La Vida en el Mundo Espiritual

EL DESPRENDIMIENTO

Uno de los grandes enigmas que en todo momento ha sido motivo de enorme preocupación y que ha venido embargando constantemente a la Humanidad es el desconocimiento de las motivaciones existenciales del hombre en la Tierra. El momento y, el por qué y para qué de su venida al Planeta. Esa incógnita nos lleva a otra similar ¿Qué vendrá después?

Estas dudas sobre el destino presente y futuro del hombre son las causantes de innumerables conflictos existenciales en las personas que conforman el vasto conglomerado humano de este Planeta. A ello añadiremos las incertidumbres y miedos sobre el modo en que cada uno concluirá su existencia, si apaciblemente, dolorosamente, con enfermedades más o menos largas, etc. Y la duda que será posiblemente la mayor de todas ¿Que encontraremos en el otro lado…, si acaso lo hay?

El Espiritismo, con el respaldo de la ciencia ha venido a aportar luz y esclarecimiento a estas cuestiones y muchísimas otras más relacionadas con el tránsito del hombre sobre los mundos. El Codificador Allan Kardec en su obra “El Cielo y El Infierno” aportó clara, amplia y profunda información sobre estos asuntos. Para quienes desean superar sus miedos e incertidumbres y conseguir así tranquilidad sobre su futuro, les recomendamos muy especialmente, acudan a su lectura con mente abierta y capacidad de análisis.

No obstante, desde aquí queremos también aportar un granito de arena, desarrollando un poco más (si cabe), las dudas que puedan surgir al respecto.

Una de ellas sin duda será la siguiente: ¿Es el tránsito igual para todas las personas?

Esta es una pregunta muy habitual, a la que responderemos con absoluta rotundidad: NO.

Deseamos hacer hincapié en dos grandes condicionantes en la vida de las personas: 1) ¿Cómo hemos vivido nuestra existencia? y 2) ¿Qué deudas venimos arrastrando de vidas anteriores?

Si hemos llegado al final de nuestro recorrido convencidos del futuro, fe y esperanza, con la conciencia serena, los deberes cumplidos y la lección asumida, nuestro tránsito será muy leve, cual el vuelo de un ave. Pero si por el contrario, hemos dejado un rastro de penurias y dolor a nuestros semejantes, (que acrecentarán nuestras deudas, nuestro karma); los padecimientos y las largas y penosas enfermedades serán sin duda nuestros compañeros en el viaje.

El desarrollo moral de una vida dedicada al bien, una buena actitud en el tránsito por la esfera humana y la convicción de que más pronto o más tarde habrá de llegar la hora de la partida y, que en ese momento habremos de rendir cuentas por el uso dado a nuestro quehacer en la Tierra, nos serán de inestimable ayuda en el paso al plano espiritual. Cada vida, cada existencia, es un regalo que se nos concede y del que inevitablemente habremos de rendir cuentas a las leyes divinas. Nuestro bagaje de vivencias, hechos y actuaciones son factores que condicionan nuestro tránsito al plano astral, es decir en el momento de nuestra desencarnación.

El apego y la atracción hacia las cosas mundanas y materiales que consideramos “nuestras” y de las que no queremos desprendernos, nos imantan al plano terrenal impidiendo el proceso natural de separación entre el espíritu y el cuerpo físico cuando este cesa en sus funciones orgánicas. Es muy habitual que personas, después del fallecimiento, queden ligadas, imantado su periespíritu al cuerpo físico por lazos fluídicos, por falta de conocimientos espirituales y la más básica e indispensable preparación, amén de su rechazo a admitir la extinción de su vida y elevado grado de materialismo y apego a las posesiones materiales. Estas personas quedan adheridas a su materia física, llegando inclusive a experimentar la completa descomposición del organismo.

En muchos casos, el espíritu puede quedar imantado al cuerpo físico durante dias, semanas, meses ó incluso más. Hasta tanto este espíritu cambie su predisposición y con humildad pida ayuda, o bien sus espíritus amigos y afines intercedan por él al Creador. Entonces será recogido del Plano dónde permanece (El infierno de algunas creencias) y podrá comenzar su proceso de esclarecimiento y regeneración.

