Palabras de aliento

LA CASONA

LA CASONA

Tengo una preciosa casa donde vivo desde que nací. Muy confortable, perfectamente adaptada a mis necesidades. El salón es cómodo, no muy amplio pero suficiente para desenvolverme bien. El baño… bueno, a veces se atasca un poco, pero los problemas se van solventando. La habitación más cómoda es el dormitorio, sin dudarlo; por fortuna, mi sueño suele ser placentero y reparador. En el recibidor es menester solucionar un problemilla, cual es que no siempre oigo cuando tocan el timbre. La cocina no la empleo demasiado, quizá debería de prestarla un poco más de atención.

Pero la zona peor es el desván. Suele pasar en todas las casas, que te vas desprendiendo de muebles y trastos y, por no tirarlos, los vas subiendo al sobrado, donde se van acumulando y cubriendo de polvo y telarañas. Apilados unos encima de los otros, hacen que este espacio bajo el tejado se acabe pareciendo más a una chamarilería, llena de objetos inútiles de todo tipo.

Más de una vez he tenido la intención de hacer limpieza general, llamar a un contratista de reformas y convertir el desván en la habitación más encantadora de la casona: he visto algunos transformados en coquetos dormitorios abuhardillados, o en salitas desde las que se veía llover a través de los ventanucos. Pero siempre se quedaban en eso, en buenas intenciones.

Solemos tardar mucho tiempo en darnos cuenta de que la casona es nuestro propio ser, nuestra persona, y que el desván (como en cualquier edificio) es la parte más alta de nuestro cuerpo: el cerebro, la mente, que día tras día, vida tras vida, se va llenando de atavismos, prejuicios y conceptos erróneos; son el polvo y las telarañas morales, de los que cuesta trabajo desprenderse; son nuestros trastos, y para quitárnoslos de en medio hace falta un contratista de calidad.

Un día le conocí. Era el perfecto “maestro de obras”, que lidera la cuadrilla de trabajadores con más experiencia del universo. Se llamaba Jesús, y era natural de una pequeña villa de Galilea. Decidí dejarle acometer la reforma de mi hogar. Y en ello está ahora, desbrozando mi conciencia; tomándose su tiempo, porque hay mucho que asear, pero consciente de que, con amor y abnegación, siempre acaba con éxito las obras (“ninguna oveja se perderá”).

Yo te lo recomiendo. Déjale que entre en tu salón y te explique su proyecto; llévale al desván de tu casona y permítele que limpie, ordene y reestructure tu cerebro, tu mente, tu conciencia… Es muy fácil: solo hay que abrir la puerta cuando llame… la puerta de tu alma… tu corazón.

Jesús Fernández Escrich

(Guardamar, 2 de julio de 2016)

 

 

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