Editorial

PAZ Y JUSTICIA

Entre las reivindicaciones más comunes del ser humano a lo largo de la historia, destaca la justicia, por encima de otras, como la de mayor demanda a nivel social y humano.

Desde el inicio de los tiempos el hombre ha reclamado y buscado la justicia a todos los niveles; primeramente en las leyes de la naturaleza, en aquello que no alcanzaba a comprender; después en el comportamiento humano, demandando para cada uno lo que le corresponde o pertenece. En el universo primitivo conocido por el hombre, el atributo de la justicia se dejaba en manos de los dioses, debido principalmente al desconocimiento de las leyes que rigen la naturaleza de las cosas en esas épocas remotas.

La ciencia y su avance, han venido desterrando la superstición y la arbitrariedad de los dioses, a la hora de impartir justicia, conforme han ido explicando el origen de las leyes naturales y su incidencia sobre los hombres. El nacimiento del derecho dio origen al código que permitía impartir justicia humana. Justicia imperfecta, pero necesaria para articular el orden social.

En el apartado de la creencia, aún en pleno siglo XXI, se mantienen por parte de muchas concepciones religiosas conceptos arbitrarios sobre la justicia divina que son propios de mentalidades atrasadas; enrocadas en el abismo de los tiempos y de la ignorancia.

Ideas como el infierno eterno; los milagros, las creencias sobrenaturales, un Dios iracundo o vengativo que castiga, etc. preñan de conceptos pueriles muchas teologías religiosas. Todo esto, contrario al sentido común, la lógica y el razonamiento más simple, chocan frontalmente con el desarrollo cultural e intelectual del hombre de este siglo, con lo que cada vez se alejan más de estos conceptos del pasado, y por ende, de las religiones e ideologías que los sustentan.

El simple concepto de concebir una justicia divina arbitraria o punitiva se enfrenta abiertamente con el concepto más auténtico y real de esa gran fuerza creadora a la que llamamos Dios; un Dios de amor no puede castigar, sólo educar. Un Dios perfecto, tal y como observamos en la naturaleza de las leyes que rigen el proceso evolutivo del universo, no se contradice a sí mismo derogando o saltándose a la torera las leyes que el mismo ha marcado como inmutables y perfectas para todo el cosmos.

De aquí se deduce, por un lado, que los fenómenos sobrenaturales, los milagros y las maravillas que a veces se producen, no son tales, sino que nuestra capacidad intelectiva todavía no alcanza a comprender el origen de las mismas. Esto es la propia ley de progreso y evolución; que continuamente va descubriendo nuevas realidades que afectan al hombre y explican la naturaleza correcta de los fenómenos.

La propia ciencia afirma que, a fecha de hoy, desconoce el origen de la vida en la tierra de forma concluyente hace aproximadamente 4000 millones de años. Se sabe de múltiples aspectos que han podido originarla, pero se ignoran la gran mayoría de hechos acaecidos hace ahora 13500 millones de años, cuando se produjo el Big Bang que dio comienzo al universo físico que conocemos.

Multitud de incógnitas sacuden todavía el análisis científico sobre el origen del hombre. Pero la ciencia no tiene prisa; avanza y descubre; va desmitificando los conceptos erróneos del pasado, y no tiene empacho alguno en desmentir las concepciones infantiles que todavía hoy mantienen como creencias ilógicas y contrarias a la razón y al buen sentido muchas ideologías.

No obstante, el sentido más profundo de las leyes de la naturaleza nos lleva a una perfección, un orden, un equilibrio y armonía que se encuentra inmanente en todos los aspectos de la creación. El hombre; como principio inteligente de la misma, tampoco puede estar exento de estos atributos mencionados; aunque el libre albedrío del que gozamos y la voluntad que manifestamos constantemente, nos lleve a transitar por caminos opuestos a los citados atributos, desvirtuándolos y alejándolos de su auténtica esencia y realidad.

El sentido de la justicia divina, aparte de no ser de ninguna forma arbitraria, se fundamenta en el atributo divino mediante el cual Dios ordena todas las cosas en el universo, además de otorgar a cada cual según merece.

Nuestra sociedad hoy, reclama con insistencia justicia social, justicia universal, igualdad de derechos y libertades; equidad y solidaridad. No obstante, vemos que detrás de todo ello, se encuentra el hombre para poder impartir esta justicia imperfecta, desvirtuada por el propio hombre que, corrompido por su propia imperfección, se aleja de los valores y atributos mencionados anteriormente. Solo puede haber auténtica justicia cuando el que la imparte además de sabiduría comprende los valores de la misericordia y el amor. (*)

No obstante, a pesar de que la justicia humana es imperfecta, hemos de intentar confiar en ella, ya que un mundo sin normas ni reglas sería la anarquía y el caos. Para vivir en un mundo como el nuestro; donde la perversidad y la violencia todavía se hallan instaladas en el alma humana, es precisa una justicia que evite la impunidad y los abusos a la libertad y los atentados a los derechos de los demás.

La matización que deberíamos hacer a continuación sería que, a la hora de impartir esta justicia, el sentido común, la inteligencia y la razón se eleven por encima de los intereses espurios de la ambición y el egoísmo humano; abandonando la soberbia y los abusos de poder, a fin de acercarnos lo más posible a una justicia equitativa, solidaria y basada en el fin último que permita la convivencia en paz y fraternidad entre todos los seres humanos.

Quien lea estas líneas pensará que es imposible conseguir estos principios; no sólo por la naturaleza imperfecta del hombre sino porque la propia sociedad impone sus normas, a veces mixtificadoras y falaces, al confundir ley con justicia. Ley no es sinónimo de Justicia; pues las leyes las hacen los hombres y como tales son imperfectas, mientras que la justicia abarca conceptos que las leyes no contemplan y por ello es tan difícil conjugar ambos aspectos de forma integral y equitativa. La equidad es la justicia natural que no se subordina a la letra de la ley, sino que interpreta correctamente desde un sentido amplio y profundo la auténtica justicia.

Mientras tanto, la imperfección de la justicia humana que hemos de asumir, nada tiene que ver con la Justicia Divina; inmanente en la creación, en todos los elementos de la naturaleza y fundamentalmente en el propio hombre: elemento primordial del universo, creado a imagen y semejanza de Dios en cuanto a su principio inteligente: el espíritu. Y que al igual que su creador, posee en su interior, como germen, los atributos de la divinidad para ir desarrollándolos a través de un proceso evolutivo de miles de años; donde recibirá la justicia de la ley divina por sus méritos, no por gracia, arbitrariedades o creencias infantiles propias de otras épocas de oscurantismo.

La garantía de esta Justicia perfecta, son las leyes que rigen el universo físico y espiritual; entre otras, la ley de evolución y progreso, la ley de las vidas sucesivas o rencarnación y la ley de consecuencias, donde se reajustan los errores cometidos y se prepara al ser humano para su progreso y felicidad, educándolo en el desarrollo de los atributos que le permitirán dejar de lado la inferioridad y la violencia para acercarle a la plenitud y la perfección.

Antonio Lledó Flor

© Amor, paz y caridad 2014

(*) Si queremos un mundo de paz y de justicia hay que poner decididamente la inteligencia al servicio del amor.

Antoine de Saint-exupéry. Escritor (1900-1944)

 

 

 

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