Enfocando la actualidad

EUTANASIA

¿Muerte Digna o Muerte Natural?

El debate sobre la eutanasia; sus implicaciones ético-morales y las consecuencias que tiene para todos los que se ven involucrados a tomar decisiones sobre el mismo (médicos, enfermos, parientes o familiares), supone un crisol de opiniones diversas según la perspectiva sobre la que se estudie y en función de los casos de que se trate, e incluso de las legislaciones que al respecto operan en diversos países, unos más y otros menos avanzados en esta materia.

Es cierto que existen países europeos, pocos, donde esta práctica médica está legalizada, e incluso no supone ningún tipo de sanción social y moral, a pesar de que sea practicada en casos donde no existe justificación por enfermedad terminal, sufrimientos o cualquier otra causa. Hay quien reivindica esta práctica para los enfermos terminales, anteponiendo el concepto de muerte digna al de muerte natural. Para otros, se trata simplemente de un suicido asistido y solicitado por el propio individuo (o familiares sino puede decidirlo) que desea poner fin a su vida y recurre a esta forma de acabar su existencia sin hacerlo por su propia mano.

Es la eutanasia un acto de la voluntad del hombre que contraviene las leyes naturales de la vida. Los médicos diferencian esta práctica en dos aspectos: la eutanasia activa y la pasiva. La primera es la que se realiza de forma voluntaria y utilizando los procedimientos necesarios para aplicarla; la segunda es la de dejar de proporcionar los medios que preservan la vida del hombre para que el óbito se produzca de forma paulatina, sin persistir en mantener a toda costa las constantes vitales del organismo que serían necesarias para mantener la vida, aún a costa de intentar evitar el sufrimiento.

Desde el conocimiento que nos proporcionan las leyes espirituales, la mejor muerte es la muerte natural, aquella que no se busca, que llega cuando el tiempo prefijado por la ley ha marcado. El acto y el tiempo de la muerte en el ser humano es el único acto de fatalismo que determinan las leyes divinas. Sólo la forma de morir y el tiempo en que acontecerá está previamente determinado, y sobre este hecho el hombre nada pueda hacer; salvo adelantarla por su propia irresponsabilidad cometiendo suicidio voluntario, involuntario o eutanasia.

¿Podríamos comparar el suicidio voluntario a la eutanasia? Sin duda, en el caso de que esta se practique con el único fin de quitarse la vida sin otras circunstancias que puedan justificarla, es un acto de suicidio en toda regla. En el artículo del mes de octubre pasado, en esta misma sección, hemos dedicado a este tema un exhaustivo análisis, abordando las perjudiciales consecuencias del acto de suicidarse.

Sin duda ninguna, el concepto que tenemos de la vida y de la muerte, sus implicaciones y derivadas depende mucho de la cultura y la sociedad en la que nos desenvolvemos. La cultura de la muerte no es igual en oriente que en occidente, ni siquiera existen similitudes en muchos países pertenecientes al mismo continente. Tanto es así que, además de las tradiciones y las costumbres, las creencias y la religiones influyen notablemente a la hora de enfrentar y afrontar este inevitable suceso.

No pretendemos aquí analizar estas diferencias, sino tan sólo cotejar la idoneidad de la eutanasia, respecto a los planteamientos morales que plantea, bajo el conocimiento de las leyes que rigen el proceso evolutivo del alma humana como espíritu inmortal. A este último, únicamente le afecta la desaparición de su cuerpo físico, no así de sus pensamientos, sentimientos, personalidad e individualidad, que sigue viviendo después de este fenómeno, y volverá nuevamente a la tierra animando nuevos cuerpos en el futuro a través de la ley de la reencarnación.

Cuando se comprenden los procesos evolutivos, los que posibilitan el crecimiento y progreso del ser inmortal, sabemos que cada existencia supone una oportunidad de progreso, y que el trance de la muerte no es más que un tránsito hacia otro estado de consciencia en el que seguimos siendo nosotros mismos, con nuestras propias cualidades y deficiencias.

La inmortalidad del alma nos lleva entonces a preguntarnos, si la muerte del cuerpo está prefijada de antemano, ¿la vida tiene pues un propósito hasta el último aliento de la misma? Y si esto es así, al anticipar la partida al otro plano de vida, ¿no estaremos transgrediendo el orden natural de los acontecimientos en cuanto a nuestro tiempo de partida y la forma del mismo?.

Esta última reflexión exige la respuesta de una certeza de la vida antes de la vida; donde proyectamos con detalle los procesos, las experiencias, positivas o negativas que vamos a experimentar en nuestra encarnación. Al aceptar esta cuestión, indudablemente, cualquier acto que acorte la vida es un atentado contra la vida misma, contra nuestras propias necesidades de progreso planificadas de antemano en el plano espiritual. Y por ello, esta cuestión tiene sus repercusiones y consecuencias, perturbando nuestro destino futuro al no haber aprovechado íntegramente la oportunidad que se nos concedió de progresar hasta el último momento en el cuerpo físico.

