Perfección Moral

HACIA DÓNDE CAMINAMOS

De vez en cuando, es necesario hacer un alto en el camino para echar la vista atrás y ver el trayecto que hemos recorrido, los lugares por donde hemos transitado, hacer acopio de las experiencias vividas y situarnos en qué punto del camino estamos.

¿Hemos llegado allá donde queríamos llegar?

¿Nos hemos saltado alguna experiencia que para nuestro progreso deberíamos haber afrontado?

¿Hemos cogido algún atajo y dejado de descubrir algún hecho transcendental?

¿Nos hemos saltado algunas lecciones?

Si es así, podemos pensar que hemos llegado muy lejos; pero sin embargo, estamos equivocados, porque en realidad no hemos asimilado las vivencias, los conceptos y las ideas que debían haber madurado en nuestro interior. Por tanto, podemos estar en un lugar pero no pertenecer al mismo, no nos sentimos integrados, estamos en realidad desubicados.

No se puede adelantar en el sendero del progreso espiritual sin vivir las experiencias necesarias que nos hacen conscientes de nuestra realidad y, al mismo tiempo, nos predisponen para cumplir con los objetivos y emprendimientos que nuestro espíritu necesita y el entorno escogido para desarrollar nuestra vida en la materia. Nos demanda. (¿Quién o qué nos demanda?)

Aunque somos conciencias individualizadas, no somos islas, cada uno de nosotros debe ocupar el espacio que le corresponde y hacer de puente entre unos y otros; no estamos solos en el universo, en esta pequeña gran sociedad en la que estamos y convivimos es muy conveniente, fundamental, que nos tendamos la mano y nos ayudemos; de ese modo, el recorrido que todos hemos de transitar se hará más llevadero, pues en el mismo hay trayectos muy difíciles y llenos de escollos en los que se hace necesaria la colaboración y el empeño de muchos.

Como espíritus eternos que somos, con deseos de progreso, hemos de conocer que hay misiones que se nos encomiendan, dentro de un contexto grupal; hemos adquirido un compromiso en colectividad, una responsabilidad compartida en conjunción con otros espíritus que, por lo general, son espíritus afines. Una vez más de arriba nos enseñan a trabajar en equipo, nos muestran la necesidad del aprendizaje en grupo, la necesidad de convivir, compartir y, sobre todo, la necesidad de dejar el yo a un lado. No obstante, en la Tierra, encarnados como estamos podemos fallar, con lo cual lo que unos dejan de hacer otros tendrán que hacerlo, multiplicando los esfuerzos y las tareas a las que se comprometieron. Por ello, seamos lúcidos y consecuentes, reflexionemos si estamos donde debemos y realizando aquello que, fruto del análisis y de las metas y objetivos que entre todos se han propuesto, estamos actuando por nuestra parte con la debida coordinación, conjunción y buena disposición, de mutuo acuerdo pactado por todos.

Todavía hay en nuestra humanidad muchos partícipes que creen, lo piensan y así se manifiestan, que pueden recorrer el camino solos, sin colaborar con nadie, sin prestarse a nada, sin ofrecer su mano tendida. Sólo creen en ellos mismos, y están equivocados. Nuestro Padre nos pedirá cuentas el día de mañana por todo cuanto pudimos hacer y no hicimos por causa del egoísmo, de la comodidad y de la falta de acercamiento hacia los demás, lo cual es en sí una cualidad más del espíritu.

Nuestra humanidad camina hacia la unión; LA UNIÓN HACE LA FUERZA, vieja cita harta conocida pero que sin embargo, por la falta de generosidad, de fe, de entrega y altruismo, se queda generalmente en una frase vacía, hueca; cuántas veces, ante la necesidad de unirnos para conseguir logros comunes, cuando hay que dar el do de pecho, cuando hay que unir filas, surgen el miedo, el egoísmo, la duda, la vacilación; damos pie a la desconfianza y olvidamos las promesas y los compromisos, la palabra dada; en consecuencia, nos  hemos encontrado solos en el camino, y vemos que todos han abandonado, todos se han ido, sin dar respuesta a esa necesidad imperiosa de trabajar y luchar juntos en pro de una obra tan necesaria como justa.

Ya empezamos a comprender que somos parte de un todo, mejor dicho, una pequeñísima parte de un colosal todo, pero tan importantes son las unas como las otras, todas las partes son importantes, y cada pieza debe ocupar su lugar y cumplir con su función. Si cada parte cumple con el rol que se le ha asignado, lo cual en general nos lo hemos asignado a nosotros mismos, aunque no lo recordemos, en función de las necesidades de progreso que traemos a este mundo, solo entonces estaremos empezando a sentirnos dichosos, satisfechos, felices, y esto se transmite a ese todo, generando una suerte de energías armonizadoras y luminosas que le dará más fuerza y desarrollo al conjunto.

