Trayectoria íntima del alma

PROCEDENCIA MILENARIA

Después de la primera etapa en la caverna, el homo sapiens tiene la necesidad de reunirse y vincularse con otros de su misma especie fuera de su círculo familiar; pues ha comprendido que en la unión junto a otros, el alimento y la supervivencia se hace más fácil de conseguir, cazando juntos y protegiéndose de los peligros mútuamente. 

Comienza la socialización, aparecen las tribus, y de la interacción entre individuos de la misma especie el hombre aprende y conoce más rápidamente. Casi al instante aparecen dos aspectos importantes, por un lado las relaciones de poder entre los individuos de una misma comunidad, que en este caso se establecen únicamente en base a la fuerza. Y por otro la necesidad de protección ante lo desconocido y las fuerzas de la naturaleza; lo que le impele a encontrar un poder superior al suyo y al de los demás. 

Su alma busca de forma incipiente a Dios, su creador, y únicamente lo encuentra en los elementos que perturban su vida y que no controla. Por comparación con lo que observa a su alrededor, intenta aplacar la ira de los dioses mediante sacrificios y donaciones. Comienza el sentido religioso a aflorar en su conciencia; y aunque inicialmente es el miedo lo que lo posibilita, posteriormente las necesidades de la propia tribu harán el resto, institucionalizando los ritos y las ofrendas que habrá que practicar para que la dura y difícil existencia les sea favorable bajo la protección de las fuerzas y poderes invisibles que les condicionan.

El alma humana comienza a humanizar sus actitudes; no obstante, la violencia y la agresividad sigue siendo el medio que proporciona la ira para defender aquello más sagrado: su vida y la de su familia. Sin embargo, el inicial descubrimiento del vínculo familiar y el incipiente deseo de amor que le domina, acerca de los que son de su propia sangre, le lleva a proteger ferozmente -si es preciso- a aquellos a quien más estima.

Todavía alejado de cualquier racionalización sobre las causas y consecuencias de sus propios actos, se mueve y se dirige por la vida instintivamente todavía; tanto es así que con frecuencia se deja dominar por sus impulsos, lo que le produce no pocas dificultades, pues al basarlo todo en la fuerza y la agresividad, cuando encuentra alguien más fuerte que él y es derrotado, su alma experimenta el sabor del desespero, y en ocasiones el odio y la venganza comienzan a anidar en su interior buscando el momento propicio para devolver el golpe.

Lamentablemente inicia aquí un camino equivocado en el que el sufrimiento posterior le hará rectificar, al vivir en sus propias carnes los efectos de sus acciones de odio, violencia o venganza. El tiempo, y los buenos ejemplos de aquellos que antes que él han superado esa etapa, le harán comprender que estos sentimientos perturbadores no conducen más que al sufrimiento, y en los escasos momentos de conciencia que pueda tener podrá percatarse de que aquello que no desea para él tampoco debe hacerlo a los demás.

Hoy, miles de años después de esta etapa antropológica, todavía una parte de la humanidad se rige por códigos parecidos a los que acabamos de explicar; siendo así que la violencia y la ira constituyen a veces sus únicos puntos de referencia para conseguir lo que se proponen. Aquí comprobamos cómo el alma humana evoluciona lentamente y nos encontramos mezclados todos en un planeta como el actual, espíritus de condición primitiva como los mencionados y otros más conscientes y desarrollados psicológica, intelectual y moralmente hablando.

Hecho este inciso, podemos comprobar la procedencia milenaria del alma humana, pues algunos de estos espíritus primitivos que todavía hoy reencarnan en nuestro planeta, son originarios de la Tierra, de las primeras razas de homo sapiens. 

Sin embargo, otros proceden de mundos tan atrasados como estaba la Tierra hace millones de años, y fueron enviados hasta aquí cuando su mundo sufrió una transformación de planeta de expiación y prueba a mundos de regeneración. En ese momento de cambio se exigía un nivel ético-moral muy superior al que poseían estos espíritus, de ahí que fueran apartados de su mundo original y trasladados a otro planeta -la Tierra- que en aquel tiempo se encontraba en las mismas condiciones que el mundo del que provenían.

Aquí han seguido viviendo y experimentando, y algunos de ellos han superado sus condiciones inferiores, regresando al planeta del que eran originarios. Mientras tanto otros, después de milenios, se encuentran todavía en fases primitivas de conciencia, enrocados en la inercia de no querer progresar, de aborrecer cualquier esfuerzo que no sea el de satisfacer los instintos primitivos que todavía les dominan.

Es por ello que un espíritu o alma humana, por el hecho de ser vieja, no es mejor. Si acaso tiene mayores vivencias y por ello debería tener mayor responsabilidad y aprovechar las experiencias para crecer espiritual e intelectualmente, dirigiéndose hacia su propia felicidad mediante el esfuerzo de superar sus malas inclinaciones, transformando así su futuro en un horizonte de bien y de paz. 

Nada se regala en la evolución del alma, todo lo que es meritorio cuesta esfuerzo,  por ello las leyes que rigen el proceso milenario de la evolución del espíritu colocan a cada uno en su sitio, y la justicia divina que emana de forma perfecta de esas leyes, trata a todos por igual, sin arbitrariedades ni privilegio alguno: a cada cual según sus obras y circunstancias.

Esta actitud del hombre primitivo que comienza a descubrir el sinsabor de la derrota, de la soledad y de la muerte, es precisa y necesaria en las primera etapas evolutivas, pues la conciencia se pule y se forja con las experiencias difíciles. Luchando contra las adversidades de un mundo hostil, dónde nace y muere muy rápidamente adquiere multitud de experiencias que le prepararán para entender más adelante que, como hijo de Dios, completamente igual a otros, rige por encima de él una justicia y unas leyes que dirigen su evolución y progreso hacia objetivos de felicidad y plenitud. 

No obstante, para comprender esto último le quedan todavía miles de años en esos momentos, antes deberá recorrer caminos y experiencias de distinto tipo que forjarán su carácter, que le harán ampliar su conciencia, que le inducirán a imitar los ejemplos saludables de paz y serenidad a los que aspira su alma.

El primero de estos caminos es el descubrimiento de la religión humana, una serie de normas, leyes, doctrinas y principios que intentarán ofrecer respuestas a los interrogantes que su razón comienza a plantearse: ¿Que hago aquí?, ¿Qué soy? ¿De donde vengo? ¿Cual es el sentido de la vida? ¿Porqué existe el dolor y el sufrimiento?, etc.

Estos interrogantes y otros muchos llegarán de inmediato a su alma cuando, al observar las desigualdades humanas a su alrededor, se haga las preguntas de porqué unos gozan y otros sufren, de las diferencias de nacimiento y condición en la vida y la muerte, etc. Todo ello le permitirá ir abandonando el instinto y la fuerza para aceptar el raciocinio y la lógica, así como un primitivo sentido común para intentar entender el mundo y las circunstancias que le rodean.

Procedencia milenaria por:  Antonio Lledó Flor

© 2018, Amor, paz y caridad

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