Perfección Moral

LA PALABRA: MENSAJERA DEL ESPÍRITU

¿Qué es la palabra?

La palabra no es un algo amorfo, es energía, valor, un don, un cheque al portador.

¡Con la palabra te doy mi alma!

¡Con la palabra te entrego mi confianza, todo aquello que llevo en mi interior!

¡Con la palabra te transmito esperanza y consuelo!

¡Con la palabra levanto tu ánimo!

¡Con la palabra busco tu reflexión!

¡Con la palabra te interrogo buscando razonamientos!

¡Con la palabra expresas tus intimidades!

¡Con la palabra muestras todo aquello que anida en tu interior!

¡La palabra es la proyección de todo lo que anhelas y pretendes!

 

Es una promesa de futuro que ayuda a entender la realidad de tu presente y evoca tu pasado. Es el instrumento del alma por vocación, y gracias a ella pueden expresarse los valores que albergas o la mezquindad de tus intenciones.

Podrá expresar sinceridad o falsedad, justicia o arbitrariedad, podrá llevar la esperanza o la desesperación, la verdad o la mentira, podrá usarse como moneda de cambio, o como un compromiso de integridad que la identifique; podrá usarse con responsabilidad o sin ella.

Con la palabra se revelan las intenciones, los sentimientos y emociones que vibran íntimamente dentro de cada individuo, no importa las circunstancias que esté atravesando.

Resumiendo, es la mejor herramienta de la que dispone el alma para darse a conocer y expresarse.

La palabra deja al individuo desnudo; pues una expresada, permite descifrar la intimidad del ser. A las personas se las puede reconocer de muchos modos, pero es la palabra el instrumento que dibuja, con precisión, todo lo bueno o de malo que el ser anida.

Con las palabras puede llegase donde se desee, nada las limita. Las palabras llevan en sí mismas las afinidades y los sentimientos; con ellas puede atravesarse el espacio y el alma de los demás, permiten cubrir amorosamente a conocidos, y con odio a los enemigos, causarles grandes bienes, o grandes males.

Las palabras son depositarias de las pretensiones del individuo; si son verdaderas, perduran en el tiempo, y si son falsas y cargadas de ruindad, mueren pronto, secas y sin frutos.

Al sucumbir las mentiras y resplandecer la verdad; con ellas muere también parte del propio individuo ya que va extinguiéndose su credibilidad. A los mentirosos, a los embusteros, a los hipócritas y desleales les sucede como a los egoístas: terminan sus días en soledad… mueren lentamente.

¡Las palabras pueden hacer inmortales a los seres, 

o por el contrario, privarles en un instante de todo!

Un hombre es auténtico cuando no falsea su propio ser, cuando se atiene a su naturaleza y actúa conforme a sus exigencias, cuando persigue los fines que le son propios y desarrolla sus posibilidades con esmero. (Gustavo Villapalos).

Las palabras no debieran ser usadas banalmente, en la hueca pretensión de arrogarse aquello, que más tarde y con hechos, puede constatarse. El uso de la palabra es algo sagrado. No la vulgaricemos pues, no hagamos un uso egoísta y mercantil de ella, no destruyamos su esencia. A una gran mayoría de personas que se ganan la vida con el uso de las palabras, muy pocos les creen hoy, han perdido la fe en ellos. Me refiero concretamente a políticos, a periodistas y a tertulianos, pues todos ellos, en su gran mayoría, utilizan la palabra en su propio beneficio, buscando fines partidistas; están condicionados por sus ideologías, por sus intereses y su negocio; han perdido la parcialidad y no buscan la verdad. Han perdido la confianza y nadie les cree, no dicen lo que piensan y en consecuencia, tampoco piensan lo que dicen