Cualidades y virtudes que cooperen en la unión del conjunto son de suma importancia, en otras palabras, estamos acá para sumar, fortalecer, engrandecer, contribuir, auxiliar, ayudar, generar confianza, entusiasmo, todo lo que sea transmitir, apoyar, empujar, colaborar, aportar, son los valores que debemos comenzar a desarrollar sin tardanza, y sin descuidarnos, “evitando ir por libre”, recorrer el camino a solas. Eso ya pertenece al pasado.

En la hora de la desgracia resaltan los amigos fieles y brilla de modo especial el valor de la lealtad.

Anónimo.

Pensemos cómo puede ser la convivencia y el desarrollo de la vida en un mundo de regeneración: ¿Cómo nos lo imaginamos? Yendo todos a una, con participación y colaboración, dejando a un lado el egoísmo y el individualismo, o de qué otra manera si no. Hacia ahí debemos dirigir nuestros pasos. El amor, como sabemos, es lo más importante. Qué es el amor sino abrazarse, unirse, compartir y disfrutar todos del bien que cada uno posee, formando parte de la maquinaria del progreso del cual somos todos y cada uno de nosotros una pieza extraordinaria.

No estaremos preparados para ser partícipes de un mundo de regeneración si no sabemos darnos a los demás y contribuir, con nuestro pequeño grano de arena, a la causa común del progreso universal.

Debemos ser conscientes de que el progreso es individual, nadie puede hacer por nosotros lo que nos corresponde, cada uno de nosotros debe coger su cruz y caminar siempre en sentido ascendente. No por ello es menos cierto que el camino en unión se hace más fácil y menos doloroso. Se progresa de muchas formas. Una: a nivel individual, como espíritus individualizados que somos. Y otra: como miembro de una comunidad que también somos y a la que pertenecemos, lo queramos o no.

Cuanto más atrasados estamos en nuestra evolución, más egoístas y aislados estamos del resto de la sociedad. Cuanto más avanzados estamos, más abiertos estamos a la colectividad y más útiles queremos ser hacia el resto; más comprometidos, más responsables nos sentimos por la marcha del conjunto en general. Por lo tanto, con estas apreciaciones podemos entrever cuál es nuestro estado de evolución, en qué etapa del camino estamos y cómo queremos recorrer el resto.

Quizás hayamos recorrido alguna etapa del camino con lo justo, quizás hemos andado alguna etapa del camino gracias a la ayuda recibida de otros, pero no hemos asimilado bien todo su contenido, es decir, las pruebas y lecciones que debimos aprender. Puede que alguien haya querido evitarnos pruebas y experiencias, con buena voluntad pero sin conocimiento de causa,  arrastrado por el sentimentalismo; esto también ocurre, y llega un momento en el que nos sentimos abrumados al comprobar que no estamos en las condiciones que deberíamos estar. Entonces basta con recurrir a la humildad, esa vieja palabra tan oída, tantas veces nombrada, pero que todavía no hemos adquirido, no forma parte de nuestro ser. Y es que la humildad, que es la superación del orgullo y de la vanidad, es una de las virtudes que más nos cuesta adquirir. Normalmente la confundimos con otras acepciones que nada tienen que ver con su verdadero significado, en términos de espiritualidad.

Suele decirse que el hombre se va haciendo responsable a medida que adquiere responsabilidades: cargos que desempeñar, cometidos que cumplir. Nada más cierto, a condición de que descubra los valores que entrañan tales tareas.

Extraído de la obra de Gustavo Villapalos  “El libro de los Valores”.

Es preciso que aprendamos, y mucho, los unos de los otros, que valoremos las buenas cualidades de las personas que se hallan a nuestro alrededor, tolerando y perdonando sus faltas, igual que nos gusta que nos toleren y perdonen a nosotros; de ese modo, lejos de censurarnos y perturbarnos mutuamente, nos ayudaremos y lograremos llevar nuestro barco a buen puerto en el tiempo y forma determinandos. La humildad nos ayuda sobremanera a ponernos a la altura de las circunstancias, colocándonos en una actitud  de aprendizaje y de colaboración con el resto. Si, por el contrario, nos creemos superiores a los demás, difícilmente podremos aprender y estrechar esos lazos fuertes y vigorosos que surgen de la unión y la amistad, que son el verdadero vínculo que nos lleva a una buena marcha hacia el progreso espiritual, tan difícil de conseguir  en soledad.

Comencemos, pues, a liberarnos de las tendencias individualistas que arrastramos desde tiempos inmemoriales,  todo lo que sea aislarnos de los demás, vivir retirados del mundo, mantenernos incomunicados, separados, apartados, abandonar los grupos sociales y de trabajo, todo lo que sea buscar la comodidad y evitar trabajos y “complicaciones”, todo lo que implique rehuir la confianza y la sinceridad, no es positivo y mucho menos en estos tiempos, tan cruciales por un lado y difíciles por otro.

Busquemos la compañía, la integración, la sociabilidad, de igual a igual, buscando por sobre todo contribuir y colaborar en la medida de nuestras posibilidades hacia el fin común.

 

Hacia dónde caminamos por:  Fermín Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

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