Apartado espírita

LOS DESERTORES DE UN NOBLE IDEAL

Como en casi todas las doctrinas, los seguidores de algún ideal, bien sea religioso o espiritualista, se encuentran, con mayor o menor frecuencia, con abandonos y al mismo tiempo, con nuevos adeptos o simpatizantes. Estos flujos son lógicos porque es evidente que el hombre, en algún momento de su evolución, busca respuestas que satisfagan sus necesidades, al mismo tiempo, dichas respuestas provocan reacciones dispares, en unos de compromiso, asumiendo el nuevo ideal con todas las consecuencias y en otros de indiferencia o rechazo, al no sentirse lo suficientemente convencidos o motivados como para asumir responsabilidades que impliquen cambios en su vida.

Lógicamente el Espiritismo no va a ser la excepción, y también se ve afectado por tales situaciones, algo que, bien pensado, produce a la larga un mayor beneficio a la doctrina codificada por Kardec y al desarrollo de la misma.

No todos aquellos que descubren el ideal espírita poseen el mismo entusiasmo ni buscan los mismos objetivos. Hay ocasiones en que el motivo por el que frecuentan un grupo espírita es con la intención, casi exclusivamente, de comunicarse con algún ser querido ya fallecido. Estos casos se producen generalmente por egoísmo y por la falta de fe, al malinterpretar los objetivos de la doctrina y no entender su verdadera finalidad.

Otros se sienten seducidos por la parte mediúmnica o sensorial, a veces incentivados por los mismos compañeros, fomentando la imaginación de los principiantes e incautos que se ven expuestos a una especie de competición para comprobar, en el transcurso de un trabajo mediúmnico, que es lo que siente, que percibe, que ve, que es lo que no ve, etc. Como si fuera necesario percibir algo para ser parte importante en la reunión. Son, en definitiva, más bien grupos mediúmnicos que verdaderos grupos espíritas.

En otras ocasiones no existe un interés concreto, sino que se sienten a gusto con sus compañeros del centro espirita, es para ellos, una buena forma de pasar el rato, pero sin el suficiente convencimiento como para responsabilizarse como los demás, son sujetos pasivos ante un “pasatiempo agradable” pero sin más consecuencias, hasta llegar a creer que por la propia dinámica del grupo, sin aportar nada, conseguirán el progreso espiritual. ¡Cuán equivocados están!

Por otro lado, tenemos aquellos que perjudican claramente al tratar de realzar sus egos imponiéndose a los demás. Encuentran en el centro espírita el marco adecuado para manifestar su personalidad egoísta aprovechando el clima de libertad. Se creen superiores y piensan que poseen una inteligencia y unos valores que les hacen destacar sobre los otros. Carecen de humildad y se consideran exentos de realizar esfuerzos por mejorar; hablan de moral y de valores pero no se lo aplican a sí mismos. Se consideran espiritas cuando en realidad no lo son, no comprenden la necesidad de misericordia divina, la misma que nos proporciona estos conocimientos extraordinarios; no porque los merezcamos sino porque llevamos muchas existencias en la ignorancia y el error. En este caso no sólo se perjudican a sí mismos, sino que entorpecen la convivencia sana, basada en la igualdad de todos sus miembros. Imponen criterios y censuran las actuaciones de los demás, dando lugar, si no se pone remedio, a la desmembración del grupo, con la consiguiente responsabilidad para los que lo han provocado.

Otro motivo importante que también provoca el fracaso es el de aquellos que anteponen la “mascara”, es decir, aparentar una forma de ser que no corresponde con la realidad, escondiendo y ocultando su verdadera personalidad. Se trata de una falta de sinceridad consigo mismos y falta de honestidad en sus relaciones con los demás.

Si no existe sinceridad no puede existir confianza, imprescindible para integrarse en el núcleo común, formado por todos aquellos que tratan de compartir sentimientos y pensamientos para lograr la verdadera unión. Al no existir una limpieza de intenciones, puede que al principio consigan sus objetivos; pero a la larga están condenados al fracaso y a la deserción si no se corrigen dichas actitudes, ya que, los planos espirituales superiores, aquellos que dirigen los grupos bien orientados, pueden permitir determinadas situaciones, que sirven de prueba tanto para los trabajadores sinceros, como para aquellos que, como decíamos, sus intenciones no son muy nobles.

Sin embargo, pasado un tiempo, si el grupo sigue por unas directrices correctas de superación y trabajo interior, y los otros no reaccionan para ponerse en consonancia con el resto, la providencia divina actúa, colocando a cada quien en su lugar, produciéndose de ese modo, la antítesis entre quienes trabajan en paz y con alegría, de aquellos que no se esfuerzan, llegando a un punto en que aflora la insatisfacción interior; una incomodidad que provoca desasosiego, desarmonía; el afectado no se siente a gusto con sus compañeros, viéndose ante la tesitura de esforzarse por entender las situaciones para reaccionar bien, o de verse abocado a tener que abandonar el grupo.

Como decíamos anteriormente, estos abandonos benefician al resto de personas que trabajan con verdadero interés, ya que se apartan personas que, al menos temporalmente, no están decididas a colaborar en favor de este noble ideal.

Si realmente deseamos consolidar nuestras ideas, si de verdad estamos dispuestos a llevar este mensaje espiritual hasta sus últimas consecuencias, tendremos que nutrirnos de un interés constante por superarnos. Como decía Kardec: “al verdadero espirita se le reconoce por su transformación moral y por los esfuerzos que realiza para dominar sus malas inclinaciones”

Podemos preguntarnos, ¿de dónde se saca la fuerza necesaria para enfrentarse a todas las dificultades? Por medio de la convicción que nos puede aportar el estudio de la doctrina espírita, procurando razonar cuantas dudas surjan a nuestro paso, para que dicho convencimiento sea total, fruto de un análisis libre y razonado. También de la experiencia, fruto del trabajo interno y de la relación fraterna, de verdadera amistad con el resto de compañeros. Al mismo tiempo, el trabajo diario, depurando sentimientos y pensamientos que nos aporten la energía suficiente como para adquirir una cierta estabilidad interior, y que nos capaciten para alcanzar mayores realizaciones.

Lógicamente no todos los que se identifican con el espiritismo están en las mismas condiciones, pero a todos se nos ofrecen las mismas oportunidades de un modo u otro, para que las aprovechemos y saquemos partido de las mismas. A cada cual le llega su oportunidad en el momento más idóneo, cuando la semilla está presta para germinar, pero no siempre se rentabilizan dichas ocasiones de progreso.

Para evitar el abandono o lo que es lo mismo, el fracaso, debemos potenciar los ideales superiores por encima de todo, siendo consecuentes y asumiendo un compromiso personal, para poder transmitir a los demás todo aquello de positivo que llevamos dentro.

José M. Meseguer

© 2014 Grupo Villena

“Llegar al fin de una empresa constituye un grave compromiso, y sólo lo logran aquellos que son honestos con el ideal al que se entregan.”

“Quienes dejan interrumpida la construcción pueden ser excelentes personas, no obstante, sus auténticos intereses están en otras motivaciones que enmascaran con la solidaridad”

(Joanna de Ângelis) de la obra: DESPIERTE Y SEA FELIZ; psicografiado por Divaldo Pereira Franco.

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