TIEMPOS DE TRANSICIÓN

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Tiempos de transición

Sin duda, estamos viviendo Tiempos de transición, una etapa de la humanidad en la que se están produciendo multitud de cambios en la sociedad. Son momentos de transformación en todos los sentidos, que a mi juicio están poniendo a prueba todos nuestros valores, todo aquello que hemos podido aprender a lo largo de muchos siglos, ya que como espíritus en proceso de evolución hemos gozado de múltiples existencias, animando diferentes personalidades según las épocas, y experimentando aquellas vivencias que necesitábamos para nuestro progreso.

El objeto de venir a una nueva existencia no es otro que disponer de distintas facetas a desarrollar en diferentes circunstancias y características, emprender nuevos retos, afrontar aquellos proyectos necesarios para cada espíritu en particular, con el fin de engrandecernos y desarrollar los atributos internos que poseemos. Así pues, venimos unas veces animando personalidades masculinas, otras en cuerpo de mujer; unas veces rodeados de lujo y poder, otras pasando miseria y necesidad. Es decir, pasamos por la prueba de la riqueza y de la pobreza, de la salud y la enfermedad, todo ello encaminado a nuestro progreso espiritual.

Asimismo, las leyes que rigen nuestra evolución ya nos ponen en el camino aquello que sembramos en el pasado y que ahora es el momento de recoger, tanto positivo como negativo. No se presentan las pruebas y expiaciones por azar o casualidad, sino que obedecen a un determinismo justo y sabio amparado por la sabiduría cósmica universal que rige los destinos de universo, tanto material como espiritualmente. Mucho de cuanto nos acontece en la vida a modo de retiros, pruebas, sufrimientos etc., viene como consecuencia de esa siembra que hicimos en el pretérito.

De todo lo que vive y experimenta nuestra alma vamos aprendiendo.

Si hemos aprovechado las diferentes existencias que la vida nos ha concedido como auténticas oportunidades de aprendizaje, de rectificación y progreso, sabremos qué hacer cuando se nos someta a prueba y no tengamos más remedio que  tomar decisiones importantes. Pasaremos las nuevas pruebas, que son asignaturas pendientes, exitosamente, y actuaremos en armonía y consonancia con la ley natural, avanzado más rápidamente. Si no hemos aprendido de dichas existencias y todavía vamos rezagados en cuanto a humildad y deseos de progreso, tropezaremos en los mismos errores y no sabremos cuál es el camino cierto a seguir; estaremos confusos o actuaremos dejándonos llevar por nuestro egoísmo, tomando el camino más fácil, aquel que luego tendremos que desandar, rectificando todos aquellos errores en los que hayamos podido incurrir.

Para eso nos preparamos en el plano espiritual antes de encarnar; hacemos una revisión de todos aquellos débitos que tenemos, estudiamos las debilidades e imperfecciones que nos llevaron a equivocarnos, a hacer un mal uso de nuestro libre albedrío, y de todas aquellas acciones y circunstancias que propiciamos y que hicieron que nos endeudáramos y contrajésemos responsabilidades con otros espíritus que esperan que les restablezcamos en todo aquello en que les perjudicamos.

Todo eso le lleva un tiempo al ser espiritual. Tiene que hacerse consciente de todo cuanto pudo hacer y no hizo, de lo que hizo equivocadamente; ha de entender que no se puede escapar de la justicia divina, que con sus leyes imparciales e inexorables espera que retornemos al camino recto y que corrijamos todos aquellos errores que, por ignorancia unas veces, por egoísmo y comodidad otras, cometimos en el pasado y que más adelante deberemos subsanar”.

 Y ese momento siempre llega. A veces tarda siglos en llegar, pero las almas se reencuentran, la ley de justicia sale a su encuentro y llega un momento en el que ya no se puede esperar más.

Son momentos de reajuste, de reconocer los errores, incluso las maldades, las imperfecciones, la falta de conocimiento de nuestro auténtico sentido de la existencia… todos ellos nos juegan malas pasadas y nos llevan a atentar hasta contra los seres más queridos, de nuestra propia familia. Entonces, la parte espiritual positiva, aquellos hermanos que velan por nuestro progreso, por nuestra rectificación, por nuestra felicidad, nos iluminan y aconsejan, haciéndonos ver nuestras actuaciones del pasado y el modo en que estas perturbaron y perjudicaron a nuestros deudos.