Esta experiencia supone un auténtico suplicio para el espíritu, pero le sirve de prueba y expiación y así quedar grabada en su conciencia para, de ese modo, en el futuro, ser más consciente de los motivos por los que se nos concede la dádiva de una existencia.

Las imperfecciones morales, las malas acciones, la ignorancia espiritual y sobre todo, el hecho de albergar sentimientos de odio, rencor o malos deseos hacia nuestros semejantes, actúan como un enorme lastre que impide que el alma se eleve hacia las zonas de Luz y Paz, Amor y de Progreso, lugar en dónde sólo tienen cabida aquellos que vibran en dicha sintonía.

La Leyes de Vibración y Afinidad actúan aquí de manera inflexible, situando a cada cual en la esfera vibratoria que le corresponde, en base a sus méritos o deméritos, su forma de ser y su carácter. No existen las injusticias ni los privilegios, cada cual se encuentra dónde por ley le corresponde, y debe hacer el esfuerzo y el trabajo necesarios para abandonar sus tendencias y actitudes negativas, para poder tener así la oportunidad de ser rescatado de dichos lugares y comenzar su regeneración.

No siendo conscientes de haber abandonado su cuerpo físico y de que ya no pertenecen al mundo material, muchas personas quedan en un estado constante de turbación y confusión, que les mantiene angustiados y desesperados, quedando a merced de sufrir experiencias dolorosas propias de los ambientes que les corresponde, según la antes mencionada ley de Vibración y Afinidad.  Quedando bajo el influjo de entidades malévolas que desean dominarles y tenerlos bajo su control. Son las escenas de pánico, terror, miedo y sufrimientos que nos narran en multitud de leyendas y libros de historia, intentando darle vida y expresión a ese “Infierno”.

Únicamente un adecuado grado de moralidad, conseguido en el transcurso de la existencia humana, nos permitirá el paso a la otra vida, la vida del espíritu; en dónde comenzaremos a recoger los frutos sembrados.

Hay personas que dejan la existencia sin apenas darse cuenta de ello, los hilos que les unen al cuerpo físico se van desprendiendo paulatinamente, tienen la conciencia tranquila y se convierte en un pesado fardo que se hunde en la tierra, mientras que su alma, se va desprendiendo con suma facilidad y elevándose a las regiones elevadas que por sus propios méritos le corresponden. Nada le ata ya a la Tierra y comprende que ha llegado el momento de la partida para continuar su proceso de evolución.

En esos momentos es asistido por espíritus afines, familiares y especialistas, que han estado guiándole y ayudándole en el transcurso de su vida en la materia física. Comprende que somos espíritus en estado de evolución y que esta evolución es siempre íntima y personal. Siente entonces amor y nostalgia por los seres amados, por su familia y amigos más queridos, pero asume que debe seguir su propio camino. Una vez preparado y fortalecido, recibirá una nueva oportunidad para volver a la Tierra, y podrá visitarles y ayudarles en la medida de lo posible.

En esos momentos siguientes al desprendimiento, el espíritu que con sus obras y comportamiento ha sido fiel a los principios espirituales y cumplido su misión, comienza entonces a recibir la luz, claridad y amor que reinan en los Planos Superiores. Comienza a recibir los frutos y la merecida recompensa, contando además con el amparo, protección y auxilio de los hermanos espirituales. Ya nada le sujeta al plano material, nada le impide el vuelo hacia las regiones de Paz y Amor y del siempre presente trabajo regenerador y evolutivo.

Habrá dejado la Tierra como quién ha concluido un penoso trabajo, pero satisfecho por la labor realizada. Sus preocupaciones y objetivos comienzan a ser otros muy distintos, porque en el espacio y en los mundos superiores no existe ni la pereza ni la inactividad.

Fermín Hernández Hernández

©2016, Amor, Paz y Caridad

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