Enfocando la actualidad

REPRODUCCIÓN Y PSIQUISMO PERINATAL

 

Una de las leyes principales que gobiernan el universo espiritual del individuo es aquella que tiene que ver con la reproducción de la especie. El binomio hombre-mujer está plenamente condicionado por esta ley, y en ella se deposita o garantiza la supervivencia de la especie. Esto, conforme avanzan las leyes de la eugenesia y la biología evolutiva, así como la ingeniería genética y nuevas técnicas de reproducción humana, supone un avance en la sociedad que no obliga necesariamente a la participación consciente de un hombre o una mujer. La fecundación in-vitro, así como las técnicas de reproducción asistida en general, ofrecen ya al ser humano la posibilidad de reproducción sin la obligatoriedad formal del acto sexual reproductivo.

No obstante es precisa la unión de las células de ambos sexos para dar lugar a la vida; a la reproducción de un nuevo ser, aunque esto se haga en un laboratorio, fecundando el óvulo fuera o dentro del vientre materno, o a base de técnicas de reproducción cada vez más sofisticadas.

En la comprensión de que la vida es patrimonio del creador, los avances de la genética podrían poner en entredicho tal afirmación. Pero es justo al contrario, cuando mayor es el desarrollo de la ingeniería genética, asistimos con asombro al hecho de que a pesar de todo, la repetición en un laboratorio de una misma técnica reproductiva no ofrece siempre el mismo resultado. Esto nos invita a reflexionar, con total certeza, que en el procedimiento de la reproducción asistida no sólo intervienen los factores biológicos, ambientales, celulares o de cualquier otra índole, sino que detrás del mismo encontramos nuevas variables que no permiten denominar como exacto y preciso el resultado de las técnicas.

Si los resultados fueran siempre positivos, el método científico al respecto estaría plenamente garantizado, pues por repetición de las condiciones se darían siempre los resultados esperados. Esto no sólo no es así sino que, justo al contrario, y a pesar de los avances casi permanentes en estas técnicas, el porcentaje de aciertos positivos es mucho menor que el de resultados negativos.

Desde la aparición de la Biología Molecular, la incuestionable evolución química de las células ha quedado en entredicho. Ya no es únicamente la carga genética de la herencia la que condiciona el ADN de la persona sino que intervienen factores moleculares que modifican el desarrollo de nuestros genes, su origen y su posterior evolución.

Otra nueva disciplina científica contempla lo que afirma la Biología Molecular. A raíz de la descodificación del genoma humano en el año 2000, nuevas posibilidades se abrieron para la ciencia de la biología y la genética, apareciendo la Epigénesis como nueva disciplina que observa en el desarrollo de los genes modificaciones y alteraciones de los mismos a medida que se desarrollan y que se ven afectados por factores de toda índole, ambientales, psicológicos, sociológicos, culturales, etc. y no están previamente formados.

Así pues estas dos disciplinas científicas han terminado con el mito de que el desarrollo de la personalidad humana radica única y exclusivamente en la herencia genética. Es cierto que esta última es un factor importantísimo; pero no el único ni por supuesto el más importante. Estos avances no llevan más que a la conclusión del hecho que el psiquismo humano tiene una especial preponderancia en la formación de la célula, pudiendo afirmar con rotundidad que, al igual que nuestros genes poseen una carga genética biológica procedente de la herencia, estos también poseen una carga psíquica procedente del psiquismo prenatal que anima el cuerpo biológico desde su formación con la primera célula fetal.

Los últimos avances de la ciencia en este sentido vienen a probar todo esto; pues como bien ha demostrado el Dr. Gerard Rottman, de la Universidad de Salzsburgo (Austria): “la conciencia del feto refleja directamente, durante el embarazo, el estado emocional de la madre”.

Avanzando en este campo, las conclusiones se vuelven más valiosas cuando los doctores Thomas Verney y John Kelly, basándose en estrictos datos científicos en el campo neurológico y fisiológico, han realizado una enorme contribución al estudio de la conciencia perinatal; confirmando que el feto lleva una activa vida emocional, llegando a afirmar que “el niño in-utero (antes de nacer), puede ver, oír, experimentar, gustar, y en un nivel rudimentario,hasta aprender.

Y por último, el psicoanalista Roger J. Wollger, graduado en Oxford, afirma textualmente a este respecto: “la conciencia de la madre durante el embarazo, es la ocasión para reactivar los esquemas psíquicos preexistentes en la psique del niño a consecuencia de sus vidas pasadas”.

