Convivencia

CONVIVIR ES AMAR

Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada. El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá.”

Carta de Pablo a los Corintios

 

Para estar unidos hay que amarse.

El amor es el fluido invisible que hace que los seres humanos se mantengan unidos, todas las demás formulas con el tiempo terminan por fracasar. Se puede estar unido por un ideal, por un negocio, por la práctica de una afición, de un deporte, por cualquier tipo de interés, incluso por lazos de amistad, de matrimonio, pero si al final no hay amor, un amor lo suficientemente arraigado, llegará a su conclusión dicha unión. Una vez acabado el interés acaba también el de estar juntos, porque ya no hay nada que lo sustente.

No es lo mismo estar juntos que estar unidos.

Se puede estar juntos mientras interese, pero no se puede falsear el amor, es algo imposible. El amor hay que trabajarlo, hay que darlo, ofrecerlo, amasarlo, pero sobre todo sentirlo. El amor es la chispa de la vida, es la energía que da sentido y transcendencia a todo lo demás.

Uno de los problemas más acuciantes de nuestra sociedad, es que no se siente el amor, como se debe sentir, esto es, con limpieza, con nobleza, con altruismo, con generosidad. Es necesario desterrar las formas de amor del pasado, amor con apego, amor por egoísmo, por interés, amor con hipocresía, por dinero, y un sin fin de formas de amor, que solo son eso, una forma, pero no es el amor auténtico, que está basado en el dar sin recibir nada a cambio; y en desear lo mismo  que queremos para nosotros, para nuestros semejantes.

Sin amor no tengo nada, sin amor no soy nada, el amor todo lo puede….. Que palabras tan maravillosas, tan llenas de encanto y de verdad nos regaló el apóstol Pablo. Esas palabras no se pueden pronunciar si no se sienten, si no se lleva a la espalda una vida de entrega y de sacrifico, un convencimiento del mensaje que estaba predicando. ¿Cuántas veces arriesgó su vida este baluarte del cristianismo? Y sin embargo no le importo arriesgar su vida porque por encima de todo estaba obrando con amor y por amor a la humanidad y al mensaje que Cristo le invito a que divulgara.

Pablo tras recibir una prueba del Maestro cambio su vida, se dio cuenta de la nueva orientación que debía adoptar y  se entregó a la misma. Y no sucumbió ante nada, solo la muerte le apartó del camino. ¿Qué pruebas necesitamos nosotros para no sucumbir, para no apartarnos del camino, sino abrazarlo cada día con más voluntad y convencimiento?

Quien necesite de alguna prueba que lo pida con todas sus fuerzas al Creador, y si de verdad la necesita la tendrá. Pero no son pruebas, a mi entender, lo que necesitamos para aprender a vivir y a convivir, precisamos sentir la realidad del amor, la necesidad que tenemos de dar y ofrecer, sin esperar nada a cambio. Es sentir y creer en la necesidad de progreso y de mejora interior, lo que nos va a aportar las pruebas para seguir con nuestra misión adelante, y cada vez mejor y con más fuerza.

Convivir es amor en acción. Es muy difícil pertenecer a un grupo, de cualquier índole, si no estamos unidos a él, al menos por un pequeño hilo de amor, que será lo que nos mantenga unidos, y en los momentos de flaqueza y debilidad, haga que movamos nuestra voluntad para superar las pruebas y los inconvenientes, que sin duda siempre surgen.

Es preciso poner amor en nuestras relaciones. ¿Estamos poniendo el suficiente amor en dichas relaciones? ¿Cuáles son los vínculos que nos mantienen unidos a nuestros seres queridos, y a todos aquellos que representan algo para nuestras vidas? ¿Es el amor? Cada uno de nosotros debe responderse a estas preguntas. Sin embargo, todos queremos ser tratados con amor, con el máximo respeto, con afecto, con indulgencia, con cariñoo. Sería interminable la lista de calificativos y expresiones; pues bien pongámonos a ello. Seamos los primeros en dar el paso y tratar así a los demás, sin quejarnos de nada, y sobre todo, sin esperar a que seamos tratados nosotros así.

