Trabajo Interior

LA RENUNCIA NOS ENGRANDECE

Cuántas veces hemos pensado ante la visión de un objeto en el escaparate de una tienda: ¡Esto lo necesito! Tengo que comprarlo porque es bonito, o porque pienso que me podría ser útil.

No nos paramos a reflexionar si esto en lo que nos hemos fijado es verdaderamente necesario, o por el contrario resulta superfluo. Cuántas veces hacemos objeto de deseo a algo que sinceramente no nos hace falta.

Efectivamente, el dejarse llevar por los deseos o la falta de discernimiento entre lo necesario y lo trivial, es lo que en muchas ocasiones nos entorpece para tomar decisiones, pues a veces tomamos lo superfluo como imprescindible, sin darnos cuenta que esa pseudo-necesidad obstaculiza el cumplimiento de nuestros objetivos espirituales, desviando la atención hacia la acumulación de posesiones materiales; aunque sean de poca valía.

Sin pretender ser meticulosos o excesivamente perfeccionistas, no podemos pasar por alto la posibilidad, el riesgo de desaprovechar el tiempo y el dinero; algo muy valioso de lo que tendremos que rendir cuentas el día de mañana.

En el libro de los espíritus nos explican la diferencia.

  1. Al dar Dios al hombre la necesidad de vivir, ¿le ha provisto siempre de los medios? – Sí, y si no los encuentra es por falta de comprensión. Dios no ha podido dar al hombre la necesidad de vivir sin proporcionarle los medios para ello, de ahí que haga Él producir a la tierra aquello que provea de lo necesario a todos sus habitantes; porque únicamente lo necesario es útil, al paso que lo superfluo nunca lo es.

Por tanto, unas de las tareas que tenemos que aprender cuando estamos encarnados es saber renunciar a lo superfluo, dando importancia a lo que realmente lo tiene, ya que será esto lo verdaderamente útil para progresar.

Uno de los defectos que más nos impide ver esa diferenciación es el egoísmo, que nos inclina, si no lo controlamos bien, a quererlo todo. Con esa aparente necesidad material la renuncia se hace más difícil, pero no imposible.

En el momento que entendamos que el amor en nuestro corazón es el que nos da sentido a la vida, podremos ir abandonando lo prescindible. Porque el amor nos habilita para ir desprendiéndonos de todo aquello que no necesitamos, pues las relaciones que se establecen con auténtico amor son las verdaderas posesiones que nos enriquecen, y son las que nos van a evitar inseguridades, vacío interior, miedos, desequilibrios internos… consiguiendo soltar los hilos que nos atan a lo material.

Es importante saber controlar los placeres mundanos porque son engañosos y porque, aunque sus estímulos son inmediatos, a largo plazo nos pueden provocan sufrimiento, insatisfacción y amargura. El rechazo a lo trivial en esta vida material, con todas las dificultades con las que nos encontramos, nos permite que aprendamos a resistirnos ante los espejismos que van surgiendo a nuestro paso y darle importancia a lo que verdaderamente la tiene, que es trabajar en los valores imperecederos, en aprovechar el tiempo en acciones edificantes, sin abusar del ocio, o del exceso de comodidad; situaciones que facilitan el despertar de deseos vanos e innecesarios; generando un vacío que tratamos de llenar con más estímulos materiales y mayor afán por poseer.

En el momento que empezamos a pensar en dejar de ceder ante los estímulos exteriores que nos van asaltando y empezamos a decir no, dejando de llevar una vida sin freno, sin límites, sin ambiciones desmesuradas, comenzaremos un trabajo de renuncia, de ir poco a poco dominando los instintos, abandonando esas actitudes que enfangan más nuestro espíritu, y para lograr lentamente esa fuerza moral que nos hace aceptar otra clase de vida menos superficial y más auténtica.

