Perfección Moral

LA ERA DEL TODO VALE

¿Sabemos qué son los valores, la ética, la virtud, la moralidad?

Si saliéramos a la calle e hiciéramos una encuesta, ¿con qué respuestas nos encontraríamos? Es muy probable que nos quedásemos perplejos.

Nuestros padres y abuelos han vivido otro tipo de sociedad, casi en otro mundo, comparado con lo que ahora nos está tocando vivir; la cultura, las costumbres, los modos y las formas, la educación en general era otra muy distinta; preguntémosles y veremos el contraste tan acentuado que se ha producido. Nuestros mayores se criaron y vivieron bajo la cultura y la ética del esfuerzo, del trabajo y del respeto, especialmente a sus progenitores. Ahora se ha instalado en la sociedad el modelo de la diversión y del poco esfuerzo. 

Nuestros padres se esfuerzan y se sacrifican para que podamos estudiar, obtener una buena formación; quieren darnos aquello que muchos de ellos no pudieron siquiera soñar, pero sólo hemos cogido de su modus operandi lo que nos interesa; los valores de su época, aquellos que levantaron nuestra sociedad y construyeron el mundo que ahora vemos, no se han transmitido, han sido casi sesgados.

Hemos pasado de un extremo al otro, ahora estamos instalados en el todo vale; ante cualquier actitud que se pueda salir por completo del cauce de la ética y de los buenos modos, del respeto a la libertad de nuestro prójimo, hay una ley que la ampara. Con el pretexto de la libertad de expresión, sin ir más lejos, se puede agredir cualquier causa, sea una bandera, una ideología; todo aquello que sea diferente a nuestro modo de pensar se puede atacar, descalificar, injuriar.

Esto es debido, sin duda,  a la carencia de valores existente en nuestra sociedad, que se ha criado de otra forma, sin educación, sin pautas de conducta, como consecuencia de múltiples aspectos, todos ellos con relación al cambio del modelo que se nos ha inculcado desde la sociedad de consumo; y del materialismo, que nos ha conducido a la descreencia religiosa –la vida ya carece de un sentido transcendente-, a pensar que solo tenemos derechos que exigir, ninguna obligación; a la falta de responsabilidad, a las prisas por querer vivir solo el presente sin saber en qué dirección vamos.

Hemos pasado de la falta de libertad al libertinaje. Hemos perdido la fe, no tenemos un líder, un personaje de altura al que seguir, un ideal elevado que nos marque el norte espiritual. JESÚS, BUDA, GHANDI y tantos otros que vinieron y nos marcaron el camino, nos quedan ya muy lejos. Una auténtica pena no reconocer a estos personajes, estudiarlos y seguir sus ejemplos y enseñanzas. Este es un hecho muy grave que está trayendo como consecuencia la ausencia de valores y, lo que es peor, la falta de  interés por los mismos, pudiendo calificarse esta situación como un suicido psicológico; no podemos tener un mejor código de conducta, un mejor modelo y lo estamos desechando.

Pensamos solo en nuestro yo, y no reparamos en las consecuencias que esta forma de vivir nos puede ocasionar a largo plazo. Sin reglas, sin normas, ¡a que podemos aspirar! Qué horizonte podemos vislumbrar. Una parte de nuestra sociedad está perdiendo la fe en el porvenir, la esperanza en una vida mejor. Sin duda, se siente defraudada, descorazonada por el sistema; la falta de solidaridad, de fraternidad es innegable.

Confiamos nuestro modelo de sociedad al imperio de la ley. No obstante, las leyes por sí mismas no pueden conducir a una sociedad a buen puerto, porque el principal valuarte de la ley es que se cumpla, y sin una buena base en nuestro interior, sin valores, sin ética, sólo cumplimos con la ley porque no hay más remedio, por la fuerza de las cosas,  pero no por respeto y consideración. La ley así considerada es letra muerta, no tiene espíritu, no tiene corazón, es algo vacío y estéril; y sin embargo es necesaria.

