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¿CUAL DE LOS DOS FUE MAS GRANDE?

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¿Quien de los dos fue mas grande?

Víctor Hugo y Bismarck

Con motivo del 70º aniversario del príncipe de Bismarck, le remitió a Víctor Hugo la siguiente carta que publicó un diario parisiense. Dice así:

«El gigante al gigante, el enemigo saluda al enemigo; el amigo manda su saludo al amigo».

Yo te odio cruelmente, porque has rebajado a mi patria; pero te quiero, porque soy más grande que tú. Te callaste cuando sonaron los 80 años en el reloj de mi gloria; yo hablo con ocasión de tu 70º aniversario. Yo, 80; tú, 70; la humanidad entera nos sigue a guisa de cero.

Si los dos nos reuniéramos en un solo hombre, se habría acabado la historia del mundo. Tú el cuerpo, yo el espíritu; tú la nube, yo la luz; tú el poder, yo la gloria.

¿Cuál de los dos es más grande? ¿El vencedor o el vencido? Ninguno de los dos, porque somos grandes entre ambos. Haz una señal con la cabeza; yo haré otra y la gran unión de los pueblos, la paz eterna, serán un hecho. —Hugo.

El príncipe de Bismarck se limitó a contestar: «Adiós. —Otón

Según nuestro modo de apreciar las cosas, Víctor Hugo es el más grande, porque causó menos víctimas a la humanidad. Estamos hartos de sacrificios que a nadie inspiran admiración; estamos cansados de ver sucumbir a los héroes anónimos; miramos con profunda compasión ese montón de carne humana que se mueve, avanza, conquista la victoria y cae, sin que los historiadores se ocupen de sus proezas, ya que únicamente dicen, con el más frío laconismo, que murieron tantos o cuántos en la gloriosa jornada de tal o cual punto, y dio renombre a su patria el bravo caudillo que con sin igual valor arrastró los mayores peligros para conquistar la victoria.

¡Cuánta ingratitud! ¡Cuánta miseria! ¡Cuánta injusticia! Tanto nos han llegado a cansar los héroes ingratos, que las grandes figuras históricas no despiertan nuestra admiración; en cambio, las humildes figuras de los trabajadores, lo mismo los que trabajan en los campos de batalla que los que en medio del mar luchan con los elementos, son los que atraen nuestra atención, y tratamos de inquirir sus dolores, sus desengaños, sus esperanzas, sus sueños, todo cuanto les hace vivir y esperar; quisiéramos ser los biógrafos de todos aquellos que más han sufrido, que más han esperado, que más han luchado en beneficio de la humanidad, porque creemos que los héroes ignorados son los más grandes:

«Y los más felices (aunque no lo parezcan)  ̶ nos dice un espíritu ̶ , porque son los que tienen menos responsabilidades. En mi larga carrera (porque yo soy un espíritu muy viejo y experimentado) he tenido ocasión de sentir los más crueles remordimientos y las más dulces satisfacciones.

»Recuerdo una existencia que tuve de caudillo, de general, teniendo a mis órdenes a los hombres más valientes y aguerridos. Una palabra mía los hacía morir en medio de un mar de fuego; yo era un Dios para ellos, disponía a mi antojo de sus vidas. Si los dioses habitasen en la Tierra, yo podría decir que fui un dios temido y adorado.

»Gané muchas batallas, engrandecí a mi patria, le di muchos días de gloria, y dejé la Tierra en el campo de batalla después de haber ganado y haber vencido al ejército enemigo. Lo que no pudo conseguir el fuego de mis contrarios, lo consiguió una serpiente que se enroscó a mi cuello, mientras yo dormía sobre mis triunfos en mi tienda de campaña. Mi muerte produjo una consternación general; mi tumba fue un plantel de laureles en flor; no era odiado, era temido; no me ensañé con el vencido, y sin embargo, de no haber sido cruel, mi entrada en el espacio fue muy triste, muy desoladora para mí.

»Me encontré en una llanura inmensa; un cielo gris, sin celajes ni reflejos luminosos, caía como una plancha de plomo sobre mi cabeza. En aquella llanura no brotaba una flor, ni el más pequeño arbusto balanceaba sus ramas; solo a largos trechos se entreabría la tierra formando hondos surcos, en los cuales el fuego del incendio había dejado sus negruzcas huellas; y una voz lejana me decía, muy quedo: “¡Recréate en tu obra!”.