La renuncia tiene dos caras; una la del miedo, dejamos de actuar por miedo a varios fantasmas: al fracaso, a equivocarnos, a que nos hagan daño… Los temores, las preocupaciones, la zozobra, nos limitan y optamos por no dar ese paso adelante que nos ayudaría a progresar. La otra cara  es la del amor, que significa desinterés, desprendimiento, desapego, etc. Es ir negándonos a nosotros mismos para darnos a los demás; entonces, esta cualidad toma otra dimensión que no es otra más que la del verdadero amor en sus diferentes vertientes: generosidad, caridad, entrega…

Cuando ese comportamiento lo realizamos en miras a los demás, para ayudarlos, esa actitud nos abre la puerta de la caridad, la cual nos ayudará a nosotros también, pues desarrollando la caridad iremos arrancando el egoísmo de nuestro corazón. Siempre y cuando no sea un acto de cara a la galería; tendremos que saber ceder diariamente en nuestras opiniones, en nuestros  prejuicios, en nuestros hábitos…

Por tanto, la caridad mayor será siempre la de nuestra propia renuncia; que nuestros actos no dañen o perjudiquen la libertad, la alegría, la serenidad, la estima, la esperanza, …  de nuestro prójimo.

En  función del esfuerzo que nos cueste el acto de desprendimiento, así serán los méritos que consigamos, pues si renunciamos sin que no cueste nada dicha acción, seguirá siendo un acto positivo pero no será tan meritorio.

En la pregunta 646 de El libro de los espíritus nos encontramos con la siguiente cuestión: El mérito del bien que se realiza ¿está subordinado a ciertas condiciones? Dicho de otro modo, ¿hay diversos grados en el mérito del bien? –  El mérito del bien reside en la dificultad. No lo hay cuando se practica el bien sin trabajo y sin que cueste nada. Dios tiene más en cuenta al pobre que comparte su único mendrugo, que al rico que sólo da lo que le sobra. Jesús lo dijo, a propósito del óbolo de la viuda.

Como hemos dicho en otras ocasiones, es fundamental conocerse a sí mismo. Mientras más profundo sea ese conocimiento, mejor, pues nos ayudará a saber dónde nos aprietan esas  debilidades para saber atajarlas. Mientras más serios nos pongamos con ese trabajo antes las podremos minimizar, aprendiendo que con la renuncia, al contrario de lo que podría parecer, crecemos en plenitud, en valores.

La renuncia de nosotros mismos la podemos realizar en cualquier acto cotidiano por pequeño que sea,  quejarnos ante cualquier contratiempo, criticar cualquier situación que nos disgusta, querer ser el centro de atención en donde estemos, anteponer nuestros gustos a los de los demás, enojarnos ante las correcciones que puedan darnos… Son el egoísmo y el orgullo los que nos ofrecen toda clase de situaciones que nos pueden parecer hasta normales, y tenemos que saber hasta qué grado nos afectan para ser conscientes de cómo poder atajarlos, a fuerza de ir cediendo en esos hábitos malsanos que nos ciegan para poder ir renovándonos interiormente

Según nos dice el Evangelio Según el Espiritismo: “La obediencia es el consentimiento de la razón y la resignación es el consentimiento del corazón”.

Es el consentimiento lo que nos permite la renuncia, el anteponer a los demás antes que a nosotros mismos, sin que ello signifique que tengamos que rechazar nuestros ideales, evitando pensar “ya me saldré con la mía en la próxima oportunidad”, porque este tipo de pensamientos dejan posos de revancha y no cicatrizan bien, y en cuanto surge dicha situación se producen nuevos vaivenes de resentimiento. Por tanto, es bueno aceptar que nadie está obligado a pensar como nosotros; este comportamiento ayudará a crear un ambiente de paz y serenidad.

Todos tenemos que recoger la cosecha, y esta será de grande en función de cómo haya sido nuestro devenir en la vida material. Está en nuestro libre albedrío tener un comportamiento guiado por nuestros defectos, sembrando la discordia, o por el contrario conducirnos por el camino de las luchas personales que nos hace ganar batallas, consiguiendo empequeñecer las imperfecciones y engrandeciendo nuestro corazón.

Todos tenemos valores dentro de nosotros que, si los sacamos en los momentos correctos, nos ayudan a que los ambientes no se enturbien y nuestro enojo no vaya a mayores; como todos esos valores los pusiéramos en acción, además de ir trabajando en nuestras carencias internas, manifestaríamos verdadero amor a todos aquellos que se cruzaran en nuestro camino: familia, amigos, compañeros…, dando aliento, calma, esperanza y fe.

Por lo cual, el renunciamiento beneficia más al que lo practica, ya que renunciar a la propia voluntad en atención a los demás es un acto que nos engrandece y nos abre la puerta a la plenitud espiritual, aquella que nos hace ver el amor de Dios y su reflejo en todas sus criaturas.

La renuncia nos engrandece por:  Gloria Quel

© Amor, Paz y Caridad, 2018

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