Hemos limitado nuestra existencia a lo que permita vivir a nuestro organismo físico, que no es más que el caparazón, olvidando la conciencia, olvidando el motivo de nuestra vida, abandonando los principios ético-morales. No confiamos en la inmortalidad del alma, descreemos que todo aquello que sembramos lo recogeremos. Sin las leyes universales que son el sostén de la vida y que nos conducen a la emancipación de la materia, de la ignorancia y de la barbarie, estamos aquí en el mundo como si fuésemos huérfanos; por ello, nuestro mundo se ha convertido en lo que es, una especie de pasatiempo sin más consecuencias.

Por consiguiente, la falta de compromiso por parte de todos, de esfuerzo y de sacrificio para llevar una vida ejemplar, con tolerancia, respeto, aprecio a todos, nos hace sentirnos como desnudos, desprotegidos. Vivimos en la sociedad del “apáñatelas como puedas”, del yo también tengo mis problemas. Por contra, se olvida lo más importante de todo: la formación de cada uno de nosotros como seres humanos, poseedores de valores. Esto debería ser lo más esencial, lo primordial, pero no ocupa ninguna preocupación por parte de este nuestro sistema.

Ninguna ley puede hacernos mejores. La ley nos somete a su imperio, a su norma, pero no modifica nuestro carácter, y eso es precisamente lo que mas nos debería importar, porque es la misión primordial de nuestra existencia,  la adquisición de las facultades y potencialidades que albergamos. Nuestra estancia en la Tierra es pasajera, todo lo dejamos aquí, excepto las virtudes o las imperfecciones con las que revestimos nuestra mente y conciencia, alma y espíritu.

‘Despojados de objetivos elevados, los movimientos de los grupos sociales, así como de los individuos, proporcionan la anarquía, que se disfraza de libertad, destacándose la violencia por un lado y por el otro el conformismo’.

Extraído de “El hombre Integral” obra psicografiada por Divaldo Franco por el espíritu Juana de Angelis.

A falta de bases sólidas, de saber por qué y para qué estamos aquí, al no ver un camino de esperanza, muchas personas llegan a la siguiente consecuencia: “bueno, da igual; total, para qué esforzarme, para qué mejorar, si al final todo depende de una suerte de factores que no puedo controlar, y al cabo me voy a morir y todo se pierde. Esta cultura del vive mientras puedas está haciendo mucho daño, porque se inculcan y se trasladan una serie de tendencias que, en definitiva, ciegan nuestro raciocinio y ahogan la voz de la conciencia, aquella que nos marca el camino seguro.

Tenemos que empezar a buscarnos a nosotros mismos. Todo está dentro de nosotros, incluso Dios. No nos conocemos, vivimos engañándonos constantemente sin saber siquiera quiénes somos en realidad, tal es el estado de confusión en el que nos hayamos. Si no realizamos esa búsqueda interior, del yo superior, no podremos salir del atasco tremendo que gira en torno a nuestro proceso evolutivo. ¡Cuánto tiempo perdido! Esa búsqueda sincera es la única forma de comprendernos y comprender el mundo que nos rodea, es el mayor desafío que tenemos: el auto-descubrimiento de nuestro yo.

Los valores no se imponen, se contagian, se transmiten, ofreciendo ejemplo. Pero los valores de la ética, que son algo universal, atemporales, no son algo que hoy vale y mañana ya no nos sirven; para ello, es necesario que sepamos de qué estamos hablando. El amor, la comprensión, el altruismo, el respeto, la humildad, la caridad, la justicia, la amistad, todo esto es la base para poder establecer una vida en armonía, una sociedad justa, con miras a la paz, a la perfección, a la evolución del ser humano como conciencia y portador de felicidad.

Dejemos respirar a nuestro espíritu, dejemos salir nuestro amor, la humildad, el deseo de compartir. Hay mucha necesidad en nuestro pequeño planeta azul; es cosa nuestra, es cosa de todos. Seamos los primeros en comenzar a cambiar de verdad; que no quede todo en discursos, escritos o leídos; si nos empeñamos, lo podemos conseguir.

A medida que la conciencia se expande y el individuo se ampara en la fe racional, en la certeza de la inmortalidad, él se libera, se agiganta, recupera la identidad, venciendo el miedo y a sus secuaces, sean de ayer o de ahora.

Extraído de “El hombre Integral”, obra psicografiada por Divaldo Franco por el espíritu Juana de Angelis.

 

La era del todo vale por:   Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

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