Psicografías

AVANZANDO SIEMPRE, SIN LIMITES

Una importante lección que ya aprendí en mi última existencia en la Tierra era el hecho de que, una vez descorrido el velo de mi ignorancia espiritual gracias a la doctrina espírita, los límites para el espíritu no existen, ni en la Tierra ni en el espacio. El progreso es continuo, el avance imperturbable y la energía de nuestro ser inmortal infinita.

Esta última puede verse perjudicada cuando recaemos en los estadios evolutivos más bajos, densificando nuestro periespíritu y oscureciéndolo con actos innobles, pensamientos impuros o sentimientos negativos y malsanos. El viejo dicho del “alma negra” es una verdad incuestionable; representa la carga negativa de nuestros crímenes y errores del pasado; y hemos de limpiarlo mediante el amor y la entrega desinteresada hacia el prójimo, reparando el daño que hicimos, o, por el contrario, el dolor llega a nuestras vidas para hacerse cargo de saldar la deuda mediante el sufrimiento, la desgracia y la aflicción.

Cuando comprendí que el espíritu no se detiene jamás, y que, de cada experiencia, positiva o negativa, es capaz de extraer las mejores consecuencias, entendí mejor la grandeza del Creador, al dotarnos de capacidad de cambio, de transformación, de libre albedrío y de responsabilidad total sobre nuestros actos.

De la acertada comprensión de nuestras experiencias, felices o desdichadas, y de la decisión que tomemos respecto a ellas, se infiere la felicidad y dicha futura que nuestro espíritu experimentará o, por el contrario, la continuidad en la perturbación, el odio, la enfermedad y la muerte. Cuando hablo de muerte me refiero a “muerte espiritual”, pues la muerte física no existe, y la primera no es otra cosa que el estado del espíritu humano cuando se vuelve ciego; dominado por el egoísmo, las pasiones y la soberbia que le hacen insensible al amor y a la compasión.

Siempre busqué en la vida la justicia, sin saber que nunca la hallaría en el mundo físico; pues existen razones espirituales, causas y consecuencias que exceden la comprensión de nuestro entendimiento al estar todavía dominados por la ignorancia de las leyes supremas de la vida. Conocemos muchas de ellas, pero en absoluto todas; y lo que es más grave, nuestras tendencias del pasado nos llevan a juzgar a priori las acciones de los demás sin saber apenas nada de su trayectoria evolutiva como espíritus.

Mis tendencias ancestrales, estando todavía en la materia, requerían de mí un esfuerzo supremo para no prejuzgar las actuaciones y acciones que otros realizaban a mi alrededor (positivas o negativas, según mi visión particular de las cosas). Esta tara, que confronta con el dicho del maestro Jesús: “no juzguéis y no seréis juzgados”, es sin duda uno de los más enraizados males en la conciencia de los hombres; y yo mismo no iba a ser una excepción.

Aquí, en el plano del espíritu, se ven las cosas con una perspectiva superior  y, desbrozados de la materia asfixiante y coercitiva, comprendemos con absoluta nitidez muchas cosas que en la vida física son para nosotros misterios insondables. Una de ellas es que nuestro espíritu no tiene más límites que aquellos que nos impone nuestra condición moral, nuestro grado de perfección y plenitud.

A mayor elevación espiritual, mayor energía y capacidad de obrar, actuar; mayores condiciones de llegar a donde se nos necesita, pues nuestro cuerpo espiritual se vuelve más sutil al poseer una energía vibratoria mayor, más rápida, donde las moléculas se encuentran más separadas, y por ende producen que nuestro pensamiento (vehículo del espíritu en el espacio) sea más potente, y nuestro cuerpo periespiritual menos denso, más ligero, más dúctil, maleable y fácil de dirigir y trasladarse allí donde se nos necesita.

Es una gran lección comprobar que la energía del espíritu se retroalimenta, a raíz de nuestras acciones de bien y de amor. Es increíble la enorme fuerza que los planos superiores trasladan a los espíritus como yo que, en el plano espiritual donde me encuentro, comprendido en el trabajo a realizar, y a pesar de no tener todavía una evolución superior, consigo trabajar cada vez más sin síntomas de agotamiento alguno.

Cuando alguna aflicción llega a mi mente derivada de mis propias debilidades o de la escasa fortaleza para aceptar el sufrimiento de seres queridos, me coloco en oración; y es entonces cuando observo y compruebo la enorme fuerza de los espíritus superiores; seres angélicos que vierten su amor en forma de energía a los espíritus encarnados y desencarnados que lo solicitan, en el nombre de Dios y mediante sus capacidades ganadas por el propio mérito y esfuerzo de miles de años de progreso y avance sin cesar.

Este ejemplo me vivifica espiritualmente y me anima a trasladar a aquellos que me leen, a través de este trabajo que publicamos, la gran verdad de que nunca hay que rendirse; siempre avanzar, proseguir, continuar sin miedos, desánimos ni dudas; pues la fuerza del amor del Creador y de los seres perfectos que llegaron a la plenitud forman, como estrellas, las potencias y jerarquías angélicas del plano espiritual y están permanentemente vibrando en amor; una fuerza inconmensurable, infinita, que dota de vida a todo el universo físico y espiritual; siendo nuestro ser, nuestro espíritu, receptor de la misma cuando se solicita con humildad.

Benet de Canfield

Avanzando siempre, sin límites:Psicografiado por Antonio Lledó

©2018, Amor, Paz y Caridad

[*] Serie de psicografías mensuales; en las que un espíritu amigo, desencarnado hace pocos años, comenta experiencias de vida de su última existencia, así como las reflexiones sobre las mismas una vez llegado al mundo espiritual. Para preservar el anonimato de su identidad, tal y como él mismo nos ha solicitado, usamos el nombre que tuvo en una existencia anterior, hace ya varios siglos.

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