Desde el punto de vista espiritual no merecemos nada que no hayamos hecho antes a nuestros semejantes. Si no se siembra no hay cosecha. Y lo sembrado hay que recogerlo.

Con que facilidad olvidamos las leyes espirituales a la hora de convivir con los demás. Casi  todos nosotros, sin darnos cuenta,  vivimos más el día a día en plan material  que espiritual. Por todo, el entorno, el trabajo, la falta de tiempo, el resto de quehaceres y responsabilidades que no nos dan tregua. Es por esa misma razón que nos tenemos que dar un tiempo para la convivencia con los compañeros del grupo espiritual al que pertenecemos, porque fuera de él es difícil poder poner en práctica una serie de cuestiones y de objetivos.

No confundamos lo dicho anteriormente. La vida y el trabajo están allá donde nos encontremos, por supuesto. No obstante hay ciertas cosas que solo son posibles llevarlas a cabo en compañía de personas afines en ideales y filosofía.

Dicho esto, ¿cómo poner en práctica tantas cosas? ¿Cómo probarnos en cuanto a la superación de ciertos defectos y matices que suelen propiciarse y manifestarse precisamente cuando se participa de un grupo y en una convivencia?

En un grupo es natural, lógico y razonable que surjan discrepancias, diferentes opiniones y puntos de vista. Así como diferentes afinidades de unos hacia otros. Puede ser que algunos componentes se conozcan del pasado y estén más unidos, porque se conocen y se toleran más. Pero esto no ha de ser un obstáculo para hacer un esfuerzo e intentar abrirse hacia todos, luchar por conocerse mejor, y fruto de la humildad y del amor, pulir las asperezas y los roces que puedan salir a flote a las primeras de cambio. Este es un trabajo por el que hay que pasar. Lo contrario es hacer caso omiso a la necesidad que tenemos de cambio, en cada uno de nosotros, y en la urgencia de aprender a convivir en sociedad, renunciando a nuestros intereses para alcanzar logros colectivos.

Muy importante es en este sentido, pensar en el grupo, antes que en uno mismo. Hay que ir dejando de pensar exclusivamente en uno mismo, llevamos milenios así y no nos ha ido muy bien. El contraste es espectacular y el panorama que se aprecia completamente distinto. Si no somos capaces de desligarnos durante unas horas a la semana, de la rutina y los quehaceres cotidianos, si no nos damos una oportunidad para convivir, en el sentido más amplio de la palabra, muy costoso nos será poder realizar una labor de conjunto; y lo que es más importante, sacarle el provecho espiritual a nuestra relación con los diferentes hermanos que conforman el grupo.

Convivir no es estar juntos, es estar unidos, y ello sin amor es imposible. La convivencia saca de nosotros lo mejor y también lo peor, esto es lo grande y lo importante. Con lo mejor potenciamos nuestros valores y nos henchimos de ilusión, de optimismo para continuar en el sendero, nos damos cuenta de los valores que ya atesoramos y todo el bien que podemos hacer con ellos, principalmente a nosotros mismos.

Con un análisis sincero tenemos lo posibilidad de conocer y reconocer nuestras flaquezas y fealdades para ir erradicándolas  poco a poco. Hemos de transmutar los defectos por virtudes, y esto no se consigue si no estamos concienciados de ello, y no nos conocemos internamente.

Pero ello no nos debe asustar, nos debe comprometer y responsabilizar. Nunca achaquemos nuestros males y deficiencias a los demás. Cojamos cada uno nuestra cruz, que no son ni más ni menos que los defectos que aun poseemos y trabajemos para eliminarlos.

Amar al fin y al cabo es un arte, al que se llega a través de multitud de cualidades. No se ama simplemente por el conocimiento, interviene también el sentimiento y la voluntad. Somos aprendices de la escuela del amor.

Comprender, para conectar con nuestros semejantes, especialmente con los que más tiempo compartimos, y después con el tiempo y a través de los sentimientos llegaremos a poder amar.

 

 Fermín Hernández Hernández

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