Si avanzamos en este análisis y comprendemos que el dolor no es un castigo, sino un sensibilizador del alma y educador de la conciencia, nos daremos cuenta de que, nada de aquello que sufrimos o soportamos es en vano, ni obedece a la casualidad. En multitud de ocasiones, el sufrimiento es la respuesta a nuestros actos delictuosos del pasado y es una forma de depurar el alma; pagando deudas acumuladas y reintegrándonos en el mundo espiritual limpios de cargas tóxicas, liberando nuestra consciencia de aquellas faltas cometidas en vidas anteriores y que tanto nos han hecho sufrir al caer sobre nosotros el infalible aforismo de la justicia divina: “a cada cual según sus obras”.

Al permitir la eutanasia y acortar nuestra vida, encontramos muy probablemente un alivio a los dolores físicos, pero perpetuamos nuestra deuda con la ley, evitando depurar nuestras deudas del pasado mediante el sufrimiento que merecemos y que programamos para el final de nuestros días.

Y como nadie escapa de sí mismo, aquello que no seamos capaces de rectificar, saldar o depurar, nos corresponderá hacerlo más adelante; pues la justicia humana es imperfecta, pero la ley de causa y efecto, que coloca cada cosa en su lugar, devuelve siempre, en la misma y medida y proporción, antes o después, las consecuencias de nuestros actos acertados o desacertados.

Si además del mecanismo de la justicia divina, implementado en la ley de causa y efecto, comprendemos que la vida no es atributo del hombre sino del creador, todavía se amplía el error cometido con la eutanasia. Una existencia en la carne es una oportunidad de progreso y adelanto para el espíritu; y son muchos, al igual que nosotros, los que precisamos de vivir esas experiencias para progresar y mejorar, para conseguir mayores niveles de adelanto moral e intelectual que nos liberen del error y de la ignorancia, acercándonos a vidas más felices y dichosas.

Al concedernos una nueva oportunidad precisamos responder con responsabilidad, aprovechando el tiempo y las experiencias hasta el final, por dolorosas que estas puedan llegar a ser. Hoy día está demostrado que el sufrimiento y dolor moral es superior al físico(*); ya que el primero corresponde a la psique, y es difícil de solventar sin equilibrio mental-emocional interior y liberación de culpas personales. Mientras que el dolor físico está ya ampliamente detectado y puede suavizarse mediante los cuidados paliativos que la medicina ya contempla y aplica.

(*) NOCICEPCION: “PERCEPCION DEL DOLOR”. SE LOCALIZA EN EL AREA CEREBRAL CONOCIDA COMO CORTEZA CINGULAR, ESTA NO DISTINGUE ENTRE EL DOLOR FISICO Y EL EMOCIONAL.

Así pues desde la amplia perspectiva que nos ofrece el conocimiento de las leyes que rigen el proceso evolutivo del hombre, desde la comprensión de que el progreso es el objetivo principal de la vida y que ésta continúa después de la muerte, podemos afirmar que la auténtica muerte digna es la muerte natural, aquella que acontece cuando Dios la permite y está establecida para finalizar nuestro ciclo en una existencia terrena.

Evidentemente esto no quiere decir que no utilicemos los avances que nos ofrece la ciencia para mitigar el dolor, para otorgar la mejor calidad de vida posible en los últimos momentos de nuestra existencia. Pues, al igual que afirmamos la conveniencia de apurar hasta el final nuestras oportunidades con un cuerpo físico, confirmamos igualmente que “el sufrimiento innecesario no sirve de progreso”.

Esto no es agradable a Dios ni útil para nuestro progreso espiritual, por mucho que actitudes fundamentalistas o fanáticas se empeñen en reivindicar el sufrimiento como purga para nuestras faltas cometidas. Este concepto, basado en el “sentimiento de culpa derivado del inexistente pecado original” y que impregna teologías y conceptos religiosos propios del medioevo, ha generado mucho dolor innecesario a lo largo de la historia y que es preciso abandonar para siempre.

Por todo ello concluiremos que la eutanasia activa podemos calificarla como un suicidio involuntario; y mientras que la eutanasia pasiva puede tener atenuantes ante las leyes divinas, a pesar de ello no está exenta tampoco de responsabilidad.

Sea como fuere, siempre hemos de entender que no es el cuerpo físico el que sufre en mayor medida; sino el ser inmortal que alberga y que, a veces, imposible de comunicar sus pensamientos e intenciones al encontrarse en una situación extrema, intenta evitar, sin conseguirlo, que sus familiares adopten por él la decisión de acortar su vida mediante la eutanasia.

Invitamos a la reflexión sobre este aspecto, sobre todo a los familiares que han de tomar la decisión; recordándoles que, antes de adoptarla, realicen un examen honesto, preguntándose así mismos cómo querrían que les hicieran a ellos mismos en idéntica circunstancia. Y procurando que, en la resolución final que adopten, no pesen más los argumentos egoístas o incómodos de la situación antes que las auténticas necesidades espirituales y deseos de la persona afectada.

Antonio Lledó Flor

© 2015 Amor, paz y Caridad

“La mejor muerte es la muerte natural”

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