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LA INMORTALIDAD SEGÚN EL MAESTRO DE GALILEA

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La inmortalidad según el maestro de Galilea

Jesús les respondió: Yo soy la resurrección y la vida; quien crea en mí, aunque muera, vivirá” (Juan 11:25)

A lo largo de la historia han sido numerosos los avatares espirituales, maestros, fundadores de religiones, pensadores, filósofos y otros que han hablado de la inmortalidad del alma. En capítulos anteriores de esta misma serie reprodujimos muchos de esos testimonios, haciendo hincapié en el extraordinario relato filosófico de Sócrates en el Fedón acerca de la inmortalidad del alma.

Sin duda, a nivel filosófico ha sido una de las mejores exposiciones con los argumentos que justifican la realidad del alma inmortal y su trascendencia después de la muerte. Y como éste, ha habido otros muchos también brillantes y de excelente lógica y razonamientos.

Sin embargo, hoy queremos profundizar en la visión particular del mayor y más grande maestro de la espiritualidad que nunca encarnó en la Tierra. Nos referimos por supuesto a Jesús de Nazareth. No vamos a enfocar este análisis bajo la óptica teológica o religiosa del Cristo de la Fe que sustentan las religiones cristianas, porque bajo ese enfoque, muchas veces distorsionado por la imagen de un personaje irreal y divino, se dan por sentadas multitud de erratas que nada tienen que ver con el auténtico y real mensaje del maestro de Galilea.

Para Jesús, el tema de la inmortalidad revestía dos dimensiones claramente definidas. La primera, la constatación de una realidad que el mismo vivía, sentía y predicaba. La segunda, la oportunidad de ofrecer a toda la humanidad la certeza de esa inmortalidad a través de su palabra, su ejemplo, su resurrección y el cumplimiento de su misión en la Tierra.

En el primer punto, la inmortalidad era para Jesús una realidad permanente, vivida a cada instante de su propia existencia y experiencia terrena. Para Él, un espíritu puro y angélico, que diariamente sentía la presencia de las fuerzas superiores y se movía en un permanente desdoblamiento espiritual entre los dos planos de la vida (el físico y el espiritual), nada ni nadie podría convencerlo de lo contrario a la certeza inmortal del alma, pues para Él era la realidad más absoluta al estar en contacto permanente con espíritus superiores que le acompañaban en su misión y con los cuales mantenía una permanente conexión y comunicación.

Además de ello, su estado de elevación y vibración espiritual procedente de su naturaleza angélica, venía acompañado por un profundo magnetismo y dominio sobre las fuerzas de la materia; de ahí derivaba, entre otras cosas, la profundidad de su diagnóstico sobre el alma humana de aquellos que se le acercaban. Era conocedor, al instante, de las intimidades del espíritu inmortal de todos los que llegaban hasta Él, pudiendo vislumbrar no sólo los pasajes más importantes de las vidas anteriores de todos sino también las llagas morales, los errores y crímenes cometidos, las violencias o degradaciones sufridas, los méritos o deméritos de las almas encarnadas que acudían a Él para obtener consuelo, salud y equilibrio en sus vidas.

Él priorizaba la salud del alma y la del cuerpo. Pero con mayor importancia la del alma, pues después de cada curación recomendaba “ve y no peques más si no quieres que el mal vuelva”. Su actuación en este sentido era como la de un psicoterapeuta superior que, pudiendo diseccionar las profundidades del alma endeudada, recomendaba el medicamento adecuado, pero advertía que era necesario un cambio interior, si no se corría el riesgo de volver a enfermar.

Como hemos afirmado, Él sabía de las leyes que rigen el proceso evolutivo del alma, y la ley de causa y efecto. Recordemos su frase “a cada cual según sus obras”, y la necesidad de corregir el rumbo equivocado el alma inmortal en su trayectoria milenaria, aceptando y cumpliendo las leyes de Dios, amando al prójimo como a uno mismo y perdonando las ofensas. Sólo así el alma inmortal se redimía, comenzaba a progresar y abandonaba las vidas de dolor.