Actualmente se está utilizando la palabra más que en otro momento de la historia, pues gracias a la tecnología y a los medios de comunicación tienen un alcance extraordinario. Y sin embargo ¿porque el hombre sigue tan falto de entendimiento, de cordialidad y de acercamiento? Cuando vemos a través de los medios de comunicación las conversaciones de los tertulianos, observamos que todos quieren hablar al unísono, apenas saben hacerse entender, todos quieren imponerse, tener la razón, y para conseguirla, hablan cada vez, más y más alto ¿quizás creen tener así una mayor dosis de razón o conseguir una mayor capacidad de convicción?  No trasciende la cantidad de palabras, sino su calidad; no es lo que se dice, sino cómo se dice, cuáles son las motivaciones que se transmiten, qué idea llevan implícita. Ellos mismos se descalifican con sus intereses y partidismos espurios.

En determinadas ocasiones se habla más con gestos y ademanes; pero el rostro es siempre el espejo del alma; observemos pues el rostro y las formas de expresión de muchos de ellos, y veremos grabado su sello personal.

Por desgracia, se banalizan las palabras. Antaño, para el honor de las personas bastaba la palabra dada y un buen apretón de manos. Nada de eso sirve ahora, todo queda documentado y firmado, para a pesar de ello, terminar incumpliéndose. Se están perdiendo las personas íntegras en cuya palabra puede confiarse y al final termina recurriéndose a abogados y asesores, a los intermediarios de la palabra.

¡Dónde quedó la integridad de las personas!

Los intereses personales, los intereses económicos y el triunfo personal tienen preponderancia sobre todo lo demás. Y si para ello es necesario utilizar las palabras como un arma letal, si para ello es necesario recurrir a las mentiras y al engaño para fascinar a otras personas, así termina sucediendo.

El ser humano se ha vendido, ha hecho uso de los más mezquinos embustes y artimañas, ha corrompido el don de la palabra. Ha corrompido algo tan valioso, que esta continuada falsedad ha ido minando, poco a poco, las bases de la sociedad. Ha convertido el mal uso de las palabras en un grave problema.

La palabra es un don, una herramienta que no debe ser malgastada, que no debe ser utilizada ruinmente. La palabra debe ser veraz, contenida, clara, amable, educada y simpática; conducir a la armonía, al entendimiento, a la hermandad y al bien común. La palabra debe usarse para el aprendizaje, para orientar, para corregir, para amar, para consolar, para llevar la paz, para llevar la solidaridad y el afecto que a través de ella puedan transmitirse. Resulta tan fundamental su uso que le debemos la mayor consideración y respeto, casi… veneración.

La palabra bien utilizada es un bálsamo que alienta y cura. No debería usarse con tintes de egoísmo e hipocresía, de ambición o iniquidad. No la corrompamos, no destruyamos todo aquello que es capaz de levantar.

Qué triste disponer de ese gran don y no utilizarlo para el fin que ha sido creado: para el mutuo entendimiento y como reflejo de la verdad íntima. No debe olvidarse dialogar, razonar, discutir, todo positivamente, para así descubrir las nuevas ideas y pensamientos que puedan transmitirse, empleando para ello el sentido común, el discernimiento, la sensatez y el deseo de mejora y progreso.

Siempre se ha mencionado el vocablo hablando se entiende la gente, y bien es válida esta expresión, pero si no se arrojan del mundo interior las ansias de personalismo y egoísmo; mientras se siga defendiendo la propia parcela de egoísmo, y no interesen ni el progreso del ser, ni el bien común, poca utilidad tendrá el uso de la palabra. El ser se ha envanecido tanto en su dominante yo inferior, que la palabra no le basta.

La palabra no es una fuerza material, procede de la fuerza espiritual, es su mensajero, su aliado. Usémosla para el bien común, hagamos que sea portadora de mensajes de paz, de enseñanza y de fraternidad allá donde vaya, para que esclarezca y aporte las bases de unión y acercamiento entre los seres humanos.

 

La palabra: Mensajera del espíritu por:   Fermín Hernández Hernández

©2017, Amor, Paz y Caridad

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