»Seguí andando y anduve mucho, mucho, y siempre veía lo mismo, las ruinas de los pueblos incendiados; al fin, me detuve avergonzado de mí mismo; no tenía una buena obra que recordar. De pronto, apareció la figura de un niño; el niño me abrazó; era un pequeñuelo que representaría tres años; yo le miré, queriéndole reconocer, pero me encontraba tan perturbado, que pronto me di por vencido, y le dije: ¿Quién eres? Te he visto, no sé dónde; sácame de dudas. El niño apoyó su diestra en mi frente y me dijo: Mira, miré, y me vi montado en un soberbio alazán; mi caballo corría, saltando zanjas y horrendos precipicios, a impulsos de mi voluntad; mis espuelas oprimían sus ijares y mi caballo volaba como si hubiese hecho una apuesta con las águilas, que en la inmensa altura se remontaban para hacer sus nidos en los picachos de las montañas donde la planta humana aún no había llegado.

»Con mi veloz carrera, llegué al punto que deseaba, ante una gran ciudad que ardía por sus cuatro costados; mis guerreros cumplían mis terminantes órdenes. Mi voz de trueno se unió a la infernal gritería de los vencidos y los vencedores. Siguió el incendio destruyendo maravillosos templos paganos, donde el arte había hecho de la dura piedra delicadísimos encajes y había dado vida a las figuras mitológicas.

»Bajé de mi caballo y, sin idea fija, me dirigí a la ventura por los alrededores de la ciudad incendiada; reparé en una choza que comenzaba a arder; me acerqué y dentro de ella vi a un niño mudo por el espanto. El pobrecito, al verme, me tendió los brazos; yo le estreché contra mi corazón y salí huyendo con mi preciosa carga, avergonzado de mi generosidad. ¡El guerrero invencible con un niño en brazos! ¡Mi gente, matando sin piedad a los vencidos y yo corriendo campo a través, con aquel inocente, sin saber dónde dejarlo a salvo!… ¡Corrí mucho, mucho!, hasta llegar a una casa de campo. Allí me detuve y pedí hospitalidad para mi compañero. Una mujer le tomó en sus brazos, diciéndome: ¡Pero este niño está muerto! Y efectivamente, ¡el niño había muerto en mis brazos! Y yo que nunca había derramado una lágrima, al ver el cadáver de aquel inocente, bañé su rostro con mi llanto, y acompañado de aquella buena mujer y de otros campesinos no me separé de él hasta que lo di sepultura.

»Más tarde, mis tropas me llevaron en triunfo; crucé largo trecho bajo un bosque de laureles en flor; mujeres hermosas alfombraban mi camino con perfumadas flores, pero mi pensamiento estaba fijo en aquel niño que murió de espanto, y que ignorando que yo fuese su verdugo, me tendió sus brazos, diciéndome con un mudo ademan: ¡Sálvame de la muerte! Comprendí que el niño que encontré en mi soledad era aquel que murió en mis brazos, y por si alguna duda me quedaba, él me dijo: Soy el único ser que guarda de ti un recuerdo de gratitud; en tu última existencia muchas madres te maldicen; tu patria te debe unos cuantos palmos de terreno; pero ese pedazo de tierra ha sido regado con lágrimas y sangre. Todo tu sentimiento, todo tu amor, lo recogí yo en breve tiempo; yo seré el único rayo de luz que iluminará la noche de tu vida, ven conmigo. Y el niño se convirtió en una hermosa figura.

»Me sentí desfallecido y un sueño dulcísimo y reparador me hizo olvidar mi triste entrada en el espacio. Muchas veces he vuelto a la Tierra en posición muy humilde; no he hecho proezas, pero no he hecho mal a nadie; he vivido ignorado y he muerto en paz, en santa paz, y he hallado muchos seres amigos que me aguardaban con los brazos abiertos, sin faltar el niño que bajo esa figura se me presenta siempre, siendo el guía amorosísimo de mi vida. No lo dudes, Amalia; el hombre más grande es el que hace menos víctimas y el que más se sacrifica por la humanidad. Adiós».

Somos de la misma opinión del espíritu. El hombre más grande creemos que es aquel que hace de su hogar un pequeño oasis, un pequeño Estado, donde no hay un tirano que martirice ni esclavos sumisos al mandato de su Señor; y entre los suyos ensaya el gobierno de un pueblo donde reine el amor y la ciencia, y sea un hecho el divino lema: Uno para todos y todos para uno.      

Amalia Domingo Soler

Nota: Todo tiene su historia. Reproducción del artículo publicado en el 
número 20 de “LA LUZ DEL PORVENIR”, publicado en Villena, 15 de octubre
de 1907.
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