Así pues, para Él, todo lo que hacía por los demás estaba destinado no sólo a ofrecer consuelo y amparo sino también aprendizaje y lección de futuro, para librar al alma humana del sufrimiento innecesario en vidas sucesivas aprovechando la oportunidad de cambiar y modificar su conducta hacia el bien.

Y en un segundo aspecto, la certeza de la inmortalidad del alma para Jesús le ofrecía la oportunidad de colocarse Él mismo como guía del camino, como modelo o arquetipo a seguir, a fin de conducir a las almas inmortales hacia el destino prefijado por Dios. De ahí que con su sencillez en las palabras quería manifestar que el camino más rápido y seguro para llegar a la felicidad inmortal del alma era seguir su ejemplo, que llevaba a todo ser humano al reencuentro con el creador. De ahí su famosa frase: “Nadie va al Padre si no es a través de mí”. Lejos de ser una declaración de soberbia era precisamente una expresión del ejemplo que debíamos seguir.

No es casualidad que el mayor difusor del cristianismo e iniciador de la teología cristiana, como fue Pablo de Tarso, incidiera precisamente en que la base del cristianismo era la cuestión de la inmortalidad del alma reflejada en el ejemplo y resurrección del maestro Jesús. Lo definió con estas palabras:

“Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe”

Lo que viene a significar exactamente que el mayor acontecimiento de la venida del maestro a la Tierra es precisamente la demostración de la inmortalidad del alma a través de su propio ejemplo, la “aparición en cuerpo espiritual glorioso”, durante más de cuarenta días posteriores a su muerte a muchos: gentes sencillas, seguidores o apóstoles, a más de quinientos en el valle antes de elevarse, e incluso al propio Pablo tiempo después cuando iba camino de Damasco persiguiendo a los seguidores del maestro.

Las palabras que encabezan este artículo son la confirmación de lo anterior, dichas por el propio Jesús, en las cuales confirma que aquellos que crean en sus enseñanzas y en su promesa de inmortalidad seguirán viviendo espiritualmente como Él, aunque mueran físicamente. Es la afirmación más elocuente de la importancia que Jesús concede a la inmortalidad del alma como esperanza y consuelo de futuro para toda la humanidad.

Este mensaje de esperanza queda reflejado en las bienaventuranzas (1), donde el maestro promete, junto a la inmortalidad del alma, la reparación para los afligidos, los sufrientes, los limpios de corazón, etc. añadiendo que esta restitución o reparación de la justicia divina tendrá lugar sin excepción alguna en la vida futura.

En la obra de Allán Kardec “El Libro de los Espíritus”, el maestro de Lyon pregunta a los espíritus en el ítem 625 lo siguiente: “¿Cuál ha sido el arquetipo más perfecto que Dios ha enviado al hombre para servirle de guía y modelo” Respuesta: Ved a Jesús… Es el arquetipo de la perfección moral.

Y por último, cuando el Maestro de Galilea tiene que enfrentar su propia muerte, aparece en estos momentos su condición humana que aflora igualmente: “Si es posible aparta de mí este cáliz…” para inmediatamente asumir con aceptación la voluntad de Dios sobre la misión que se le ha encomendado: “….Hágase en mí según tu voluntad”.

Todo ello bajo la certeza de inmortalidad que predicó y enseñó a lo largo de su vida, como se refleja en la frase inicial que encabeza este escrito. Para Jesús, la inmortalidad del alma no era simplemente un argumento filosófico, era fundamentalmente un elemento de esperanza para el ser que sufre, recordándole que Dios y su justicia siempre están presentes. De ahí la inigualable prédica del sermón de la montaña donde explicó, con la lucidez propia de un espíritu superior, el amor de Dios por el hombre, su justicia perfecta y la necesidad de seguir sus mandamientos: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”.

La inmortalidad según el Maestro de Galilea por: Antonio Lledó Flor

2025 © Amor, Paz y Caridad

  1. Bienaventurados los afligidos…
    Bienaventurados los pobres de espíritu…
    Bienaventurados los mansos y pacíficos…
    Bienaventurados los misericordiosos…
    Bienaventurados los que tienen el corazón puro… ↩︎
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