Llega el momento de la reconciliación en el que ese grupo de espíritus que se ven encadenados por sus odios y desencuentros del pasado tienen que tomar la decisión de perdonarse y de venir nuevamente a lavar aquellas faltas, aquellos hechos que nos produjeron tanto dolor y desencuentro, que son una mancha en nuestro libro de ruta y que nos convierten en esclavos de ese pasado turbio y convulso.

Nos dan toda su ayuda, orientación, consejos, y se comienza a trabajar por la reparación, ya conscientes del retraso espiritual y de lo lamentable que es permanecer atados al rencor, pensando solo en la venganza y en causar más dolor y sufrimiento. Todos ponen de su parte para emprender una nueva experiencia en la carne, en la que cada uno tomará la responsabilidad que le competa y le permita el reajuste y la liberación, por fin, de todas aquellas deudas que les impiden elevarse y engrandecerse.

Porque mientras en nuestro interior se halle el veneno del odio y la venganza, el alma ni puede elevarse ni comprender ni razonar ni verse libre de esa cadena que es la ignorancia, que nos vincula a los planos de oscuridad y confusión.

Cada nueva vida podría decirse que es una transición hacia el encuentro con nosotros mismos y con todos aquellos que apartamos de nuestro lado por motivos egoístas y materiales; por eso siempre nos falta algo, porque hasta el mismo momento de la muerte tenemos que trabajar y trabajar para ir reconciliándonos, con nosotros mismos por un lado, y por otro con todos nuestros hermanos de camino, a los que unas veces hemos atropellado y otras tan solo les hemos puesto una pequeña zancadilla. Pero todo se tiene que resolver, de otro modo, esas cuantiosas semillas de luz y de amor que permanecen adormecidas en nuestro fuero interno no pueden salir al aire y dar sus frutos.

Pero esto es solo una parte del capítulo, porque la ley del progreso, además, nos presenta nuevas lecciones que aprender, ya que la vida y la sociedad progresa, y ese progreso no siempre obedece a la ley natural, no siempre responde de manera positiva a lo que, como seres en proceso de evolución, hemos de ir mejorando en la Tierra. Está claro que tenemos que progresar y mejorar las condiciones de vida. ¿Para qué? Para hacer de este un mundo mucho mejor, más igualitario, más justo, más armónico, en donde todos podamos disponer de las mismas oportunidades de alcanzar la meta de la felicidad y el desarrollo personal; en el que todos nos sintamos iguales y solo nos puedan estorbar o aplacar las propias debilidades y faltas del carácter. Esto cada uno debe ir resolviéndolo por sí mismo.

El karma es cierto que nos va reajustando y poniendo en el camino los detalles que cada uno necesita para su elevación, así que no hay que pensar en el karma que, tanto individual como colectivo, tenemos, sino que debemos luchar por hacer que esta nuestra sociedad evolucione a mejor, siempre dentro de los cauces de la espiritualidad. Hay que tener conciencia para saber discernir lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto, lo necesario de lo superfluo, y así sucesivamente. Por eso es preciso un estudio y análisis de todos aquellos avances y conquistas de la sociedad, que sin duda tiene mucho en lo que mejorar.

Pero una cosa es mejorar por el camino adecuado y otra es crear o instituir nuevas formas de vida y comportamientos que quizás no rimen en consonancia con la espiritualidad. Debemos reflexionar para llegar a comprender lo mejor posible todos los cambios y los avances que estamos experimentado en la sociedad en las últimas décadas, unos debidos a los grandiosos avances de la medicina y de la tecnología y otros debidos a la necesidad que se tenía de ir transformando la sociedad en libertades, derechos, justicia… y la emancipación de la mujer, que concretamente estaba necesitada de irrumpir en la vida social y colaborar en ella como un elemento igualitario al hombre.

Luego, muchos cambios se están produciendo en nuestra sociedad, ¿están todos ellos de acuerdo con la espiritualidad? ¿Son todos ellos un beneficio para el ser humano? ¿Propician todos ellos nuestro adelanto y elevación espiritual?

En esto es en lo que debemos profundizar con rigor y seriedad, bajo la luz y los principios fundamentales del espiritismo. Para eso nos legaron las leyes morales en el Libro de los Espíritus y para eso siguen dándonos instrucciones continuamente.

Es este un trabajo de análisis que nos propusimos estudiar y profundizar, y que en próximos artículos iremos desarrollando. Por ejemplo, con el importantísimo tema de la familia, el matrimonio, los hijos, la educación y muchos más aspectos que giran en torno al núcleo familiar, el cual está experimentado cambios profundos; y siendo a mi entender el crisol en donde debe forjarse la educación y el porvenir de los hijos, hemos de dedicarle una mención especial.

Tiempos de transición por: Fermín Hernández

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