual y resiliencia que le servirá notablemente en su futuro inmediato.

La mente encarnada se refleja a través de la glándula pineal y tiene sus limitaciones por la influencia reductora del cerebro. Pero la mente espiritual, procedente del alma y reflejada en el chakra coronario del periespíritu, emite sus energías hacia la glándula pineal, y en la medida en que nos conectamos y armonizamos con la mente cósmica se abren todas las posibilidades de los planos de conciencia superiores, recibiendo la ayuda directamente de aquellos que nos guían desde el otro lado, permitiéndonos una percepción real y auténtica de la verdadera vida: la vida del espíritu inmortal.

Mente lúcida y mente perturbada por: Redacción

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“Desde la visión trascendente del alma, la mente es independiente del cerebro y sigue funcionando con mayor capacidad, si cabe, traspasado el umbral de la vida física y reintegrados a la vida del espíritu. Son las mentes sin cerebro de aquellos que nos antecedieron que vienen y se comunican, manifestando su personalidad integral, su voluntad y su creatividad intacta”.

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