Palabras de aliento

EL DESCONOCIDO

Año 1949. Nos habíamos conocido en el Real Conservatorio de Música y Declamación de Madrid. Mi compañera y yo nos enrolamos en la compañía del Circo Price, ella como saxofonista y yo como violinista. Mi amiga tenía unas extraordinarias dotes como músico, y en cuanto a mí, y sin ánimo de presunción, me consideraban algo más que aceptable. Tanto la una como la otra teníamos una gran afición y amor por nuestra profesión, y a las dos nos hubiera gustado apostar por mayor gloria en la música, pero debíamos conformarnos con lo que teníamos; la necesidad de trabajar para contribuir a los gastos familiares nos obligaba a olvidar los sueños gloriosos y bajar a la realidad más prosaica.

Estuvimos en Madrid, no recuerdo cuántos días; hace mucho tiempo… pasados esos días, salimos de gira por diversas ciudades y grandes pueblos de España, coincidiendo con las fiestas más populares.

La vida en un circo tiene algo muy especial; es como una gran familia. Podrá haber sus, digamos, roces, pero la solidaridad entre ellos brilla con luz propia; se ayudan y protegen, y cualquier contratiempo o desgracia se siente como propia.

He querido escribir este pequeño preámbulo para dejar constancia de que aquellos meses en el circo fueron una gran experiencia; aprendí qué significa lo que antes he comentado: la solidaridad, la amistad y la convivencia; esos valores tan ponderados en nuestra hermosa doctrina.

Todos cuantos me conocéis y sabéis de mis inquietudes por todo lo espiritual, habréis podido comprender que, entre todas las experiencias adquiridas, tendría que haber alguna más, digamos, relevante. En efecto, la hubo; y aun ahora, después de tantos años, la recuerdo como algo muy especial, y precisamente por esas “inquietudes”, no la consideré nunca como extraña, aunque sí relevante.

En la compañía teníamos un representante que siempre nos precedía en los viajes para preparar los alojamientos del personal del circo, pues el Price no era el típico de caravanas. En uno de esos viajes hubo problemas con los trenes, y en lugar de viajar todos juntos, como de costumbre, tuvimos que hacerlo por separado y en diversos convoyes. Mi amiga y yo lo hicimos en uno que hacía el trayecto prácticamente durante toda la noche. Cuando llegamos a nuestro destino esperábamos encontrar a nuestro representante, pero no fue así: sin duda, él habría tenido problemas.

 Eran cerca de las cinco de la mañana y no sabíamos hacia dónde dirigirnos; no conocíamos la ciudad e ignorábamos el lugar de la feria en donde ya estaría montada, sin duda, la gran carpa.

Decidimos buscar un bar o café donde tomar algo de comer y esperar a que acabara de amanecer, y ya de día hacer las averiguaciones pertinentes.

Debo decir que mi amiga era una criatura temerosa y que no se caracterizaba por poseer una actitud positiva ante cualquier acontecimiento que se saliera de lo normal, y en aquella ocasión tengo que admitir que me sentí contagiada de sus miedos.

Estábamos a punto de entrar en un bar que había cerca de la estación, cuando me dijo: -Es mejor que nos volvamos; no sabemos cómo es ese bar; a lo peor nos metemos en un sitio malo; no me gusta…

En aquel momento, una voz nos hizo volver la cabeza; aquella voz se dirigía a nosotras, diciendo: -¡Señoritas, señoritas…! –Se acercaba despacio, y cuando llegó a nuestro lado, añadió- me envían del hotel donde su representante reservó por teléfono una habitación para ustedes…

La calle estaba desierta. ¿De dónde había salido aquel hombre a aquellas horas de la madrugada? Esta es una pregunta que no he dejado de hacerme en todos estos años, sin atreverme a darme la respuesta que siempre me ronda en la cabeza… Entonces, ni siquiera se me ocurrió hacérmela: El hombre ofrecía confianza. Vestía correctamente un traje oscuro, sin ser negro; camisa blanca; y no llevaba corbata, aunque sí un pañuelo también blanco. Su cabello era canoso y abundante, y sus ojos miraban de una forma reposada, tranquila…

Le seguimos sin dudar, y tras una media hora de camino aproximadamente, llegamos a una casa de una sola planta y pintada de un color casi amarillo, con dos ventanales que casi tocaban el suelo y con unas hermosas rejas; una casa típicamente andaluza.

  -Ya hemos llegado. –Y haciéndose a un lado, añadió-: pasen, la dueña las está esperando.

Le dimos las gracias y entramos.

Nos atendió enseguida una señora muy amable y simpática, de unos cincuenta años, y después de tomar nuestros nombres y darnos la bienvenida nos hizo una pregunta que no supimos, por algunos segundos, contestar; no entendíamos su extrañeza: -¿Cómo han dado ustedes con mi casa? Su representante hizo la reserva por teléfono, pero no conoce la dirección. –Al fin, yo le respondí-: Nos ha acompañado ese señor del traje oscuro y pelo canoso que está ahí, en la puerta…

Pero en la puerta no había nadie; ni rastro de nuestro acompañante. La dueña de la pensión nos aseguró que no solamente no había enviado a nadie a buscarnos, sino que jamás había visto ni conocido a nadie parecido al hombre que nosotras le describíamos.

Entonces, sí, las preguntas: ¿De dónde había salido aquel hombre?, ¿había llegado a punto para evitar que entráramos en aquel bar? Y siendo así, ¿quién era?, y ¿cómo desapareció tan súbitamente?

Mi compañera, que conocía mi forma de pensar, me dijo muy seria: –No quiero que me digas ni una sola palabra de lo que, estoy segura, estás pensando; esas cosas me dan mucho miedo…

Y ustedes, ¿qué piensan?

                                         El desconocido por:         Mª Luisa Escrich.    

Guardamar, agosto de 2018

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