Trayectoria íntima del alma

EN LA CAVERNA

“El miedo hizo su aparición espontáneamente, como tantas veces a lo largo de su corta existencia. En este caso el motivo obedecía a algo imprevisto, nunca antes lo había experimentado; el cuerpo de aquella que lo cuidaba no se movía, estaba inerte y comenzaba a oler. Al no obtener respuesta, se dio cuenta de que se encontraba sólo, sin nadie alrededor, y sus pocos años de vida, apenas dieciséis, únicamente le habían servido para aprender a cazar e intentar sobrevivir.”

Este texto podría servir perfectamente de introducción a la hora de analizar la posición del alma encarnada en sus primeras etapas evolutivas. En el podemos confirmar cómo la aparición de la primera de las emociones -el miedo- condiciona toda la experiencia del Homo sapiens-sapiens. A continuación, la soledad y la muerte hacen mella en lo más profundo del ser que comienza a experimentar sus primeros pasos con conciencia e individualidad propia.

Son las emociones básicas, en los primeros estadios de la evolución del alma humana, las que condicionan el comportamiento del hombre y sus reacciones posteriores, tanto en el mundo físico como en el espiritual. El miedo, la ira y el amor, por este orden, van apareciendo y dejando huella e impresión indeleble en la conciencia del individuo.

Una conciencia que todavía ignora lo que es, que se mueve y se comporta mediante automatismos y necesidades fisiológicas, prácticamente como si fuera perteneciente a una especie animal superior. Sin embargo, hay una notable diferencia: este ser primitivo, que en la oscuridad de la caverna comienza a vislumbrar lo que ocurre a su alrededor, puede pensar.

Y aunque no lo sabe todavía, ese pensamiento, por momentos de carácter continuo, va a condicionar su evolución de forma extraordinaria al poderlo expresar mediante el lenguaje, lo que le ayuda a interactuar con aquellos que convive y a forjar relaciones, alianzas y sentir emociones que amplían su imaginación, su creatividad y, sobre todo, pone en funcionamiento su conciencia de ser y de diferenciarse del otro.

Esto le otorga individualidad, personalidad propia, y aunque sea primitiva y no sea consciente del todo, comienza a forjar las primeras etapas de su evolución consciente.

La muerte y la soledad son los acicates que le estimulan hacia la reflexión personal que todavía desconoce. De repente aparece la muerte y cambia su hábito, su mundo, el lugar donde vive y se relaciona. Tanto es así, que esa alma simple, sencilla e ignorante todavía, considera que el familiar fallecido está dormido, y lo coloca en posición fetal, realizando enterramientos como si pronto fuera a despertar.

También permanece junto a él todo el tiempo que le es posible, porque cree que pronto volverá a moverse y podrá seguir relacionándose con él. No obstante, llega un momento en que se percata de la realidad, y la soledad más profunda se apodera de él; el miedo vuelve a aparecer y los peligros del entorno se reproducen ante un permanente estado de ansiedad e incomprensión, pues no entiende la transformación que su mundo experimenta.

La aparición de esta emoción amenaza con perturbar su corta vida. Sin embargo, en su búsqueda incesante por la supervivencia, logra encontrar pareja y formar un nuevo entorno, con descendencia. A partir de aquí sus prioridades cambian, el instinto (que es el sentido que domina ampliamente su comportamiento en estas primeras etapas) le recomienda asegurar su prole -como ve que hacen los animales- y emplea todos los recursos a su alcance para lograrlo.

En esta defensa a ultranza para procurar el bienestar de los suyos conoce la ira, al tener que defender, ante los peligros que le acechan o ante otros rivales, a su pareja y a sus hijos. Este sentimiento nuevo le proporciona unas energías extraordinarias para enfrentar los peligros y los retos, pero también comprende en su incipiente conciencia la necesidad de controlarlo y no dejarse llevar únicamente por ella, pues la experiencia le demuestra que, dominado por la ira, su mente se nubla y actúa con violencia, sin ningún aspecto racional, lo que deriva en graves accidentes que ponen en riesgo su propia vida.

En la contemplación del nacimiento de sus descendientes descubre el amor, un sentimiento todavía primitivo e instintivo, pero que comienza a despuntar en su alma y arraigar en su conciencia. Viendo cómo su pareja alimenta, cuida y protege a sus hijos, comprende levemente que un vínculo existe entre ellos y él mismo; y este vínculo se amplía en la medida que los hijos crecen y Él se encuentra en la necesidad de enseñarles cuanto sabe para ayudarles a sobrevivir.

Su actuación tiene como ejemplo a los animales que cuidan a su prole, y junto a su propio instinto imita a estos logrando superarles en los resultados que obtiene.

Y por último, cuando muere, no tiene apenas conciencia de ese hecho permaneciendo junto a los suyos en estado espiritual, bajo la angustia de querer comunicarse y no obtener respuesta. Sin embargo, es muy poco el tiempo que permanece en ese estado, pues muy rápidamente vuelve a reencarnar y a experimentar nuevas situaciones que le harán ampliar su conciencia y su inteligencia, abandonando paulatinamente el instinto por una nueva capacidad: el raciocinio se abre paso paulatinamente. En este logro invertirá tiempo; muchas vidas en la carne y bastantes miles de años.

Hasta aquí una pequeña descripción de la sensación que el alma humana experimenta en sus primeras etapas. La emoción y el instinto son los elementos principales que rigen el proceso evolutivo del alma cuando, ya de forma individual, la chispa divina, el principio inteligente creado por Dios, comienza a progresar individualmente, con reconocimiento de sí mismo y diferenciándose de los animales.

Es ahora cuando comienza a llenar la hoja en blanco que es la conciencia humana a través de las experiencias en la carne, con un cuerpo biológico todavía primitivo, animalizado, y una psiquis forjada en etapas pre-humanas, ya preparada para albergar la energía pura y sutil que constituye el principio inmortal creado por Dios: NUESTRA ALMA.

En la caverna por:    Antonio Lledó Flor

©2018, Amor Paz y Caridad

Anteriores Artículos

LA INDULGENCIA SURGE DEL AMOR

Siguientes Artículos

LA ERA DEL TODO VALE

Sin Comentarios

Deja tu opinión