Este psiquismo no es otra cosa que el periespíritu, el bioplasma, la psinergia, el alma, o cualquier otra definición que queramos darle; es el organizador y moldeador de la estructura psíquica del ser; psiquismo anterior a la concepción del ser humano y que se convierte en la envoltura que interpenetra el sistema biológico y celular del feto desde que la primera célula es fecundada hasta el total desarrollo y posterior nacimiento del niño.

Así pues, nuestro ADN, lleva impresas no sólo las características hereditarias, biológicas y psicológicas de nuestra personalidad, sino también la herencia espiritual de nuestro pasado, con el acervo de hábitos y tendencias positivas y negativas que constituyen nuestro recorrido evolutivo a través de las sucesivas reencarnaciones.

¿Cómo es posible esto? Sencillamente, como acabamos de explicar, a través de nuestro periespíritu; ese cuerpo intermedio que no se destruye con la muerte del cuerpo físico y que guarda celosamente las impresiones de nuestras experiencias de otras vidas; siendo que al reencarnar en un nuevo cuerpo, y conforme El Niño avanza en su desarrollo hasta la adolescencia, va aflorando en él su auténtica personalidad, la que ha venido teniendo en el transcurso de su trayectoria evolutiva de vidas anteriores.

Esta cuestión, unida al hecho de que desde el momento de la fecundación es precisamente el periespíritu el modelo organizador biológico del cigoto (la primera célula), a la que otorga la vida embrionaria y a la que va conformando en su morfología, nos reafirma una vez más en el hecho de que ya, desde la primera célula, existe una parte biológica y otra psíquica en la que el periespíritu impregna no sólo sus características propias, sino incluso las taras y deficiencias genéticas que condicionarán su salud en los años de vida física.

Todo lo expuesto nos confirma, nuevamente, la presencia del principio inmaterial y de su creador en todo aquello que a la vida se refiere. Por ello, la reproducción asistida es un método científico válido en cuanto a ofrecer las condiciones de nuevas vidas; nuevos cuerpos que puedan ser utilizados por espíritus que desean reencarnar y asimilar experiencias; y cuyos progenitores, no poseen la facilidad de engendrarlos de otra forma. Éticamente es correcto y positivo cuando el fin y la intención son permitir nuevas vidas y nuevas oportunidades de progreso a los seres que reencarnan.

No obstante, como todo avance científico, tiene también sus contrapartidas contrapuestas a la ética y al sentido moral; es preciso destacar que, el fin que se persigue y la intención con la que se realiza, nos dará la medida de si es éticamente reprobable o no. De momento, todo aquello que permita la vida humana y que mejore las condiciones del hombre y de su salud, ha de ser visto como algo muy positivo.

Sea como fuere, la vida humana corresponde a Dios, y las leyes que rigen el proceso evolutivo del ser humano son justas y perfectas. Nada contrario a las mismas puede tener un recorrido a largo plazo, pues la creación de humanos biológicamente iguales no quiere decir que psicológica o espiritualmente sean iguales también. Y en la preexistencia de la conciencia perinatal se demuestra que, cada ser y cada embrión, posee sus propias características psíquicas, que nada tienen que ver con las biológicas, aunque estas fueran exactamente iguales.

Y además, aunque la manipulación genética consiguiera algún día reproducir o clonar humanos biológicamente parecidos, nunca serían iguales, pues los espíritus que animarían esos cuerpos serían totalmente diferentes los unos de otros, ya que el espíritu es inmortal, único, individual, no hay uno igual a otro. Dios, que es espíritu, nos creó eternos a su imagen y semejanza en cuanto al espíritu no a la materia. Es nuestro ser espiritual el que sobrevive a la muerte, quedando en la tierra el cuerpo biológico que se destruye con el paso de los años.

Todo lo expuesto confirma que nuestra psique es anterior a nuestro nacimiento, al igual que nuestro espíritu, y además se demuestra que existen variables en la reproducción que escapan al control de los biólogos y genetistas. Tanto es así, que una de las máximas autoridades mundiales en genética, el Dr. Francis Collins, Director del Proyecto Genoma Humano, y Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica, afirma lo siguiente:

Creo que el universo fue creado por Dios con la intención concreta de dar lugar a vida inteligente. Dado que en el ADN se encuentra la información molecular de todas las cosas vivas, se puede entender éste como el “Logos” que Dios ha usado para dar vida a los seres. El proceso de la evolución por selección natural durante cientos de millones de años es el “cómo” que explica la maravillosa diversidad de la vida. Pero este “cómo” no contesta a la pregunta de “¿por qué?”. Creo que Dios es la respuesta a esa pregunta.

Antonio Lledó

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