Está visto que el trabajo de mis últimos años en esta encarnación es servir de intermediaria entre los que sufren y los espíritus, porque no pasa día que no reciba cartas de lejanos países, en las cuales me cuentan sus penas muchos desgraciados.
No a todos puedo atender, porque necesitaría varios médiums para que éstos me pusieran en relación con diferentes espíritus, ni todos los que me cuentan sus cuitas son verdaderamente infortunados; hay dolores soportables; hay contrariedades que se pueden sufrir, y aunque a cada uno su pena le parece la más grande, yo tengo en tanta consideración la comunicación ultraterrena que, cuando me dirijo a un espíritu, no es para satisfacer frívolas curiosidades ni antojos de neurasténicos; el dolor verdadero, el sufrimiento irresistible, se deja comprender enseguida: no es necesario una larga relación, basta una línea, una palabra, a veces una sílaba. Dice un antiguo refrán que el amor y el dinero no pueden estar ocultos; y yo digo que ni el dolor tampoco: por eso, no he titubeado en preguntar a un espíritu sobre el pasado de un infeliz que, desde muy lejos, (desde México) me dice así:
«Aunque no tengo el honor de conocer a usted personalmente, sin embargo, me perdonará que me tome la libertad de dirigirle la presente, a ver si le es posible prestarme algún consuelo.
»Soy un pobre ser abatido y perseguido cruelmente, sin un momento de reposo. Desde mi niñez soy atormentado por espíritus rebeldes que viven en el espacio. En usted deposito toda mi confianza y la esperanza de realizar mis deseos, pues quisiera que en la primera oportunidad que se le presentase preguntara a su guía por qué soy víctima de mis incansables perseguidores. Yo siempre ruego por ellos, les hablo, les amonesto, les hago reflexiones, pero, ¡ay!, todo es inútil, y yo quisiera saber mi historia de ayer; no por curiosidad, no, sino por adquirir conocimientos y resistir mejor este asedio espiritual, luchando con valentía para hacer frente a tantos enemigos.
»Me persiguen moral y físicamente; no pongo mano en un negocio que no salga perdiendo y temo dejar a mis cuatro hijos en la miseria y a mi infeliz esposa, que es víctima de mi infortunio, porque mis ideas cambian más que el movimiento de una veleta, y una fuerza poderosa juega con mi débil y antojadiza voluntad.
»¿Estoy loco? ¿Estoy cuerdo? No lo sé; sólo sé que sufro extraordinariamente y que hago padecer a mis pobres hijos y a mi esposa, de tal modo, que en mi casa no hay una hora de sosiego ni de tranquilidad. ¡Dios mío, si ayer pequé, ten misericordia de mí! No desoiga mi ruego, anhelo conocer mi pasado para resignarme con mi presente».
Al leer las líneas anteriores, sentí angustia; parecía que aquel papel quemaba mis manos; comprendí que aquella carta estaba escrita con la tinta de las lágrimas y la pluma de la desesperación, desesperación contenida por el dolor mismo, por el temor, por el miedo a una nueva tribulación, y en cuanto pude pregunté a un espíritu, que me contestó lo siguiente:
«Has tenido clara intuición creyendo que ese desgraciado que te cuenta sus cuitas es un mártir de sí mismo.
»No te has engañado, no; ese infeliz cuenta las horas de su vida por violentas punzadas que siente en su corazón. Dile que en su anterior existencia perteneció a una orden religiosa poderosísima, en la cual todos sus miembros eran hombres de gran talento y de vasta ilustración; su trabajo principal estaba concretado al confesionario y a visitar a los enfermos, fueran estos ricos, nobles o plebeyos.
»Tenían fama de consolar a los más tristes y de convertir a los herejes; entre ellos descollaban unos cuantos que les llamaban los padres agonizantes, pues se pasaban su vida auxiliando a los moribundos, y entre todos ellos estaba en primera línea el Padre Fidel, que tenía una gracia especial para conseguir de los enfermos el cambio de sus testamentos, y lo hacía con un sigilo, con una cautela tan especial, era tal su maña y sutileza, tomaba tantas precauciones para conseguir su objeto, se hacía querer de tal modo por el enfermo y su familia, y obraba tan secretamente, consiguiendo plazos más o menos largos para la lectura del testamento, que este no se leía hasta después de verificarse el entierro y pasar el novenario de ánimas, que a todos los que morían en su poder les dedicaba nueve días de misas y responsos; y cuando la iglesia terminaba sus actos religiosos, entonces se leía el testamento y se encontraban en la calle los dueños, los poseedores de palacios y tierras de cultivo; y todavía, por mucho favor, como una obra de caridad, les dejaban vivir a los desheredados más o menos tiempo en la morada donde nacieron. La iglesia los amparaba después de haberlos despojado de cuanto poseían; y el Padre Fidel llegó a tener tal habilidad para adquirir inmensos tesoros, dejando sin abrigo a innumerables huérfanos y a desoladas viudas, que llegó a ser el jefe supremo de su orden, y por él los Padres Agonizantes fueron admitidos en todos los palacios, porque ellos aseguraban que tenían en su poder las llaves del cielo, y que para entrar en la celeste morada bien podían sacrificarse por el difunto los que le debían la vida, y era tanto el fanatismo y la ignorancia que imperaba en aquella época que se cometían los mayores crímenes, sin temor a la justicia humana.
»El Padre Fidel murió de viejo, y en su larga vida cometió tantos robos, dejó a tantos niños sin pan y a tantas mujeres sin medio de vida, que los espíritus de aquellos desheredados juraron un odio eterno al que les despojó de sus bienes, y al llegar al espacio no se entibió su odio, al contrario, creció; y si todos los seres despojados por él le hubiesen rodeado, hubiera muerto carbonizado, que el odio es fuego, fuego que no se acaba, que no se extingue.
»Afortunadamente, muchas de sus víctimas le han perdonado, pero queda aún un gran número y esas no le dejan; por eso ese infeliz vive tan mal, y para conseguir algunas horas de reposo, tiene que partir su pan con el hambriento y darle al desnudo la mitad de su capa; tiene que dar hospitalidad al peregrino, dándole el mejor sitio en su mesa; tiene que pedir a sus víctimas de ayer clemencia y perdón; tiene que reconocer sus yerros, practicando el bien por el bien mismo; tiene que devolver una parte de lo mucho que ha hurtado, cuando la farsa religiosa le dio poderes para despojar a niños inocentes y a mujeres crédulas y fanatizadas.
»He aquí el ayer de ese infeliz que hoy no vive ni sosiega, y eso que no le persiguen ni la mitad de sus víctimas; pero el odio es fuego, y el fuego quema.
»Desgraciados de aquellos que, al dejar la Tierra, una legión de enemigos les persigue y escuchan esas maldiciones que atraen a otros espíritus rebeldes que se asocian para hacer el mal, y entre todos producen la más horrorosa de las tempestades.
»Mucho más te diría, pero basta por hoy. Adiós».
Por algo me quemaba la carta de este infeliz que me pedía consuelo, luz y verdad. Consuelo, él sólo podrá proporcionárselo haciendo buenas obras, en ellas encontrará luz que iluminará su conciencia y verdad que le descorrerá el velo de su pasado y le hará ver que sin caridad no hay salvación, que sin justicia no se entra en el reino de Dios.
La siembra del ayer por: Amalia Domingo Soler
Nota: Todo tiene su historia. Reproducción del artículo publicado en el
número 19 de “LA LUZ DEL PORVENIR”, publicado en Villena, 1 de octubre
de 1907.






