NO TEMÁIS DESENMASCARAR A LOS EMBUSTEROS

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No temáis desenmascarar a los embusteros

No temáis desenmascarar a los embusteros

La frase que encabeza este artículo fue dictada por Erasto, discípulo de Pablo de Tarso, en los principios de la codificación espírita de Allán Kardec. El sentido de la misma tenía que ver con las críticas infundadas, destructivas e interesadas de los adversarios de esta nueva ciencia en el siglo XIX.

Era una advertencia para invitar a denunciar cualquier tipo de fraude, mistificación o engaño del que pudieran ser objeto aquellos que descubrían la nueva filosofía espírita, por parte de médiums desprevenidos o interesados y de dudosa condición moral, y también por parte de espíritus livianos, engañosos o frívolos como los que acudían a las sesiones de mediumnidad de aquel tiempo.

Kardec tomó muy enserio la advertencia y se dedicó con ahínco a combatir el fraude, denunciándolo en la Revista Espírita que se editaba en París desde el año 1858. Junto a esta directriz, Kardec adoptó sus precauciones para no ser engañado, tomando como guía en el intercambio con el más allá una comunicación de San Luis que era el “Presidente Espiritual” de la Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas, y que dijo lo siguiente:

“Todo se debe sopesar y madurar, someter al control de la más severa razón todas las comunicaciones que recibáis; siempre que una respuesta os parezca dudosa u oscura, no dejar de pedir los esclarecimientos necesarios que os puedan convencer”

Como podemos comprobar, la lucidez del pensamiento de estas entidades, a la hora de establecer directrices de seguridad por las que orientarse en la comunicación con el mundo espiritual, era notable y esclarecedora.

A ello se añadía el sentido crítico, analítico y el pensamiento científico de Kardec, que todo lo cuestionaba antes de aceptar ninguna certeza como verdad o norma universal. Por ello, se encargó personalmente de rebatir con vehemencia y rotundidad aquellas críticas a la nueva doctrina que se basaban en falacias, prejuicios sociales o religiosos e inmovilismo científico. Este último criticaba la ciencia espírita sin estudiar ni conocer lo que acontecía, con lo cual adoptaba una posición acientífica y muy poco digna de criterio, pues nadie puede efectuar juicios de valor de algo que desconoce y que se niega a investigar.

La segunda parte de esta postura de equidad y justicia adoptada por Kardec fue darse cuenta de la necesidad de combatir con intensidad y sin descanso a los charlatanes y médiums impostores de la época, que convertían la mediumnidad en una herramienta para su propia satisfacción de lucro o de notoriedad personal, sin querer valorar la responsabilidad del contacto que ella supone y la digna y elevada consecuencia de un uso adecuado, prudente y al servicio desinteresado del prójimo.

Kardec entrevió el peligro para la nueva ciencia y filosofía espírita de dejar sin denunciar las  prácticas arbitrarias y falsarias de muchos de aquellos que se dejaban llevar por la nueva moda del contacto con el más allá como algo esnob, que era más un divertimento sin apenas consecuencias y que servía más para incentivar la curiosidad malsana que la importancia de un contacto real y digno que pudiera hacer avanzar al hombre en su camino en la Tierra.

No había que temer desenmascarar a los embusteros, pues en este trabajo se estaba defendiendo la naturaleza, bondad y sagrada misión del contacto de los espíritus superiores con los hombres, a fin de rescatar la verdad del mundo espiritual y presentar al hombre la regeneración de un cristianismo redivivo, que como consecuencia ético-moral de la filosofía espírita llegaba al hombre para recordarle, sin las tergiversaciones del pasado de las religiones ni de la historia, el mensaje auténtico de Jesús y de la verdad que Él defendió, y que ahora llegaba directamente de lo Alto, de aquellos espíritus superiores, algunos de los cuales le acompañaron en su estancia terrena.

Kardec no solo era, como lo apellidó Flammarión, “el sentido común encarnado”, sino además era un espíritu valiente, con un espíritu científico y racional extraordinario. A estas condiciones unió su capacidad pedagógica aprendida con Pestalozzi, y fruto de ello pudo codificar, presentar y legar al mundo la enseñanza ofrecida por los Espíritus Superiores a través de multitud de intermediarios (médiums).

Para ello se valió de varias técnicas, una de ellas era preguntar la misma cosa a diferentes médiums en distintas partes del mundo y sin relaciones entre ellos; luego recibía las respuestas y comprobaba lo que él denominó como el “principio de concordancia universal” que toda verdad debía poseer antes de aceptarla como un principio válido para la codificación espírita.

Esta y otras técnicas fueron adoptadas con el rigor y la escrupulosidad que le caracterizaba en sus trabajos de investigación. Por ello, una vez sentados los principios de la doctrina espírita se dedicó con vehemencia a desenmascarar a aquellos que confundían el auténtico sentido de los mismos con prácticas mediúmnicas que nada tenían que ver con el cuerpo científico-filosófico ni con la responsabilidad ético-moral que se deriva del mismo.

Hoy en día, en pleno siglo XXI sigue siendo una prioridad defender la doctrina espírita de aquellos que la difaman o la ensucian confundiéndola con lo que no es, unos por ignorancia, otros por maledicencia. Los prejuicios sociales y religiosos siguen en vigor; los fuertes lazos del materialismo positivista que permeabiliza el paradigma científico desde hace más de un siglo se van resquebrajando poco a poco con las nuevas investigaciones de vanguardia en multitud de disciplinas científicas que ya están en la alborada de la confirmación del espíritu inmortal y de la comunicación con otras dimensiones y planos de vida. 

No obstante, todavía queda un tiempo para que esta resistencia termine por ceder, pues las academias científicas y toda la estructura de financiación que las impulsa tienen como objetivo prioritario resultados materiales basados en beneficios y lucro, por lo que la investigación honesta y libre, así como la publicación de los resultados de la misma, encuentra obstáculos permanentemente y es harto compleja para los auténticos científicos buscadores de la verdad que anteponen esta última a los intereses de todo tipo, y que se encuentran con fuertes resistencias a la hora de divulgar las conclusiones de sus trabajos.

La historia se repite. El espiritismo nació para combatir el materialismo galopante derivado del desengaño con las religiones tradicionales en el siglo XIX y del escepticismo imperante, todo acompañado del positivismo que publicaba que nada que no pudiera observarse podría existir. Hoy se comprueban ya los errores y la falacia del positivismo, el mecanicismo y la fragmentación de la investigación científica. 

La física cuántica, la biología molecular, la genética, la psicología transpersonal, etc. están demostrando que el universo físico y espiritual son una realidad integrada e interconectada, que la conciencia y la mente son inmateriales, que no somos esclavos de nuestros genes sino que poseemos libre albedrío, etc. Y todo ello como resultado de una visión holística, integral y sistémica que presenta el Universo como algo unido y no fragmentado, como un campo de energía, mente o conciencia del cual el hombre forma parte, donde se encuentra influenciado por el entorno y en el que él mismo, con sus pensamientos, actos, emociones  y creencias, modifica el entorno en el que se manifiesta.

El Universo es solidario y complejo. El hombre no puede estudiarse fragmentadamente y todo forma parte de un orden universal como efecto de una Mente e Inteligencia suprema, Causa primera de todas las cosas. Esta es la definición que los Espíritus Superiores dieron a Kardec en la cuestión nº1 del Libro de los espíritus cuando preguntó: ¿Qué es Dios?

No temáis desenmascarar a los embusteros por: Antonio Lledó Flor

2020, Amor, Paz y Caridad

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